Vanessa no volvió a intentar acercarse a Leo aquella noche.
Al menos, no directamente.
Después de la cena, caminó a mi lado hasta el dormitorio fingiendo estar avergonzada.
—Emma, qué vergüenza lo de antes.
—¿Qué parte?
—Lo de caerme delante de tu novio.
La miré.
—Te pasa mucho.
Su sonrisa se congeló durante medio segundo.
—Supongo que sí.
Entramos en la habitación.
Julia y Nora estaban allí.
Vanessa dejó su bolso sobre la cama y suspiró.
—Ojalá no piensen que lo hice a propósito.
Julia levantó una ceja.
—Nadie dijo eso.
—Pero lo están pensando.
Nora se rio.
—Porque tienes una habilidad impresionante para caerte exactamente sobre los hombres.
Vanessa puso cara de ofendida.
—Eso fue cruel.
Yo no dije nada.
Porque había empezado a sospechar que Vanessa no estaba improvisando.
Estaba probando límites.
Y Leo también lo había notado.
A la mañana siguiente recibí un mensaje suyo.
—Amor, tenemos un problema.
—¿Vanessa?
—Exactamente.
—¿Qué hizo?
—Me escribió anoche.
Fruncí el ceño.
—¿Qué te dijo?
Leo me envió una captura de pantalla.
Vanessa le había escrito:
Perdona por lo de ayer. Me da mucha vergüenza. ¿Podemos hablar algún día? Necesito explicarte algo.
Debajo había otro mensaje.
Pero no le digas a Emma. No quiero que piense mal de mí.
Solté una carcajada.
—¿Qué vas a responder?
—Nada.
—Perfecto.
Pero Leo tenía otra idea.
—Creo que deberíamos dejar que continúe.
—¿Por qué?
—Porque quiero que se descubra sola.
Acepté.
Esa tarde, Vanessa empezó a actuar diferente.
Se mostraba más amable conmigo.
Me ofrecía café.
Me preguntaba por mis clases.
Incluso me dijo:
—Emma, tienes mucha suerte con Leo.
La miré.
—¿Por qué?
—Porque parece un chico muy atento.
—Lo es.
Ella sonrió.
—Aunque a veces los hombres atentos también pueden aburrirse.
No respondí.
Vanessa esperaba una reacción.
No se la di.
Dos días después, volvió a escribirle a Leo.
Esta vez le pidió que fuera a verla después de clase.
Leo aceptó.
Pero no fue solo.
Julia y Nora estaban escondidas cerca de la cafetería.
Yo también.
No para montar una escena.
Solo quería saber hasta dónde pensaba llegar.
Vanessa llegó con un vestido elegante.
Cuando vio a Leo, sonrió.
—Gracias por venir.
—Claro.
Ella se acercó.
—Quería disculparme.
—Ya lo hiciste.
—No del todo.
Vanessa dio otro paso.
—Emma es muy afortunada.
Leo permaneció quieto.
—Sí.
—¿Nunca te cansas de que ella quiera controlar todo?
Leo sonrió.
—No.
Vanessa pareció sorprendida.
—¿Nunca?
—Nunca.
Ella bajó la voz.
—Creo que tú y yo tenemos más cosas en común de lo que piensas.
Leo ladeó la cabeza.
—¿Como cuáles?
—Ambos sabemos fingir.
Aquella frase cambió completamente la expresión de Leo.
—¿Fingir?
Vanessa sonrió.
—Vamos. Los dos sabemos que esa caída del restaurante fue divertida.
Leo permaneció callado.
Ella interpretó el silencio como una invitación.
Se acercó todavía más.
—Podrías estar con alguien más interesante.
Entonces Leo dijo:
—¿Como tú?
Vanessa sonrió.
—Exactamente.
Desde donde estaba, vi a Julia llevarse una mano a la boca.
Leo sacó su teléfono.
—Gracias.
Vanessa frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Por confirmar algo que sospechábamos.

La sonrisa desapareció.
—¿Qué?
Leo levantó el teléfono.
—Estás grabada.
Vanessa retrocedió.
—¿Qué?
