Alejandro miró a Mateo.
—¿Qué quieres decir?
El niño se limpió las lágrimas.
—Ella quería llamar a alguien.
Leo asintió.
—Doña Ernestina le dijo que no molestara.
Alejandro sintió un nudo en el estómago.
—¿Cuándo pasó eso?
Mateo señaló su mochila.
—Esta mañana.
Alejandro se agachó frente a ellos.
—Cuéntenme todo.
Los gemelos se miraron.
Finalmente Mateo habló.
—La tía Clara estaba muy cansada. Dijo que le dolía mucho la cabeza.
Leo añadió:
—Y no había comido.
Alejandro cerró los ojos.
Todo empezaba a encajar.
En ese momento salió una enfermera.
—¿Familia de Clara Mendoza?
Alejandro se levantó.
—Yo.
La enfermera dudó.
—¿Es familiar?
—No. Soy su empleador.
—Entonces necesitamos localizar a alguien de su familia.
Alejandro sintió vergüenza.
—No sé quién.
La enfermera lo miró seriamente.
—Está deshidratada y muy débil. El médico está evaluándola. Necesitamos conocer sus antecedentes.
Alejandro bajó la cabeza.
—Voy a encontrarlos.
Sacó el teléfono.
Esta vez no llamó a su asistente.
Llamó directamente a su equipo de recursos humanos.
—Necesito el expediente completo de Clara Mendoza. Domicilio, contacto de emergencia y cualquier información que tengamos.
—Señor, ¿ocurrió algo?
—Sí.
Pausa.
—Y quiero saber por qué nadie me informó de sus ausencias médicas.
Media hora después llegó la información.
Alejandro leyó el expediente.
Clara vivía con su hermana menor y un sobrino de cuatro años.
Su salario era enviado casi íntegramente a esa casa.
Había solicitado varios permisos médicos que nunca llegaron a recursos humanos.
Todos aparecían como “ausencias injustificadas”.
Alejandro levantó la mirada.
—¿Quién los rechazó?
Su asistente respondió:
—La administración doméstica.
—¿Ernestina?
—Sí.
Alejandro apretó la mandíbula.
Entonces recordó algo.
Durante los últimos meses, sus hijos habían cambiado.
Antes apenas hablaban durante el desayuno.
Desde que Clara había llegado, Mateo contaba historias.
Leo pedía que le prepararan hot cakes.
Y ambos habían vuelto a cantar.
La canción de Lucía.
Alejandro siempre había pensado que los niños simplemente estaban creciendo.
Ahora comprendía que alguien había llenado un vacío que él ni siquiera sabía cómo tocar.
El médico salió finalmente.
—¿Familia?
Alejandro se acercó.
—¿Cómo está?
—Estable.
Soltó el aire que llevaba reteniendo.
—¿Qué ocurrió?
—Está muy débil. Necesita descanso, líquidos y estudios adicionales.
—¿Es grave?
—Todavía no podemos determinar la causa exacta.
Alejandro asintió.
—¿Puedo verla?
—En unos minutos.
Cuando entró, Clara estaba despierta.
Tenía los ojos cerrados.
Al escuchar la puerta, los abrió lentamente.
—Señor Montes…
Alejandro se acercó.
—Alejandro.
Ella intentó incorporarse.
—No.
—No te levantes.
Clara volvió a recostarse.
—Lo siento.
Él frunció el ceño.
—¿Por qué te disculpas?
—Por causar problemas.
Alejandro sintió una punzada de culpa.
—Tú no causaste ningún problema.
Clara guardó silencio.
—¿Por qué no me dijiste que estabas enferma?
Ella bajó la mirada.
—Necesitaba trabajar.
—Eso no responde mi pregunta.
—Si faltaba, podían reemplazarme.
—¿Quién te dijo eso?
Clara no respondió.
Alejandro entendió.
—Ernestina.
Clara apretó la sábana.
—No quería causar problemas.

Alejandro se sentó junto a la cama.
—Clara, mis hijos te quieren.
Ella sonrió débilmente.
—Yo también los quiero.
—¿Por qué?
Clara miró hacia la ventana.
—Porque me recuerdan a mi hermano.
Alejandro permaneció callado.
—Cuando era pequeña —continuó—, mi hermano también tenía miedo después de perder a nuestros padres.
Pausa.
—Por eso nunca quería que Mateo y Leo se sintieran solos.
Alejandro sintió algo extraño.
Durante años había contratado personas para cuidar de sus hijos.
Pero Clara no los había cuidado por obligación.
Los había cuidado porque entendía su miedo.
La puerta se abrió.
Mateo y Leo entraron corriendo.
—¡Tía Clara!
La enfermera intentó detenerlos.
Alejandro sonrió.
—Déjalos.
Los gemelos se acercaron a la cama.
Mateo tomó su mano.
—Te esperamos.
Leo dejó una pequeña estrella de papel sobre la mesa.
—Para que no tengas miedo.
Clara comenzó a llorar.
Alejandro apartó la mirada.
No quería que sus hijos vieran cuánto lo había afectado.
Esa misma noche, Alejandro regresó a la casa.
Ernestina estaba esperando.
—Señor…
—¿Cuántas veces se desmayó Clara?
Ernestina bajó la mirada.
—Dos.
—¿Y le dio un medicamento que no era suyo?
—Pensé que…
—No piense.
Su voz fue firme.
—Respóndame.
—Sí.
—¿Por qué no llamó a un médico?
Silencio.
—Ella dijo que necesitaba el trabajo.
Alejandro la observó.
—¿Y usted decidió que eso significaba que podía seguir trabajando enferma?
Ernestina comenzó a llorar.
—Yo solo quería mantener la casa funcionando.
—No.
Alejandro negó.
—Usted quería mantener el control.
Pero antes de tomar una decisión, Alejandro recibió una llamada.
Era su director financiero.
—Señor Montes, encontramos algo extraño.
—¿Qué?
—Los pagos del salario de Clara no coinciden con el expediente.
—Explíquese.
—Durante los últimos seis meses, alguien estuvo reteniendo parte de su sueldo.
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Quién?
—Estamos rastreando las transferencias.
Pausa.
—Pero todas terminan en una cuenta vinculada a una empresa de la familia.
Alejandro sintió que el problema era mucho más grande de lo que había imaginado.
—¿Qué empresa?
El director financiero dudó.
—La sociedad que administra las propiedades de su difunta esposa.
Alejandro palideció.
—Eso no tiene sentido.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Clara aparece como beneficiaria secundaria de esa sociedad.
Silencio.
Alejandro miró hacia el pasillo.
Por primera vez comprendió que Clara no había entrado en su casa por casualidad.
Y que quizá la mujer que él creía conocer tan poco…
había estado protegiendo un secreto relacionado con Lucía durante mucho más tiempo del que imaginaba.