PARTE 2: LA LLAVE DE ORO

Once minutos después de salir del comedor, Mariana estaba sentada en el asiento trasero de su coche.

No lloraba.

No temblaba.

Solo miraba la pequeña llave dorada que colgaba de su cuello.

Su teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era la abogada de Alcázar Capital.

—Señora Alcázar, necesitamos confirmar algo antes de las seis.

—Dígame.

—¿Ha visto el vídeo que publicó la señora Celeste Rivera?

Mariana cerró los ojos.

—Sí.

—Entonces comprenderá por qué necesitamos actuar inmediatamente.

—¿Qué descubrieron?

Hubo un silencio.

—La transferencia de control del Grupo Beltrán Automotriz está programada para mañana.

Mariana miró por la ventana.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

La abogada respiró profundamente.

—Todo.


Mientras tanto, en la fiesta, Rodrigo seguía brindando.

Celeste se había convertido en el centro de atención.

—¡Mira los comentarios! —gritó Paola—. ¡Ya tiene miles de reproducciones!

Doña Graciela sonrió.

—Por fin alguien le enseñó a Mariana cuál es su lugar.

Rodrigo levantó su copa.

—Mi esposa siempre exagera. Mañana estará como si nada.

Pero entonces su teléfono vibró.

Un mensaje del director financiero.

“Necesito hablar contigo. Es urgente.”

Rodrigo respondió:

“Mañana.”

La respuesta llegó inmediatamente.

“No. Esta noche.”

Rodrigo frunció el ceño.

Se levantó de la mesa.

—¿Qué ocurre? —preguntó Celeste.

—Nada.

Salió del comedor.

En el pasillo contestó la llamada.

—¿Qué pasa?

La voz al otro lado estaba tensa.

—Rodrigo, acabamos de recibir una notificación de Alcázar Capital.

—¿Sobre qué?

—Sobre el cambio de control.

Rodrigo soltó una risa.

—¿Qué cambio de control?

—El de tu empresa.

Su sonrisa desapareció.

—Eso no puede ser.

—Hay una aprobación pendiente.

—¿De quién?

Silencio.

—De la beneficiaria principal.

Rodrigo sintió un escalofrío.

—¿Quién?

El director financiero tardó unos segundos en responder.

—Mariana Alcázar.


Rodrigo se quedó inmóvil.

—Repítelo.

—Mariana Alcázar.

—Eso es imposible.

—No para los documentos.

Rodrigo miró hacia el comedor.

Allí estaban su madre, Celeste y los invitados.

—¿Qué significa exactamente “beneficiaria principal”?

—Que el fideicomiso que controla la participación mayoritaria de tu grupo está vinculado a ella.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de que tú y Mariana se casaran.

Rodrigo dejó de respirar durante unos segundos.

—¿Y por qué nunca lo supe?

—Porque el acuerdo mantiene la identidad de la beneficiaria protegida hasta que se active una de las cláusulas de sucesión.

—¿Qué cláusula?

La respuesta llegó lentamente.

—La cláusula de conducta del cónyuge administrador.

Rodrigo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Qué significa?

—Que si el administrador utiliza los activos corporativos para beneficio personal, incurre en humillación pública, o perjudica deliberadamente los intereses de la beneficiaria, el fideicomiso puede revocar su autoridad.

Rodrigo miró su mano.

Todavía tenía restos de betún azul en los dedos.


—¿Quién redactó ese acuerdo?

—Tu suegro.

Rodrigo cerró los ojos.

El padre de Mariana había muerto ocho años atrás.

Siempre había sido reservado.

Nunca había confiado completamente en Rodrigo.

Ahora entendía por qué.

—¿Qué pasa mañana? —preguntó.

—La junta extraordinaria.

—¿Quién estará?

—Los accionistas principales.

—¿Y Mariana?

El director financiero hizo una pausa.

—Ya confirmó su asistencia.

Rodrigo colgó.


Regresó al comedor.

Celeste sonrió.

—¿Todo bien?

Rodrigo no respondió.

Miró a su madre.

—Mamá.

—¿Qué?

—¿Qué sabes sobre la familia Alcázar?

Doña Graciela dejó la copa lentamente.

—¿Por qué preguntas eso?

—Respóndeme.

La expresión de su madre cambió.

—No sé de qué hablas.

Rodrigo la observó.

—¿Conocías a su padre?

—Hace muchos años.

—¿Y sabías que Mariana era beneficiaria de Alcázar Capital?

Silencio.

Celeste dejó de sonreír.

Paola bajó el teléfono.

Doña Graciela palideció.

—¿Quién te dijo eso?

Rodrigo sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—Entonces es verdad.

