—¿Quién está ahí? —pregunté.
Lorenzo no respondió.
Su mirada seguía fija en la puerta.
El susurro volvió a escucharse.
—Mara…
Reconocí la voz.
Era Elena, una de las enfermeras privadas de la mansión.
Lorenzo se acercó a la puerta.
—Abre.
Nada.
Giró hacia mí.
—¿Qué sabes?
—No lo suficiente.
—Entonces habla.
Señalé a la enfermera dormida.
—Ella no está simplemente dormida.
Lorenzo miró la copa.
Su expresión cambió.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando entré, Leo estaba demasiado débil. Y ella tenía una copa al lado.
Lorenzo se acercó.
—¿Y?
—Si alguien quisiera mantenerlo sedado, una copa no sería suficiente.
Pausa.
—Pero si alguien estuviera administrándole algo durante las tomas…
Lorenzo se quedó inmóvil.
—¿Estás acusando a alguien de intentar matar a mi hijo?
—Estoy diciendo que alguien podría estar impidiendo deliberadamente que se alimente.
La puerta finalmente se abrió.
Elena estaba allí.
Pálida.
—Señor Rossi, yo…
Lorenzo la agarró del brazo.
—¿Quién cerró la puerta?
Ella negó con la cabeza.
—No lo sé.
—Mírame.
Elena levantó los ojos.
—Yo no hice nada.
Entonces Leo comenzó a llorar.
Lo sostuve más cerca.
El pequeño volvió a buscar alimento.
Y volvió a tragar.
Lorenzo miró el monitor.
Los números comenzaron a estabilizarse.
Por primera vez en semanas, su hijo estaba reaccionando.
—Llama al médico —ordenó.
Uno de los hombres salió corriendo.
Media hora después llegó el pediatra.
Examinó a Leo cuidadosamente.
—Está débil, pero está respondiendo.
Lorenzo permaneció junto a la cuna.
—¿Por qué?
El médico dudó.
—Necesito revisar todos los registros de alimentación.
—Hazlo.
Mientras el médico trabajaba, yo observé a la enfermera.
Ella evitaba mirarme.
Entonces vi algo.
Una pequeña marca en la muñeca.
Como si alguien hubiera intentado sujetarla recientemente.
—Señor Rossi.
Él se volvió.
—¿Qué?
Señalé la muñeca.
—Pregúntele dónde estuvo antes de entrar aquí.
La enfermera palideció.
—No significa nada.
Lorenzo se acercó.
—Responde.
—Yo…
No terminó la frase.
Uno de los guardias entró apresuradamente.
—Señor, encontramos algo en la cocina.
Le entregó una pequeña caja.
Dentro había varios frascos.
El médico los examinó.
Su expresión cambió.
—Esto no debería estar aquí.
Lorenzo miró al guardia.
—¿Qué son?
—Sustancias sedantes.
Silencio.
La mansión quedó cerrada.
Nadie podía salir.
Lorenzo ordenó revisar las cámaras de seguridad de las últimas tres semanas.
Yo seguía junto a Leo.
No sabía por qué confiaba en mí.
Quizá porque su hijo había dejado de llorar cuando estaba conmigo.
O quizá porque, después de semanas de perder peso, finalmente había conseguido alimentarse.
Entonces Lorenzo se acercó.
—¿Cómo sabías qué hacer?
Miré al bebé.
—No lo sabía.

Pausa.
—Solo escuché llorar a un niño que necesitaba ayuda.
Por primera vez, Lorenzo bajó la mirada.
—Mi esposa murió después de dar a luz.
Su voz era diferente.
Más baja.
—Leo era lo único que me quedaba de ella.
No respondí.
Él miró al bebé.
—Y durante semanas pensé que también iba a perderlo.
Una hora después, uno de sus hombres regresó.
—Tenemos las grabaciones.
Lorenzo se acercó al monitor.
En la pantalla apareció la enfermera entrando en la guardería.
Después apareció Elena.
Luego otra persona.
Lorenzo se quedó completamente quieto.
—Amplía esa imagen.
El hombre obedeció.
La persona llevaba una capucha.
Pero al girarse, el rostro quedó visible durante un segundo.
Lorenzo reconoció inmediatamente a la persona.
—No.
Yo miré la pantalla.
—¿Quién es?
No respondió.
Su rostro había perdido todo color.
—Mi hermano.
El silencio fue absoluto.
—¿Por qué haría esto? —pregunté.
Lorenzo cerró los puños.
—Porque si Leo muere, yo pierdo al único heredero de mi esposa.
Pausa.
—Y él cree que podrá quedarse con todo.
Entonces escuchamos un ruido en el pasillo.
Lorenzo sacó su teléfono.
—Encuéntrenlo.
Los guardias salieron corriendo.
Yo miré a Leo.
El bebé dormía tranquilamente.
Por primera vez desde que había entrado en aquella mansión, parecía estar a salvo.
Pero entonces Lorenzo recibió un mensaje.
Lo leyó.
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurre?
Me mostró la pantalla.
Solo había una frase:
“Si quieres volver a ver a tu hermano, ven solo.”
Lorenzo levantó la mirada.
Y entonces comprendimos que alguien había estado manipulando la mansión desde dentro durante mucho más tiempo del que imaginábamos.
Pero lo peor todavía no era saber quién estaba detrás.
Era descubrir quién había ayudado a entrar a aquella persona en la casa.