Roman Rossi no dijo nada durante varios segundos.
Simplemente la observó.
Sadi sintió que el silencio era más intimidante que cualquier amenaza.
Había enfrentado miradas de desprecio.
Había soportado comentarios disfrazados de bromas.
Había entrado en habitaciones donde sabía que la juzgarían antes de hablar.
Pero nunca había sentido que alguien pudiera verla con tanta intensidad como ese hombre.
Roman abrió la puerta del vehículo.
—Sube.
Sadi parpadeó.
—¿Eso es todo?
—¿Esperabas un discurso?
Ella cruzó los brazos.
—No sé. Tal vez algo como “te ves hermosa” o “vamos a fingir que estamos enamorados y todo saldrá bien”.
Roman la miró.
Por un instante, algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro.
Casi invisible.
—Te ves hermosa.
Sadi se quedó inmóvil.
No porque fuera la frase más romántica que había escuchado.
Sino porque Roman Rossi no parecía un hombre que regalara palabras.
—¿Eso fue un cumplido?
—Fue una observación.
—Claro.
Ella subió al vehículo intentando ocultar que esas tres palabras habían significado más de lo que quería admitir.
Durante el trayecto, el silencio no fue incómodo.
Fue extraño.
Roman revisaba algunos mensajes en su teléfono.
Sadi miraba por la ventana.
Pero ambos estaban demasiado conscientes de la presencia del otro.
Finalmente ella habló.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Depende.
—¿Siempre haces esto?
Roman levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
—Usar situaciones normales para resolver problemas peligrosos.
Él guardó el teléfono.
—No.
—Entonces, ¿por qué yo?
La pregunta quedó suspendida.
Roman tardó en responder.
—Porque eres la única persona en esta casa que nunca intentó impresionarme.
Sadi frunció el ceño.
—¿Eso es bueno?
—Es raro.
Ella bajó la mirada.
—Soy una criada, Roman.
—Eres una persona.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Demasiado firme.
Sadi no supo qué decir.
El club donde se celebraba la cena de ensayo parecía sacado de una revista.
Luces cálidas.
Mesas perfectamente decoradas.
Familias con ropa elegante.
Y en el centro de todo, la familia Miller.
Cuando Sadi entró junto a Roman, la conversación desapareció.
Su madre fue la primera en acercarse.
—Sadi.
Sus ojos fueron directamente hacia Roman.
Después hacia el vehículo de lujo estacionado afuera.
Después nuevamente hacia su hija.
—¿Quién es él?
Roman extendió la mano.
—Roman Rossi.
La expresión de su madre cambió.
No porque supiera exactamente quién era.
Pero porque todo el mundo había oído ese apellido alguna vez.
Derek apareció unos segundos después.
El mismo hombre que dos años atrás había mirado a Sadi como si fuera una carga.
Sonrió con sorpresa.
—Sadi.
Ella sostuvo su mirada.
—Derek.
Él miró a Roman.
—No sabía que estabas saliendo con alguien.
Sadi abrió la boca.
Pero Roman habló primero.
—Hay muchas cosas que la gente no sabe sobre Sadi.
Su mano descansó suavemente en la espalda de ella.
El gesto era pequeño.
Pero hizo que toda la sala lo notara.
—Incluyendo lo valiosa que es.
Sadi sintió que algo dentro de ella se quebraba.
No de tristeza.
De incredulidad.
Porque durante años había esperado que alguien la defendiera.
Y nunca imaginó que sería el hombre más temido de Chicago quien lo haría.
La cena comenzó.
Y Roman interpretó su papel perfectamente.
Demasiado perfectamente.
Recordó detalles sobre Sadi.
Su comida favorita.
El libro que estaba leyendo.
El lugar donde había estudiado.
Incluso una historia que ella le había contado meses atrás mientras limpiaba la biblioteca.
Su madre estaba fascinada.
Su hermana Chloe parecía confundida.