Su madre no respondió.


—¿Qué demonios está pasando? —preguntó Celeste.

Rodrigo la miró.

Por primera vez no vio a la mujer que había estado besando minutos antes.

Vio una complicación.

—¿Tú sabías algo?

—No.

—¿Estás segura?

Celeste se ofendió.

—¡Claro que sí!

Rodrigo sacó el teléfono.

—Entonces explícame por qué tu firma aparece en tres facturas de consultoría pagadas por mi empresa.

Celeste se quedó inmóvil.

—Eso…

—¿Qué?

—Tu director financiero me dijo que eran gastos normales.

Rodrigo apretó la mandíbula.

—¿Cuánto recibiste?

Celeste no respondió.

—¿Cuánto?

—No lo sé.

Rodrigo miró a su madre.

—Mamá.

Ella permaneció en silencio.

Y entonces comprendió algo peor.

No era solo una aventura.

Durante meses, alguien había estado sacando dinero de la empresa.


A las diez y cuarenta y tres de la noche, Mariana llegó a las oficinas de Alcázar Capital.

La abogada la esperaba en el vestíbulo.

—Señora Alcázar.

Mariana levantó la mirada.

—No me llames así.

—¿Por qué?

—Porque durante cinco años nadie me llamó así.

La abogada sonrió.

—Mañana cambiará eso.

Subieron al último piso.

En una sala privada había una mesa cubierta de documentos.

La abogada abrió una carpeta.

—Aquí está el acuerdo original.

Mariana miró la firma de su padre.

Después la cláusula marcada en rojo.

—¿Él sabía que Rodrigo me trataría así?

—No.

La abogada negó.

—Pero conocía perfectamente a la familia Beltrán.

Mariana pasó los dedos sobre la página.

—¿Qué quiere que haga mañana?

—Nada.

—¿Nada?

—Entre a la junta.

—¿Y después?

—Escuche.

—¿A quién?

La abogada la miró.

—A Rodrigo.

Mariana frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque mañana tendrá que explicar ante todos los accionistas por qué utilizó recursos de la empresa para comprar una propiedad a nombre de su madre.

Mariana levantó la cabeza.

—¿Qué propiedad?

La abogada deslizó una fotografía sobre la mesa.

Era una mansión.

La misma que Rodrigo había dicho que pertenecía a la empresa.

Pero en los documentos aparecía otro propietario.

Celeste Rivera.

Mariana se quedó mirando la fotografía.

—¿Desde cuándo?

—Hace nueve meses.

—¿Y quién pagó?

La abogada abrió otra carpeta.

—La empresa.

Mariana respiró lentamente.

Entonces recordó la frase de Rodrigo.

“No exageres. Fue una broma.”

Sonrió sin alegría.

—Mañana será interesante.


A la mañana siguiente, Rodrigo llegó a la junta antes que todos.

Creía que podía arreglarlo.

Creía que podía convencer a los accionistas.

Creía que Mariana todavía sería la mujer que bajaba la cabeza para evitar problemas.

Entonces se abrieron las puertas.

Mariana entró.

Vestido negro.

Cabello recogido.

Sin maquillaje excesivo.

Y la llave dorada descansando sobre su pecho.

Todos se levantaron.

Rodrigo no.

No podía.

El presidente de la junta tomó la palabra.

—Señora Alcázar, gracias por venir.

Rodrigo lo interrumpió.

—¿Qué significa esto?

Mariana lo miró.

—Significa que hoy vas a descubrir quién ha estado pagando tus facturas durante todos estos años.

La sala quedó en silencio.

Ella caminó hasta la cabecera.

Colocó la llave dorada sobre la mesa.

Y dijo:

—Abramos la empresa que mi padre te permitió administrar.

Rodrigo tragó saliva.

Pero entonces el presidente de la junta recibió un mensaje en su teléfono.

Lo leyó.

Su rostro cambió.

—Señora Alcázar…

Mariana levantó la mirada.

—¿Qué ocurre?

El hombre dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.

—Hay una segunda transferencia.

—¿De qué?

—De todas las acciones restantes.

Mariana frunció el ceño.

—¿A nombre de quién?

El presidente miró a Rodrigo.

Después a Mariana.

—De su suegra.

El silencio fue absoluto.

Mariana apretó los dedos sobre la llave.

Porque si aquello era cierto, significaba que alguien dentro de su propia familia había estado preparando una toma de control mucho antes de que Rodrigo hundiera su cara en aquel pastel.

Y de repente entendió algo.

La humillación de anoche no había sido el principio.

Había sido la señal de que alguien estaba intentando robarle mucho más que una empresa.

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