Elias abrió la boca, pero ninguna palabra salió.
Sophie seguía esperando una respuesta.
Me acerqué a su cama y acomodé suavemente la manta.
—Ahora tienes que descansar, cariño.
—Pero ¿es mi hermano?
—Hay conversaciones de adultos que tendremos cuando estés mejor.
Aceptó aquello con la facilidad de una niña cansada.
Elias no.
Esperó hasta que Sophie volvió a dormirse y salió conmigo al pasillo.
—Adelaide, necesito saberlo.
—Sí.
Se quedó inmóvil.
—¿Sí qué?
—El bebé es tuyo.
Tuvo que apoyarse contra la pared.
—¿Por qué no me llamaste?
Lo miré durante varios segundos.
—Porque aquella noche no solo terminaste nuestra relación. Me dijiste que no sabías formar una familia y desapareciste de mi vida.
—Podrías haberme dado la oportunidad.
—¿La oportunidad de qué? ¿De decidir si también querías abandonar a este hijo?
Bajó la mirada.
No discutió.
Entonces hice la pregunta que llevaba horas evitando.
—¿Dónde está la madre de Sophie?
Su expresión cambió.
—Murió cuando Sophie tenía dos años.
Sentí que algo no encajaba.
Durante casi tres años con Elias, jamás había mencionado una hija.
—¿Me ocultaste a Sophie durante toda nuestra relación?
—No exactamente.
—No existe un “no exactamente” para esconder una hija.
Elias cerró los ojos.
—Sophie vivía con mi hermana en Boston.
—¿Por qué?
—Porque después de perder a su madre pensé que no podía criarla solo.
Aquella frase me golpeó.
“No sé cómo formar una familia.”
De pronto significaba algo diferente.
—Entonces huiste otra vez.
—Sí.
No intentó justificarse.
—Hace ocho meses mi hermana enfermó y Sophie volvió conmigo. Quise decírtelo, pero cada día que esperaba hacía más difícil confesarlo.
—Hasta que terminaste conmigo.
Asintió.
Antes de que pudiera responder, una enfermera apareció.
—Doctora Brooks, hay una mujer preguntando por Sophie.
Elias levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Quién?
—Dice llamarse Caroline Mercer.
El rostro de Elias perdió el color.
—No puede ser.
—¿La conoces?
No respondió.
Caminó rápidamente hacia recepción.
Lo seguí.
Una mujer de unos treinta y tantos esperaba junto al mostrador.
Cuando vio a Elias, cruzó los brazos.
—Por fin.
—¿Qué haces aquí?
—La escuela me llamó.
—¿Por qué llamarían a alguien que lleva años sin verla?
Caroline soltó una risa amarga.
—Porque mi número sigue registrado como contacto de emergencia.
Entonces me vio.
Después miró mi vientre.
Su expresión se volvió extraña.
—Así que tú eres Adelaide.
Me detuve.
—¿Nos conocemos?
—No.
Miró a Elias.
—Pero he oído mucho sobre ti.
—Caroline, basta.
Ella ignoró la advertencia.
—¿Ya le contaste la verdad?
—No es el momento.
—Nunca es el momento contigo.
Intervine.
—Sophie necesita tranquilidad. Cualquier discusión tendrá que ocurrir fuera de la unidad pediátrica.
Caroline asintió.
—Tiene razón.
Después sacó un sobre del bolso y se lo entregó a Elias.
—Vine por esto.
Él no quiso cogerlo.
—¿Qué es?
—Lo que debiste recibir hace seis años.
El sobre tenía un nombre escrito delante.

Sophie Mercer.
No Sophie Bennett, el apellido de Elias.
Mercer.
El apellido de Caroline.
—¿Por qué Sophie lleva tu apellido ahí? —pregunté.
Elias parecía tan confundido como yo.
Caroline respiró profundamente.
—Porque mi hermana dejó instrucciones antes de morir.
—¿Qué instrucciones?
—Que si alguna vez Elias intentaba recuperar la custodia completa de Sophie, alguien debía entregarle estos documentos.
Elias finalmente tomó el sobre.
Dentro había una carta y varios papeles legales.
Leyó la primera página.
Su rostro cambió.
—Esto es imposible.
—No —respondió Caroline—. Lo imposible fue que nadie te lo dijera antes.
Me acerqué.
—¿Qué dicen?
Elias levantó lentamente los ojos.
—Que antes de morir, Rachel solicitó una prueba de paternidad.
El pasillo quedó en silencio.
Caroline señaló el documento.
—Nunca recibió el resultado.
—¿Y tú sí? —preguntó Elias.
—Lo encontré después.
—¿Por qué esperaste seis años?
Caroline miró hacia la habitación donde Sophie dormía.
—Porque mi hermana me pidió protegerla hasta que supiera qué clase de hombre ibas a ser.
Elias abrió la última página.
Sus manos empezaron a temblar.
—¿Qué dice? —pregunté.
Pero antes de responder, Sophie apareció acompañada por una enfermera.
Había despertado y preguntaba por su padre.
Cuando vio a Caroline, sonrió.
—Tía Carrie.
Caroline la abrazó.
Entonces Sophie miró el documento que Elias sostenía.
—¿Ese es el papel de mamá?
Los tres adultos nos quedamos inmóviles.
Elias se agachó.
—Sophie, ¿qué sabes de este papel?
La niña frunció el ceño.
—Mamá dejó una caja en casa de la tía Carrie.
Caroline palideció.
—Sophie…
—Dijo que era para cuando papá descubriera quién era mi verdadero padre.
Elias dejó caer la hoja.
Yo pensé que aquella noche iba a obligarlo a enfrentarse al hijo que había dejado sin saberlo.
Pero ahora comprendía que había otro secreto esperando desde mucho antes.
Y la respuesta podía cambiar para siempre quién era realmente Sophie.