—No esta conversación.
Hizo una pausa.
—Todas.
Durante los últimos días, Leo había guardado cada mensaje que ella le había enviado.
También había informado a la administración de la universidad porque Vanessa ya había causado problemas similares con otros estudiantes.
Dos chicas aparecieron entonces desde el otro lado de la cafetería.
Una de ellas reconoció a Vanessa inmediatamente.
—¿Otra vez?
Vanessa palideció.
La segunda chica asintió.
—Hizo lo mismo con mi novio el semestre pasado.
Vanessa comenzó a llorar.
—No es cierto.
La primera chica sacó su teléfono.
—Tengo los mensajes.
Otra estudiante apareció detrás de ellas.
—Yo también.
Entonces comprendimos que aquello no había comenzado con nosotros.
Vanessa llevaba meses utilizando la misma estrategia.
Se hacía la indefensa.
Provocaba situaciones ambiguas.
Después, si alguien la confrontaba, lloraba y afirmaba que todos la estaban malinterpretando.
Pero había cometido un error.
Esta vez había elegido a personas que no estaban dispuestas a guardar silencio.
La universidad inició una investigación.
Vanessa tuvo que abandonar el dormitorio.
Antes de irse, se acercó a mí.
—¿Estás feliz?
La miré.
—No.
—¿Entonces por qué hiciste todo esto?
—Yo no hice nada.
Se quedó callada.
—Tú misma hiciste todo.
Vanessa bajó la mirada.
—Solo quería sentir que alguien me elegía.
Mi expresión se suavizó.
—Entonces debiste buscar que alguien te eligiera siendo tú misma.
Ella no respondió.
Recogió su maleta y se marchó.
Esa noche, Leo y yo caminamos por el campus.
—¿Sabes qué fue lo más divertido? —preguntó.
—¿Qué?
—Cuando te dije que este era el restaurante con demasiada gravedad.
Me reí.
—Pensé que ibas a seguir con el teatro.
—Por supuesto.
—Eres imposible.
Leo me tomó de la mano.
—Pero tú me elegiste.
—Después de tres años de perseguirme.
—Funcionó.
—Apenas.
Se inclinó hacia mí.
—Admite que te gusta mi estrategia.
—No.
—Mentirosa.
Sonreí.
—Quizá un poco.
Leo levantó los brazos dramáticamente.
—¡Finalmente lo admitió!
—No hagas una escena.
—Demasiado tarde.
Ambos comenzamos a reír.
Meses después, cuando Vanessa ya no formaba parte de nuestra vida, Julia encontró una vieja fotografía de aquella primera cena.
Leo aparecía abrazado a mí.
Yo intentaba no reír.
Vanessa estaba sentada en el suelo al fondo, mirando la escena con una expresión de absoluta incredulidad.
Julia señaló la foto.
—Creo que esta debería ser nuestra foto oficial de graduación.
Nora se rio.
—Definitivamente.
Yo miré a Leo.
—¿Sabes qué aprendí de todo esto?
—¿Qué?
—Que algunas personas usan la debilidad para llamar la atención.
—Y otras usan la misma técnica para conseguir una novia.
—Exactamente.
Leo sonrió.
—Pero hay una diferencia.
—¿Cuál?
Me rodeó suavemente la cintura.
—Yo nunca quise que sintieras pena por mí.
—¿No?
—No.
—Entonces, ¿por qué fingías caerte?
Leo sonrió.
—Porque quería que fueras tú quien me atrapara.
Lo miré durante unos segundos.
Después negué con la cabeza.
—Sigues siendo ridículo.
—Pero sigues aquí.
—Sí.
Sonreí.
—Sigo aquí.
Y mientras nos alejábamos juntos por el campus, entendí que la verdadera lección no había sido descubrir a Vanessa.
Había sido recordar que no necesitas competir por la atención de alguien que realmente te ha elegido.
Y Leo, con sus bromas, sus falsas caídas y su manera absurda de conquistarme, me había elegido desde mucho antes de que Vanessa apareciera.
Esta vez, nadie tuvo que caer para conseguir que alguien lo atrapara.