Y Derek parecía cada vez más incómodo.
Finalmente no pudo evitarlo.
—Entonces, Roman, ¿a qué te dedicas?
Sadi dejó de respirar.
Esa era la pregunta peligrosa.
Roman tomó su copa.
—Inversiones.
Derek sonrió.
—¿Qué tipo de inversiones?
Roman lo miró.
—Las que generan resultados.
El silencio fue inmediato.
Derek entendió que había preguntado demasiado.
Después del postre, Sadi salió al jardín para tomar aire.
No esperaba que Roman la siguiera.
Pero lo hizo.
—¿Estás bien?
Ella miró las luces del lugar.
—No sé.
Roman se colocó a su lado.
—Eso no suena como una respuesta.
Sadi soltó una pequeña risa.
—Hace dos días estaba lavando platos a las dos de la mañana pensando que mi vida era un desastre.
Miró sus manos.
—Y ahora estoy aquí fingiendo ser la novia de un hombre que probablemente podría comprar esta ciudad.
Roman permaneció serio.
—No estoy fingiendo todo.
Ella lo miró.
—¿Qué significa eso?
Antes de que respondiera, un sonido interrumpió el momento.
Un mensaje llegó al teléfono de Roman.
Su expresión cambió.
No mucho.
Pero Sadi lo notó.
El hombre peligroso volvió.
—¿Problemas?
Roman guardó el teléfono.
—Nada que debas saber.
Ella negó.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Decirme que no importa cuando claramente importa.
Roman la observó.
Era la primera vez que alguien le hablaba así.
Sin miedo.
Sin interés.
Sin intentar obtener algo.
—Los Moretti descubrieron que no fui a la reunión.
Sadi sintió frío.
—¿Y ahora?
—Ahora quieren saber por qué.
Ella respiró lentamente.
—¿Por eso viniste conmigo?
Roman no respondió.
Y esa respuesta fue suficiente.
Sadi bajó la mirada.
Por primera vez desde que empezó la noche, recordó que aquello había sido un acuerdo.
Nada más.
Cuando regresaron al salón, algo había cambiado.
Un hombre desconocido esperaba cerca de la entrada.
Roman lo reconoció inmediatamente.
Uno de sus hombres.
Se acercó y susurró algo.
Sadi no escuchó todo.
Solo una frase.
—No fue un ataque contra nosotros. Fue contra ella.
Roman se quedó completamente quieto.
—¿Quién?
El hombre entregó un sobre.
Dentro había fotografías.
Fotografías de Sadi saliendo de la finca Rossi.
Fotografías de ella entrando al apartamento.
Alguien había estado observándola.
Roman apretó la mandíbula.
Sadi lo vio.
Y entendió algo.
Por primera vez, Roman Rossi no estaba preocupado por su negocio.
Estaba preocupado por ella.

Esa noche Roman la llevó a casa personalmente.
No envió a un conductor.
No llamó a nadie.
Cuando llegaron al edificio, Sadi permaneció sentada.
—Roman.
Él la miró.
—¿Sí?
—Gracias.
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
—Por esta noche.
Pausa.
—Por hacerme sentir que no era alguien que debía esconderse.
Roman bajó la mirada.
Luego dijo algo que ella nunca esperaba escuchar.
—Sadi, ¿sabes qué pensé cuando te vi por primera vez?
Ella negó.
—Que eras demasiado buena para esta casa.
Ella se quedó callada.
—Todos aquí quieren algo de mí. Dinero. Poder. Protección.
Sus ojos se encontraron.
—Tú solo querías terminar tu trabajo y volver a casa.
Sadi sintió que el corazón le golpeaba demasiado fuerte.
—Roman…
Él abrió la puerta.
Pero antes de que ella bajara, añadió:
—Mañana no tienes que volver a la finca si no quieres.
Ella lo miró.
—¿Me estás despidiendo?
—No.
Su voz fue más baja.
—Te estoy dando una elección.
