Abrí la ventana y salí al pequeño tejado del patio interior.
El dolor de la operación me obligó a detenerme unos segundos, pero no podía quedarme allí.
Abajo escuché la voz de Julián.
—¿Dónde está?
—En su habitación —respondió Teresa—. No puede haber ido muy lejos.
Me escondí detrás de una pared y escuché.
—¿Estás seguro de que ella no sabe nada? —preguntó Teresa.
—No sabe nada —respondió Julián—. Pero tenemos que encontrar sus documentos.
Sentí un escalofrío.
No estaban hablando de mi dinero.
Estaban hablando de mi identidad.
Recordé a la mujer del vestido.
Mi nombre.
Mi apariencia.
El departamento.
Todo empezaba a tener sentido.
Saqué el teléfono que había escondido en el bolsillo de mi bata. Tenía poca batería, pero suficiente para enviar un mensaje.
Solo escribí:
“Necesito ayuda. No estoy segura en casa de mi suegra.”
Se lo envié a mi antigua compañera de trabajo, Laura.
Después apagué el teléfono.
Una hora más tarde estaba en una pequeña clínica privada donde Laura conocía al médico de guardia.
Él revisó mis documentos y escuchó mi historia.
—No regreses sola a tu departamento —me dijo.
—No pienso hacerlo.
Laura se sentó junto a mí.
—¿Tienes pruebas?
Pensé en la cena.
En la mujer.
En Teresa.
En la conversación.
—Tengo algo.
Encendí el teléfono.
Había conseguido guardar una grabación breve antes de escapar.
La voz de Julián se escuchaba claramente.
“En unos días, todo será tuyo.”
Laura me miró.
—Esto cambia las cosas.
A la mañana siguiente recibí un mensaje de un número desconocido.
“Deja de buscar.”
Después llegó otro.
“No sabes con quién estás tratando.”
No respondí.
En lugar de eso, llamé a un abogado.
Durante la reunión descubrimos algo todavía más extraño.
Tres meses antes, alguien había intentado modificar mis documentos bancarios y registrar una nueva firma utilizando mi identidad.
La solicitud había sido rechazada.
Pero el nombre de la persona que presentó los documentos apareció en el expediente.
Maya Salcedo.
La mujer que había visto la noche anterior.
Mi falsa identidad ya estaba siendo preparada.

Esa tarde regresé al edificio acompañada por mi abogado.
Julián estaba allí.
Al verme, se quedó completamente inmóvil.
—Maya…
—No.
Levanté una mano.
—Ahora vas a escucharme tú.
Su rostro perdió el color.
—Puedo explicarlo.
—Ya no necesito explicaciones.
Puse sobre la mesa una copia de los documentos.
—Necesito saber quién es ella.
Julián permaneció callado.
Entonces escuchamos una voz detrás de nosotros.
—Es mi hija.
Teresa.
Entró lentamente.
Me miró.
Y por primera vez no fingió cariño.
—Se suponía que nunca debías descubrirlo.
Sentí que todo encajaba.
La mujer no era una amante.
Era alguien que habían preparado para ocupar mi lugar.
Y ahora entendía por qué necesitaban mi nombre, mis documentos y mi desaparición.
Mi abogado levantó la mirada.
—Creo que esta conversación debería continuar con las autoridades presentes.
Teresa retrocedió.
Julián intentó acercarse a mí.
Pero esta vez no estaba sola.
Y mientras la policía llegaba al edificio, comprendí algo:
La cena a la luz de las velas no había sido una despedida.
Había sido el comienzo de un plan que llevaba meses preparándose.
Y ahora que yo seguía viva…
ellos tendrían que explicar cada parte de ese plan.