PARTE 2: EL SECRETO EN LAS PAREDES

Me acerqué a la rejilla.

El olor era más intenso allí.

Nathan me observaba.

—Emily, ¿qué estás pensando?

—Que antes de buscar otra enfermedad rara, deberíamos averiguar qué están respirando tus hijos.

Su expresión cambió.

—¿Crees que la ventilación tiene algo que ver?

—No lo sé. Y precisamente por eso debemos revisarla profesionalmente.

No iba a jugar a ser médica.

Los niños necesitaban especialistas y pruebas reales.

Pero alguien también tenía que hacer las preguntas que todos habían dejado de hacer.

Nathan llamó inmediatamente a una empresa independiente de inspección ambiental.

No permitió que nadie de su personal habitual interviniera.

Aquella decisión resultó importante.

Mientras esperábamos, conocí a Jacob y Jonah.

Eran pequeños para su edad.

Jacob era más hablador.

Jonah observaba todo antes de responder.

Me senté en el suelo con ellos.

—¿Siempre huele así vuestra habitación?

Los gemelos se miraron.

Jonah asintió.

—Por las noches es peor.

—¿Desde cuándo?

Jacob señaló el pasillo.

—Desde que arreglaron la pared.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué pared?

Señaló exactamente hacia la rejilla.

Nathan había escuchado desde la puerta.

—¿Cuándo hicieron obras aquí?

—Hace unos dos años —respondió.

Dos años.

Casi exactamente cuando comenzaron los síntomas.

Horas después llegaron los inspectores.

Nathan ordenó revisar las habitaciones, los conductos y los materiales utilizados durante aquella remodelación.

Mientras trabajaban, apareció el doctor Reeves.

—¿Qué significa todo esto?

Nathan ni siquiera se levantó.

—Estoy revisando mi casa.

Reeves me vio.

—¿Esto fue idea suya?

—Fue una pregunta —respondí—. La diferencia importa.

El médico soltó una risa despectiva.

—Los niños tienen una condición compleja. Buscar respuestas dentro de una pared es absurdo.

Entonces uno de los inspectores apareció en la puerta.

Su expresión era seria.

—Señor Coleman, necesitamos hablar.

Reeves dejó de sonreír.

El inspector explicó que habían encontrado material deteriorado y residuos desconocidos en una sección aislada del sistema.

No podía decir todavía si aquello explicaba los problemas de los gemelos.

Necesitaban análisis de laboratorio.

Nathan ordenó que Jacob y Jonah fueran trasladados temporalmente a otra parte de la propiedad y que sus médicos recibieran los resultados cuando estuvieran disponibles.

Reeves intervino.

—Esto es una exageración.

Nathan lo miró.

—Mis hijos llevan dos años enfermos.

Su voz permaneció tranquila.

—No existe la palabra exageración cuando se trata de averiguar por qué.

El doctor se marchó furioso.

Pero antes de salir hizo algo extraño.

Miró la rejilla.

No como alguien sorprendido.

Como alguien preocupado.

Lo noté.

Nathan también.

Dos días después llegaron los primeros resultados ambientales.

No ofrecían todavía una explicación médica definitiva.

Pero sí confirmaban algo inquietante:

había sustancias en aquella sección que no correspondían a los materiales originales de construcción.

Y alguien había modificado el conducto después de terminada la remodelación.

Nathan cerró el informe.

—¿Quién tenía acceso?

La señora Bennett buscó los registros antiguos.

El contratista principal.

Dos trabajadores.

El encargado de mantenimiento.

Y…

Se detuvo.

—¿Y quién? —preguntó Nathan.

—El doctor Reeves.

Nathan levantó lentamente la cabeza.

—¿Por qué mi médico tenía acceso a una obra?

La señora Bennett palideció.

—Porque él pidió instalar un sistema especial de filtración para los niños.

El silencio fue inmediato.

Reeves nunca había mencionado aquello.

Nathan tomó su teléfono.

—Quiero todos los contratos de esa remodelación.

Media hora después apareció algo todavía más extraño.

La empresa que había instalado el supuesto filtro ya no existía.

Había cerrado dieciocho meses antes.

Pero su dirección comercial seguía registrada.

Nathan envió a su abogado a investigar.

Yo permanecí con los niños.

Esa tarde Jonah estaba dibujando cuando me preguntó:

—¿Papá está enfadado?

—Está preocupado.

—¿Por nosotros?

—Muchísimo.

El niño continuó dibujando.

Entonces dijo:

—El doctor también venía cuando papá viajaba.

Sentí un escalofrío.

—¿El doctor Reeves?

Asintió.

—Entraba aquí.

Señaló la pared.

—¿Qué hacía?

—Decía que revisaba nuestra máquina.

No hice más preguntas.

Se lo conté inmediatamente a Nathan.

Su rostro se endureció.

Pero no llamó a Reeves.

—Primero pruebas —dijo.

Aquello me sorprendió.

Un hombre cuya reputación se había construido sobre el miedo estaba eligiendo paciencia.

Esa noche llegó su abogado.

Traía una carpeta.

—Encontramos al propietario de la empresa de filtración.

Nathan abrió los documentos.

—¿Quién es?

—Legalmente, era una sociedad.

—¿Quién estaba detrás?

El abogado dejó una fotografía sobre la mesa.

Nathan dejó de respirar.

Yo miré la imagen.

Era una mujer de unos cuarenta años.

Elegante.

Cabello oscuro.

Sonrisa tranquila.

—¿Quién es? —pregunté.

Nathan tardó varios segundos.

—La madre de Jacob y Jonah.

Lo miré sorprendida.

Hasta entonces nadie había hablado de ella.

—Pensé que…

—Murió cuando los niños tenían tres años.

El abogado negó lentamente.

—Nathan, hay algo más.

Sacó un documento reciente.

—Esta sociedad hizo un pago hace apenas seis meses.

Nathan se quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

—También lo pensé.

El abogado colocó otro papel encima.

Era una transferencia.

Y el destinatario era Malcolm Reeves.

El médico que llevaba casi un año asegurando que nadie podía explicar la enfermedad de los gemelos.

Nathan miró la fecha.

Después el nombre.

Finalmente la fotografía de su esposa supuestamente fallecida.

—Encuéntrame la explicación —dijo.

Pero antes de que el abogado pudiera responder, escuchamos una voz detrás de nosotros.

Era Jacob.

Estaba en la puerta.

Y sostenía una fotografía vieja entre sus pequeñas manos.

—Papá…

Nathan se levantó.

—¿Qué ocurre?

Jacob señaló a la mujer de la fotografía.

—Esa señora vino a vernos.

Nadie habló.

Nathan parecía haberse convertido en piedra.

—Jacob, ¿cuándo?

El niño pensó unos segundos.

—La noche antes de que Emily llegara.

Entonces comprendí que habíamos estado haciendo la pregunta equivocada.

No se trataba únicamente de qué había dentro de aquella casa.

Sino de quién seguía entrando en ella.

Porque si Jacob decía la verdad, la mujer cuya muerte Nathan había llorado durante tres años…

podía seguir viva.

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