Luna corrió bajo la lluvia con las manos todavía medio atadas.
Las piedras del sendero lastimaban sus pies, pero no podía detenerse. Detrás de ella, Felipe avanzaba cada vez más rápido.
—¡No llegarás muy lejos! —gritó él.
La joven descendió por la colina buscando las luces de la carretera. Sin embargo, la tormenta había cubierto todo con una niebla espesa.
De pronto, una silueta apareció frente a ella.
Luna se detuvo aterrorizada.
Un hombre alto, vestido con un impermeable oscuro, salió de entre los árboles.
—Ven conmigo —ordenó.
Ella retrocedió.
—¿Quién eres?
Felipe llegó hasta ellos y levantó una barra de metal.
—Apártate. Esto no te incumbe.
El desconocido no se movió.
—La encerraste durante tres días. La golpeaste y pensabas trasladarla esta noche.
Felipe palideció.
—¿Cómo sabes eso?
El hombre sacó un teléfono y mostró una grabación de la mansión. Se veía claramente a Felipe arrastrando a Luna por el pasillo.
—Porque llevo semanas siguiéndote.
Felipe lanzó la barra contra él.
El desconocido esquivó el golpe, sujetó su brazo y lo derribó sobre el barro. Luna aprovechó para correr hacia un vehículo estacionado entre los árboles.
Pero antes de alcanzar la puerta, escuchó un sonido seco.
Felipe había sacado una pistola.
—¡Nadie se mueve!
El hombre levantó lentamente las manos.
—Ya terminó, Felipe.
—Esto termina cuando yo lo decida.
Apuntó hacia Luna.
—Regresa conmigo.
Ella negó con lágrimas en los ojos.
—Prefiero morir antes que volver a esa casa.
Felipe avanzó.
Entonces varias luces aparecieron alrededor de la propiedad.
Vehículos policiales rodearon el bosque.
—¡Suelta el arma! —ordenaron desde los altavoces.
Felipe miró al desconocido con odio.
—Tú los llamaste.
—La transmisión comenzó cuando entraste en la mansión.
Luna comprendió que la cámara había enviado todo en directo a las autoridades.
Felipe intentó escapar, pero dos agentes salieron entre los árboles y lo redujeron.
Cuando lo esposaron, Luna sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
El hombre del impermeable la cubrió con una manta.
—Ya estás a salvo.
Ella levantó la mirada.
Había algo familiar en su rostro.
—¿Quién eres?
Él sacó una fotografía antigua.
En ella aparecía Luna de niña junto a una mujer sonriente.
—Me llamo Gabriel. Tu madre me pidió que te encontrara.
Luna sintió un nudo en la garganta.
—Mi madre murió hace diez años.

—No murió.
Gabriel señaló la mansión.
—Felipe la mantuvo encerrada allí durante todo este tiempo.
La joven miró hacia la casa abandonada.
—Yo revisé todas las habitaciones.
—No todas.
Los agentes encontraron una puerta oculta bajo la escalera. Detrás había un corredor subterráneo que conducía a una habitación sin ventanas.
En el centro, una mujer permanecía sentada junto a una pequeña lámpara.
Su cabello estaba cubierto de canas, pero Luna reconoció inmediatamente sus ojos.
—Mamá…
La mujer levantó la cabeza.
—Sabía que vendrías.
Luna corrió hacia ella y la abrazó llorando.
Sin embargo, su madre no respondió al abrazo.
Miraba fijamente a Gabriel.
—¿Por qué lo trajiste contigo? —preguntó con miedo.
Luna se separó lentamente.
—Él me salvó.
La mujer negó.
—No, hija. Gabriel fue quien entregó nuestra ubicación a Felipe hace diez años.
El silencio llenó la habitación.
Luna miró al hombre del impermeable.
Él cerró la puerta detrás de ellos.
—Tu madre recuerda demasiado —dijo mientras sacaba una segunda pistola—. Y ahora tú también.