Durante los siguientes días, Sadi intentó convencerse de que debía volver a su vida normal.
Pero su vida normal ya no se sentía igual.
Porque algo había cambiado.
Roman Rossi seguía siendo peligroso.
Seguía siendo un hombre con secretos.
Pero también era el hombre que había visto su dolor cuando nadie más quiso verlo.
Y él también había cambiado.
Dejó de verla como una empleada.
Empezó a pedirle opinión.
Empezó a escucharla.
Incluso una noche, cuando Sadi encontró a Roman sentado solo en la biblioteca, él le confesó algo que nadie sabía.
—Mi madre era como tú.
Sadi levantó la mirada.
—¿Como yo?
—La gente la subestimaba.
Roman miró la ventana.
—Pensaban que porque era amable era débil.
Hubo silencio.
—Murió creyendo que el mundo solo respetaba a las personas crueles.
Sadi se acercó lentamente.
—¿Y tú le creíste?
Roman tardó en responder.
—Sí.
Ella negó.
—Entonces ella estaba equivocada.
Roman la miró.
—¿Por qué?
—Porque tú respetaste a alguien amable.
Por primera vez, Roman Rossi no tuvo respuesta.
El conflicto con los Moretti terminó una semana después.
Pero no como todos esperaban.
Roman no eligió la violencia.
Eligió pruebas.
Información.
Estrategia.
Los documentos que había acumulado durante años destruyeron la operación de sus rivales sin disparar una sola bala.
Sadi descubrió entonces que el hombre que todos temían no era poderoso porque fuera cruel.
Era poderoso porque siempre pensaba tres pasos adelante.
Un mes después, Roman volvió a llevarla al mismo restaurante donde había sido la cena de ensayo.
Esta vez no había una mentira.
No había actuación.
Solo ellos.
Sadi miró alrededor.
—¿Por qué estamos aquí?
Roman sacó una pequeña caja.
Ella abrió los ojos.
—Roman.
—Antes de que digas algo, escucha.
Sadi permaneció en silencio.
Él abrió la caja.
No había un anillo.
Había una llave.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—La llave de una casa.
Sadi lo miró confundida.
—¿Tu casa?
—No.
Roman negó.
—Nuestra casa.
El corazón de Sadi se detuvo.
—¿Qué estás diciendo?
Roman respiró profundamente.
—Estoy diciendo que la primera vez que te ofrecí ser mi novia fue un acuerdo.
Pausa.
—Pero la última vez que te lo pida será porque no quiero imaginar mi vida sin ti.
Los ojos de Sadi se llenaron de lágrimas.
—Roman Rossi, ¿me estás diciendo que estás enamorado de mí?
Él sonrió apenas.
—Estoy diciendo que eres la única persona capaz de entrar en mi cocina a las dos de la mañana, discutir conmigo y hacerme querer cambiar.
Sadi rió entre lágrimas.
—Eso no es una respuesta.
Roman tomó su mano.
—Sí, Sadi. Estoy enamorado de ti.
Seis meses después, nadie en Chicago hablaba de Roman Rossi como un hombre sin corazón.
Seguía siendo respetado.
Seguía siendo temido.
Pero quienes realmente lo conocían sabían la verdad.
El hombre que controlaba una ciudad entera había sido cambiado por una mujer que creía que ocupaba demasiado espacio.
Sadi nunca volvió a esconder sus curvas.
Nunca volvió a disculparse por existir.
Y Roman nunca volvió a olvidar que la persona más valiosa de su vida no llegó con poder ni riqueza.
Llegó con un delantal mojado, manos cansadas y una frase susurrada en una cocina vacía.
“Necesito un novio para mañana”.
Ella pensó que estaba pidiendo ayuda al universo.
Pero en realidad estaba llamando la atención del único hombre que necesitaba encontrarla.
Y así, la criada que todos ignoraban terminó convirtiéndose en la única persona capaz de conquistar al hombre más peligroso de Chicago.