Mateo cerró la carta con las manos temblorosas.
Durante un minuto entero fue incapaz de hablar.
Levantó la vista hacia la tumba de su madre.
Después volvió a mirar el espacio vacío donde, según Renata, descansaba Don Ernesto.
No había lápida.
No había nombre.
No había flores marchitas.
No había absolutamente nada.
Solo tierra.
La primera mentira acababa de derrumbarse.
Su padre nunca había sido enterrado allí.
—Don Aurelio… —preguntó con la voz quebrada—. ¿Mi papá… de verdad murió?
El anciano guardó silencio unos segundos.
—Yo no vi ningún entierro.
Vi una carroza.
Vi papeles.
Vi gente llorando.
Pero nunca vi un ataúd entrar en esa tumba.
Mateo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Entonces dónde está?
Don Aurelio negó lentamente.
—Eso solo lo sabía Don Ernesto.
Y quizá… la persona que le quitó todo.
La dirección escrita en la tarjeta conducía a una vieja zona industrial de Naucalpan.
La bodega número 47 parecía abandonada.
El portón estaba cubierto de polvo.
Las ventanas tenían años sin limpiarse.
Sin embargo, el candado parecía nuevo.
Mateo sacó la llave oxidada.
Durante años había pensado que era un simple recuerdo de su padre.
Encajó perfectamente.
El viejo mecanismo giró con un chasquido metálico.
Al abrir la puerta, una nube de polvo llenó el aire.
Dentro había estanterías, cajas de archivo y una camioneta cubierta con una lona gris.
En el centro del lugar destacaba un escritorio de madera.
Sobre él descansaba un sobre con una única inscripción.
“Para Mateo. Solo si lograste llegar hasta aquí.”
Reconoció inmediatamente la letra de su padre.
Respiró hondo antes de abrirlo.
Dentro encontró una memoria USB.
Una libreta negra.
Y otra carta.
“Hijo…”
“Si estás leyendo esto, significa que Renata te hizo creer que estoy muerto.”
“No puedo asegurarte si seguiré con vida cuando llegues, pero sí puedo asegurarte una cosa.”
“Nunca creí que fueras culpable.”
Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.
“El fraude por el que fuiste condenado empezó dentro de nuestra propia empresa.”
“Y quien abrió la puerta para que todo ocurriera vivía bajo nuestro mismo techo.”
Mateo sintió que el corazón se aceleraba.
Pasó rápidamente a la última página.
Allí aparecía un nombre escrito con tinta azul.
Iván.
Debajo, otra frase.
“Pero él nunca habría podido hacerlo solo.”
Conectó la memoria USB al viejo ordenador que aún funcionaba sobre el escritorio.
La pantalla tardó unos segundos en encender.
Solo había una carpeta.
PRUEBAS.
Dentro aparecían contratos.
Transferencias bancarias.
Correos electrónicos.
Y un video.
Mateo hizo clic.
La imagen mostraba la oficina privada de Don Ernesto.
La fecha correspondía a cuatro meses antes de que él fuera arrestado.
En el video aparecía Iván entrando de noche.
No estaba solo.
Renata caminaba detrás de él.
Entre los dos abrían la caja fuerte del despacho.
Sacaban carpetas.
Firmaban documentos.
Y colocaban otros completamente distintos en su lugar.
El video terminaba con una frase de Renata que quedó grabada con absoluta claridad.
—Cuando culpen a Mateo, Ernesto no tendrá otra opción que dejar toda la empresa en nuestras manos.
Mateo apretó los puños.
Por primera vez tenía pruebas.
No sospechas.
Pruebas.
Mientras seguía revisando los archivos, descubrió una carpeta mucho más reciente.
Su fecha era apenas tres semanas anterior.
Eso era imposible.
Según Renata, Don Ernesto llevaba un año muerto.
Abrió el archivo.
Era un video grabado con un teléfono celular.
La imagen mostraba únicamente una habitación sencilla.
Una cama.
Una ventana.
Y a un hombre mucho más delgado, con barba blanca y el rostro cansado.
Mateo dejó escapar un sollozo.
Era su padre.
Don Ernesto miró directamente a la cámara.
—Hijo…
Si estás viendo esto, significa que llegaste antes que ellos.
Escúchame con atención.
No estoy muerto.
Nunca lo estuve.
Estoy escondido porque intentaron matarme después de que descubrí quién organizó el fraude que te envió a prisión.
Mateo sintió que el mundo se detenía.
Su padre continuó hablando.
—No confíes en nadie que lleve el apellido Salgado… excepto en una persona.
Busca al licenciado Esteban Robles.
Solo él conoce el lugar donde me encuentro.
Y recuerda algo.
La verdadera traición nunca empezó con Renata.
Empezó mucho antes…
El video se interrumpió de golpe.
En la pantalla apareció un mensaje de error.
Al mismo tiempo, se escuchó un fuerte golpe en el portón de la bodega.
Luego otro.
Y otro más.
Una voz masculina retumbó desde el exterior.

—¡Mateo!
¡Sabemos que estás ahí!
¡Abre la puerta si todavía quieres volver a ver vivo a tu padre!