Alejandro permaneció inmóvil frente al expediente.
—¿Qué acabas de decir?
Mateo deslizó lentamente otra fotografía sobre el escritorio.
En ella aparecía Lucía entrando a una cafetería.
Sentados esperándola estaban Ernesto Ibáñez y Mauricio Solís.
Dos hombres que habían sido socios de Alejandro durante casi quince años.
—Hace nueve meses —explicó Mateo— ellos descubrieron que ibas a denunciar un desvío de dinero dentro de la empresa.
Alejandro sintió un escalofrío.
Aquella auditoría.
Nunca llegó a terminarla.
Porque una semana después Lucía pidió el divorcio.
Mateo abrió otra carpeta.
—Interceptamos varias grabaciones judicializadas.
Pulsó el reproductor.
La voz de Mauricio llenó la oficina.
—O desaparece Alejandro…
O desaparece ella.
Después se escuchó la voz de Lucía.
Temblaba.
—¿Qué quieren que haga?
Ernesto respondió con absoluta frialdad.
—Vete de su vida.
Haz que te odie.
Que jamás vuelva a buscarte.
Si permanece cerca de ti… muere.
La grabación terminó.
Alejandro permaneció varios segundos sin respirar.
—Ella…
Nunca quiso dejarme.
Mateo negó lentamente.
—No.
Te estaba salvando.
Abrió un último documento.
Era una transferencia bancaria.
Tres millones ochocientos mil pesos.
Beneficiario: Lucía Cárdenas.
Concepto: Acuerdo privado.
—Pensaste que era el precio de su traición.
Alejandro asintió.
—¿No lo era?
Mateo deslizó otra hoja.
Era el historial completo de aquella cuenta.
El dinero había entrado…
Y menos de cuarenta y ocho horas después había salido íntegro.
Destino:
Hospital Infantil Nacional.
Fundación Esperanza.
Tratamientos oncológicos.
Becas médicas.
Alejandro levantó lentamente la vista.
—No conservó un solo peso.
—Ni uno.
Respondió Mateo.
—Todo fue donado utilizando cuentas intermediarias para que nadie pudiera relacionarla contigo.
Alejandro cerró los ojos.
Durante nueve meses la había odiado.
Mientras ella regalaba el dinero que todos creían había aceptado por traicionarlo.
Entonces recordó otra cosa.
—El embarazo…
Mateo respiró profundamente.
—También investigamos eso.
Sacó un sobre sellado.
Dentro había informes médicos.
Fechas.
Ecografías.
Resultados de laboratorio.
Alejandro hizo rápidamente los cálculos.
Después volvió a hacerlos.
Y una tercera vez.
Las fechas coincidían exactamente.
Levantó la mirada.
—Es imposible.
Mateo respondió con serenidad.
—No.
Ese bebé nunca fue de otro hombre.

Siempre fue tu hijo.
Alejandro condujo directamente hasta el restaurante.
Lucía seguía trabajando.
El uniforme estaba manchado.
Su rostro reflejaba agotamiento.
Cuando lo vio entrar, comprendió inmediatamente que algo había cambiado.
—Alejandro…
Él dejó el expediente sobre una mesa.
No dijo una palabra.
Solo abrió la primera página.
Lucía vio la fotografía.
Después la transferencia.
Después las grabaciones.
Cerró los ojos.
—¿Quién te las dio?
—Ya no importa.
Ella bajó lentamente la cabeza.
—Sí importa.
Porque ahora ellos saben que conoces la verdad.
Alejandro dio un paso hacia ella.
—¿Por qué no confiaste en mí?
Lucía sonrió con tristeza.
—Porque conocía demasiado bien al hombre con quien me casé.
Frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que habrías intentado enfrentarlos.
Y ellos te habrían matado.
El silencio cayó entre ambos.
Entonces una fuerte contracción obligó a Lucía a sostenerse de una silla.
Alejandro corrió hacia ella.
—Tenemos que ir al hospital.
Ella negó.
—No puedo.
—¿Por qué?
Lucía guardó silencio unos segundos.
Después respondió en voz muy baja.
—Porque debo casi doscientos mil pesos.
Y ningún hospital privado volverá a recibirme.
Alejandro la tomó cuidadosamente entre sus brazos.
—Nunca más volverás a preocuparte por dinero.
Ella lo miró directamente.
—No necesito tu compasión.
Él negó.
—No es compasión.
Es responsabilidad.
Puso una mano sobre el vientre.
—Porque ese niño también es mi hijo.
Las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de Lucía.
Era la primera vez en nueve meses que dejaba de fingir.
Dos horas después, mientras los médicos la preparaban para una cesárea de urgencia, Alejandro esperaba fuera del quirófano.
Su teléfono sonó.
Era Mateo.
Contestó inmediatamente.
—¿Qué pasó?
La respuesta hizo que todo su cuerpo se tensara.
—Alejandro…
Acabamos de localizar la cuenta desde donde se pagó a los hombres que amenazaron a Lucía.
—¿Y?
Mateo guardó silencio un instante.
—No pertenece a Mauricio.
Ni a Ernesto.
Alejandro sintió un nudo en el estómago.
—¿Entonces de quién?
La respuesta llegó lenta.
Pesada.
Imposible.
—La cuenta está registrada a nombre del único hombre que tenía acceso absoluto a todos tus movimientos financieros…
Mateo respiró hondo antes de pronunciar el nombre.
—Tu propio padre.
Y, según los documentos encontrados hace apenas una hora, él llevaba más de tres años preparando un plan para apartarte de la empresa… incluso si para conseguirlo tenía que destruir tu matrimonio y convertir a tu propio hijo en un secreto.