Me quedé mirando la pantalla de la cerradura.
Tres huellas.
Dos habitantes.
Una mujer que todos los indicios parecían identificar como mi esposa.
Pero algo no encajaba.
Guardé una captura y llamé al oficial Harris.
—Encontré algo.
—¿Qué cosa?
—La cerradura de mi apartamento tiene tres huellas registradas.
Hubo un breve silencio.
—¿Reconoce la tercera?
—No.
—No toque nada más. Envíeme la información y salga del apartamento.
Colgué.
Entonces escuché la puerta principal.
Laura había regresado.
—Daniel, ¿estás en casa?
Cerré inmediatamente la aplicación.
—Sí.
Entró en la sala con una bolsa de comida.
—Pensé que no habías comido.
Sonrió.
Era la sonrisa de mi esposa.
La misma.
Pero ahora cada detalle me parecía cuidadosamente observado.
—Gracias.
Nos sentamos.
Laura comenzó a hablar sobre su día.
Yo apenas escuchaba.
Entonces preguntó:
—¿Llamaste a la policía otra vez?
—Sí.
Su expresión cambió.
—¿Por qué?
—Por la tercera huella.
El tenedor quedó suspendido en el aire.
Solo durante un segundo.
Después volvió a dejarlo sobre el plato.
—Tal vez sea del antiguo propietario.
—La cerradura la instalamos después de comprar el apartamento.
—Entonces quizá sea del técnico.
—El técnico solo usó una llave temporal.
Ella sonrió.
—Estás obsesionándote con esto.
—Mi esposa acaba de morir en un accidente y otra mujer está sentada frente a mí.
Laura dejó de sonreír.
—¿Otra mujer?
—Eso es lo que la policía cree.
—¿Y tú?
No respondí.
Ella se levantó lentamente.
—Daniel, mírame.
Lo hice.
—Soy yo.
Sus ojos parecían sinceros.
—Sé que esto parece una pesadilla, pero soy Laura.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje del oficial Harris.
“No le diga a nadie que estamos verificando la identidad. Tenemos una coincidencia de ADN preliminar.”
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Escribí:
—¿De quién?
La respuesta llegó treinta segundos después.
“La fallecida no coincide con Laura Bennett.”
Levanté la mirada.
Laura seguía observándome.
—¿Qué pasa?
Me obligué a sonreír.
—Nada.
Esa noche fingí dormir.
Laura apagó la luz.
Se acostó a mi lado.
Esperé.
Cinco minutos.
Diez.
Entonces escuché su respiración cambiar.
Se levantó.
Caminó hacia la cocina.
Abrí los ojos apenas.
La seguí desde el pasillo.
Laura estaba frente a la caja fuerte.
Introdujo una combinación.
La puerta se abrió.
Mi esposa conocía esa combinación.
Pero nunca había sabido que la caja fuerte existía.
Observé desde la oscuridad.
Sacó un sobre.
Luego un segundo teléfono.
Lo encendió.
—¿Ya está? —preguntó.
Una voz masculina respondió desde el otro lado.
—Todavía no.
—La policía está sospechando.
—Entonces acelera.
Sentí que el mundo se detenía.
Laura bajó la voz.
—Daniel no sabe nada.
—Eso debe mantenerse así.
Regresé al dormitorio antes de que pudiera verme.
Minutos después, Laura volvió a acostarse.
Yo permanecí inmóvil.
Pero ahora sabía una cosa.
La mujer que dormía junto a mí no era Laura.

A las seis de la mañana salí del apartamento con una excusa.
El oficial Harris me esperaba en un estacionamiento cercano.
—Tenemos resultados preliminares.
—¿Quién es la mujer del accidente?
—Una persona cuya identidad fue alterada.
—¿Alterada?
—Tenía documentos de su esposa, el automóvil de su esposa y objetos personales de su esposa.
—Entonces alguien quería que pareciera Laura.
Harris asintió.
—Y hay más.
Me entregó una fotografía.
—Esta es la tercera huella encontrada en su cerradura.
La reconocí.
Era la huella de un hombre que había trabajado para mí años atrás.
Marcus Reed.
Mi antiguo socio.
—Marcus murió hace tres años.
—Eso creíamos.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Qué significa esto?
Harris respondió:
—Significa que estamos buscando a alguien que oficialmente no debería existir.
Regresé a casa.
Laura estaba en la cocina.
—¿Dónde estabas?
—Fui por café.
Ella sonrió.
—¿Para mí?
—Claro.
Le entregué el vaso.
Mientras lo tomaba, observé su mano izquierda.
No llevaba el anillo.
—¿Dónde está tu alianza?
Laura miró su dedo.
—Me la quité para dormir.
—Nunca haces eso.
Su expresión se congeló.
Después sonrió.
—Supongo que anoche sí.
En ese instante llamaron a la puerta.
Laura se puso rígida.
Yo caminé hacia ella.
—¿Esperas a alguien?
—No.
Abrí.
Era el oficial Harris.
—Señor Hayes, necesitamos hablar con su esposa.
Laura retrocedió.
—¿Por qué?
Harris sacó una fotografía.
—Porque acabamos de confirmar que la mujer fallecida no es Laura Bennett.
Laura palideció.
Harris continuó:
—Y tenemos evidencia de que alguien dentro de este apartamento participó en la preparación de esa identidad falsa.
Laura miró hacia mí.
Por primera vez desde que desperté aquella madrugada, su rostro perdió toda expresión.
Entonces hizo algo inesperado.
Sonrió.
—Daniel.
Me miró directamente.
—Ahora sí vas a descubrir quién soy.
Y salió corriendo.
Harris intentó detenerla, pero Laura ya había alcanzado la escalera.
La seguimos.
En el estacionamiento había un automóvil negro esperando.
Marcus estaba detrás del volante.
Lo miré desde la distancia.
Estaba vivo.
Y Laura subió al vehículo.
Antes de arrancar, bajó la ventana.
—¡Daniel!
Me quedé inmóvil.
—¡Tu esposa está viva!
El automóvil desapareció.
Harris se volvió hacia mí.
—¿Qué quiso decir?
No tuve tiempo de responder.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
La abrí.
Era Laura.
Mi verdadera esposa.
Estaba sentada en una habitación desconocida.
Viva.
Y debajo de la imagen había una frase:
“Si quieres volver a verla, deja de buscar a la mujer equivocada.”
Miré al oficial Harris.
—Tenemos que encontrarla.
Él asintió.
—Ahora sabemos que la llamada de las tres de la madrugada no fue para informarle de una muerte.
—¿Entonces para qué fue?
Harris miró la fotografía.
—Para convencerte de que tu esposa estaba muerta mientras alguien ocupaba su lugar.
Sentí un escalofrío.
Pero entonces apareció otra notificación.
Esta vez provenía del teléfono de Laura.
Un mensaje programado.
“Daniel, si estás leyendo esto, significa que ya descubriste la verdad. No confíes en nadie, ni siquiera en la policía. Marcus no es quien crees. Y la mujer que estuvo contigo no es mi enemiga.”
Me quedé mirando la pantalla.
Harris frunció el ceño.
—¿Qué dice?
Levanté lentamente la mirada.
—Dice que la persona que creíamos culpable podría estar intentando protegerla.
Y en ese momento comprendí que la noche en que mi esposa supuestamente murió no había comenzado un misterio.
Había destapado una conspiración que llevaba años desarrollándose justo delante de mis ojos.