PARTE 2: DEJÓ DE PERSEGUIR A SU ESPOSO Y, CUANDO ÉL DESCUBRIÓ QUIÉN ERA REALMENTE MADISON, YA HABÍA PERDIDO TODO

Ethan permaneció en la puerta mirando cómo Madison se alejaba.

Por primera vez en ocho años, no sabía cómo detenerla.

Aquella noche llegó temprano a casa.

Esperó.

A las siete.

A las ocho.

A las nueve.

A las diez.

Madison no apareció.

A las diez y media, Ethan llamó.

Sin respuesta.

Volvió a llamar.

Nada.

Entonces abrió el chat con la mujer cuyo mensaje había aparecido aquella madrugada.

La conversación seguía allí.

Pero ahora había una respuesta de Madison.

“Lo siento, cariño. Me dejé llevar porque te deseaba demasiado.”

Ethan se quedó mirando la pantalla.

No por el contenido.

Sino porque aquella respuesta había sido escrita por su esposa.

Por primera vez sintió miedo de haber perdido el control de algo.

Al día siguiente, Madison regresó a casa después de su entrenamiento.

Ethan la esperaba en la cocina.

—Tenemos que hablar.

Ella dejó las llaves sobre la mesa.

—Habla.

—Lo de anoche no es lo que parece.

—¿Qué parte?

—La mujer.

Madison permaneció en silencio.

—Se llama Lauren.

—Ya sé cómo se llama.

Ethan se quedó inmóvil.

—¿Cómo?

—Porque después de ocho años conozco perfectamente los nombres que aparecen repetidamente en tu teléfono.

Él bajó la mirada.

—No tuvimos una relación.

Madison asintió.

—No necesito que me convenzas.

—Entonces, ¿qué quieres?

—Nada.

Ethan frunció el ceño.

—¿Nada?

—Exactamente.

Aquella palabra le dolió más que cualquier acusación.

Durante años, Ethan había estado acostumbrado a que Madison pidiera explicaciones, reclamara atención y buscara una forma de reparar cada grieta.

Ahora ya no pedía nada.

—¿Estás enamorada de alguien más? —preguntó.

Madison lo miró sorprendida.

—No.

—Entonces, ¿por qué actúas así?

—Porque finalmente entendí que no necesito reemplazarte para dejar de perseguirte.

Ethan no respondió.

Entonces ella sacó una carpeta.

—Esto es para ti.

Él la abrió.

Dentro había estados de cuenta, contratos y documentos de varias propiedades.

—¿Qué es esto?

—Las inversiones de mi familia.

Ethan levantó la cabeza.

—¿Qué tienen que ver conmigo?

—Todo.

Le señaló una transferencia antigua.

—¿Recuerdas cuando estabas intentando conseguir tu primer puesto importante?

—Sí.

—La empresa que te contrató recibió una recomendación de un fondo llamado Hayes Capital.

Ethan palideció.

—¿Hayes?

—Mi apellido de soltera.

Silencio.

Madison continuó.

—El préstamo con el que compramos nuestra primera casa también salió de una cuenta de mi familia.

—Me dijiste que era un préstamo bancario.

—Porque tú no querías aceptar dinero de mis padres.

Ethan cerró lentamente la carpeta.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque sabía que tu orgullo no habría soportado saberlo.

—¿Cuánto?

—Mucho.

—¿Cuánto, Madison?

Ella lo miró.

—Lo suficiente para que tu carrera jamás hubiera sido posible sin ellos.

Ethan se dejó caer en una silla.

De repente recordó todas aquellas oportunidades que había considerado producto exclusivo de su talento.

Las presentaciones.

Los clientes.

Los contactos.

El primer gran contrato.

Incluso el fondo que había financiado su empresa.

Había pensado que todo lo había conseguido solo.

Y la persona que había estado detrás de cada puerta era la mujer que él llevaba años dando por sentada.

—¿Por qué me lo cuentas ahora?

—Porque voy a retirar mi patrimonio del matrimonio.

Ethan levantó la cabeza.

—¿Estás pidiendo el divorcio?

—Sí.

Aquella vez no hubo discusión.

No hubo lágrimas.

No hubo amenazas.

Solo una respuesta tranquila.

—Está bien.

Ethan se quedó desconcertado.

—¿Está bien?

—No quiero seguir viviendo así.

Él intentó acercarse.

Madison dio un paso atrás.

—No.

Ethan se detuvo.

—Necesito tiempo.

—Lo tendrás.

Pero el verdadero golpe llegó una semana después.

El abogado de Ethan descubrió que la mayor parte de las acciones que él consideraba suyas pertenecían a un fideicomiso familiar de Madison.

No podía venderlas.

No podía transferirlas.

Y, en caso de divorcio, determinadas participaciones regresaban automáticamente al fideicomiso.

Ethan llamó furioso.

—¿Sabías que esto iba a pasar?

—Sí.

—¡Entonces llevabas años ocultándome que prácticamente todo estaba protegido!

