Parte 2: EL AUDIO QUE SU MADRE GRABÓ ANTES DE MORIR

Don Manuel apenas podía respirar.

El audio continuó entre pequeños silencios, como si Elena hubiera tenido que detenerse varias veces para recuperar el aire.

—Papá… si estás escuchando esto… ya no estoy contigo.

Camila comenzó a llorar en silencio.

Sofía le cubrió los oídos, pero la pequeña apartó las manos.

—Quiero escuchar a mi mamá.

Nadie volvió a interrumpir el audio.

—No morí por mi enfermedad… al menos no completamente.

Hubo una tos larga.

Después continuó.

—Ricardo dejó de comprar mis medicamentos hace ocho meses. Me decía que el dinero no alcanzaba, pero cada semana llegaban paquetes nuevos para él. Relojes. Trajes. Regalos que nunca explicó.

Don Manuel cerró los puños.

Elena siguió hablando.

—Cuando preguntaba por las cuentas, decía que yo estaba confundida por los tratamientos. Empezó a controlar mis tarjetas, mi teléfono y hasta mis citas médicas.

Valeria bajó lentamente la cabeza.

—Mamá sabía todo…

La grabación continuó.

—Si intentan decir que exageraba… revisa la memoria USB. Fernanda, la contadora de la empresa, me ayudó a guardar copias de todo.

Don Manuel tomó inmediatamente la memoria.

La conectó a su computadora.

Aparecieron decenas de carpetas.

Estados de cuenta.

Transferencias.

Contratos.

Capturas de conversaciones.

Y una carpeta marcada con letras rojas.

“NO ABRIR SIN PAPÁ.”

La abrió.

Dentro había un documento firmado electrónicamente.

Era un informe elaborado por la propia Elena.

Cada movimiento bancario estaba ordenado por fecha.

Durante casi dos años, Ricardo había vaciado lentamente las cuentas familiares.

Pagos a hoteles.

Transferencias a una mujer llamada Marcela Fuentes.

Compra de un departamento.

Joyas.

Viajes.

Mientras tanto…

Las facturas del hospital permanecían impagadas.

Don Manuel sintió un vacío en el pecho.

—La dejó sin tratamiento…

Valeria asintió.

—Mamá nos pidió que nunca habláramos hasta que usted estuviera con nosotras.

Entonces Sofía levantó el celular.

—Todavía falta algo.

Abrió la carpeta de videos.

El primero mostraba a Elena grabándose desde su habitación.

Estaba mucho más delgada.

Sonreía con esfuerzo.

—Hoy Ricardo volvió a decirme que los medicamentos son demasiado caros.

Levantó una receta médica.

—Pero hace una hora pagó el anticipo de un salón de bodas.

La fecha del video hizo que Don Manuel se estremeciera.

Había sido grabado cuarenta y dos días antes de su muerte.

El segundo video era todavía peor.

Mostraba únicamente la puerta entreabierta del despacho.

Se escuchaban claramente dos voces.

Ricardo.

Y Marcela.

—¿Cuánto falta para que todo quede a tu nombre? —preguntó ella.

Ricardo respondió riendo.

—Los médicos dicen que no aguanta mucho más.

Cuando muera venderemos la casa y empezaremos de cero.

Camila escondió la cara en el pecho de su abuelo.

Ninguno de los cuatro pudo contener las lágrimas.

Pero aún faltaba el último archivo.

Un audio de apenas cuarenta segundos.

Ricardo hablaba por teléfono.

—No quiero gastar otro peso en ella.

Si necesita otra cirugía, que espere.

Total…

Hizo una pausa.

—Ya no vale la pena invertir.

Don Manuel apagó el ordenador.

La habitación quedó completamente en silencio.

Después tomó su teléfono.

Marcó un único número.

—Licenciada Adriana Castañeda.

Necesito verla hoy mismo.

No es solo una herencia.

Creo que mi hija fue víctima de violencia económica… y posiblemente de un homicidio por omisión.


Esa misma tarde, mientras Ricardo elegía el traje para su boda con Marcela, sonó su teléfono.

Era la notaría.

Contestó sonriendo.

Cinco minutos después ya no sonreía.

—¿Qué significa que la sucesión quedó suspendida?

Escuchó unos segundos más.

—¿Quién presentó la oposición?

El notario respondió con calma.

—El señor Manuel Ortega.

Y además entregó documentación que obliga a la Fiscalía a revisar las circunstancias del fallecimiento de la señora Elena.

Ricardo sintió que el estómago se cerraba.

Colgó inmediatamente.

Marcó a Marcela.

—Tenemos un problema.

Ella respondió alterada.

—Yo también.

Acaban de congelar la cuenta donde recibía las transferencias.

Antes de que Ricardo pudiera responder, alguien llamó con fuerza a la puerta de su departamento.

Miró por la mirilla.

No era la policía.

Tampoco era Don Manuel.

Eran dos hombres vestidos de traje acompañados por una mujer de unos cincuenta años que sostenía una carpeta azul.

Ricardo abrió apenas unos centímetros.

—¿Qué desean?

La mujer mostró una credencial.

—Soy Fernanda Salazar.

Fui la contadora de su empresa durante nueve años.

Lo miró fijamente antes de añadir:

—Y durante todo ese tiempo guardé copias de cada documento que usted creyó haber borrado.

Ricardo sintió que las piernas dejaban de responderle.

Pero lo que terminó de congelarle la sangre fue la última frase de Fernanda.

—Aunque eso ya no es lo más grave.

Hace dos horas recibimos el resultado de la auditoría médica solicitada por Elena antes de morir.

Y confirma algo que ninguno de nosotros imaginaba.

Su enfermedad nunca fue tan avanzada como usted hizo creer… alguien estuvo impidiendo deliberadamente que recibiera el tratamiento que podía haberle salvado la vida.

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