—No te oculté nada ilegal. Simplemente nunca te interesó preguntar.

—¡Soy tu esposo!

—Lo eras.

La llamada terminó.

Dos días después, Ethan recibió otra noticia.

La junta de su empresa había solicitado una auditoría independiente.

No por Madison.

Por sus propios gastos.

El departamento financiero había detectado pagos personales, viajes y facturas que Ethan había cargado durante años a la empresa.

La situación empeoró cuando apareció un segundo conjunto de registros.

Ethan había autorizado pagos a Lauren.

No eran regalos románticos.

Eran transferencias de consultoría.

Lauren había estado realizando trabajos administrativos para una empresa que Ethan controlaba.

Pero Ethan jamás había declarado aquella relación comercial ante la junta.

La investigación se amplió.

Lauren también fue interrogada.

Y entonces llegó el giro que nadie esperaba.

Lauren no había sido su amante.

Había sido su socia.

Ethan llevaba meses intentando crear una nueva empresa utilizando recursos de su compañía actual.

Pensaba abandonar su puesto, llevarse determinados clientes y comenzar de nuevo con Lauren.

Madison descubrió la documentación durante la auditoría.

No dijo nada.

Simplemente entregó todo a sus abogados.

Cuando Ethan se enteró, la confrontó.

—¿Sabías esto y no me advertiste?

—Ya no era mi responsabilidad protegerte de tus propias decisiones.

—Podrías haberme destruido.

Madison sostuvo su mirada.

—No. Tus decisiones hicieron eso.

La investigación terminó meses después.

Ethan perdió su puesto y tuvo que devolver una parte importante de los fondos utilizados indebidamente.

Lauren abandonó el proyecto.

La empresa sobrevivió, pero bajo una nueva dirección.

Y el divorcio de Ethan y Madison finalmente fue aprobado.

No hubo escándalo público.

No hubo una escena frente a periodistas.

Madison simplemente se marchó.

Vendió la casa donde habían vivido juntos y se mudó a un apartamento pequeño cerca del centro acuático donde entrenaba.

Su vida cambió por completo.

Comenzó a trabajar nuevamente en un proyecto de la fundación de su familia.

Volvió a visitar a sus amigos.

Comenzó a cenar sin mirar el reloj.

Y siguió nadando.

Tres veces por semana.

Ryan Cole continuó siendo su entrenador.

Nunca intentó ocupar el lugar de nadie.

Nunca le pidió nada.

Simplemente estaba allí cuando Madison necesitaba recuperar una parte de sí misma que había olvidado.

Una mañana, después del entrenamiento, Ryan dejó una botella de agua junto a ella.

—Hoy hiciste todas las vueltas.

Madison sonrió.

—Me faltaba una.

—No.

Ryan negó con la cabeza.

—La última era para demostrarte que podías terminar lo que empezaste.

Madison lo miró.

—Gracias, Ryan.

—De nada.

Y eso fue todo.

Sin promesas.

Sin presión.

Solo respeto.

Meses después, Ethan apareció frente al centro de natación.

Madison salió del edificio y se sorprendió al verlo.

—¿Qué haces aquí?

—Quería disculparme.

Ella guardó sus cosas.

—Te escucho.

—Pensé que tú necesitabas que yo fuera alguien importante.

Madison no respondió.

—Después entendí que era al revés.

—Ethan…

—No quiero que vuelvas conmigo.

Ella lo miró sorprendida.

—Solo quería decirte que finalmente entendí lo que hiciste por mí.

Madison respiró profundamente.

—Me alegra.

—Y también entendí algo más.

—¿Qué?

—No eras difícil de amar.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Madison.

—Nunca pensé que lo fuera.

—Yo sí te hice creerlo.

—Sí.

Ethan asintió.

—Lo siento.

—Acepto tus disculpas.

Él dio un paso atrás.

—Adiós, Madison.

—Adiós, Ethan.

Se marchó.

Madison lo observó durante unos segundos.

Después entró nuevamente al centro.

Ryan estaba esperándola junto a la piscina.

—¿Todo bien?

Madison miró el agua.

—Sí.

—¿Segura?

Sonrió.

—Por primera vez en mucho tiempo.

Entró a la piscina.

El agua estaba fría.

Pero ya no le importaba.

Durante años había confundido amor con perseguir a alguien que siempre estaba un paso adelante.

Había pensado que debía ser más paciente, más comprensiva, más disponible.

Hasta que una noche dejó de correr.

Y descubrió que la persona que había estado intentando recuperar durante todos esos años no era Ethan.

Era ella misma.

Madison salió del agua, respiró profundamente y miró el reloj de la pared.

Por primera vez, no tenía que llegar temprano a casa para salvar a nadie.

No tenía que inventar excusas.

No tenía que esperar mensajes.

No tenía que preguntarse dónde estaba su esposo.

Su vida ya no dependía de que alguien eligiera quedarse.

Madison finalmente había elegido quedarse consigo misma.

Y esa fue la primera vez que dejó de perseguir a Ethan Walker para siempre.

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