PARTE 2: EL HOMBRE QUE YA SABÍA LA VERDAD

Camila retiró lentamente la mano del cajón.

—Yo solo quería ayudarte.

Gabriel no apartó la mirada.

—Entonces ayuda sin esconder nada.

Camila sonrió, pero esta vez la sonrisa no llegó a sus ojos.

—Estás siendo demasiado serio.

—¿Qué estabas buscando?

—Nada.

Gabriel cerró el cajón.

—Entonces no volverás a tocarlo.

Camila bajó la cabeza.

Yo seguía observándolos sin entender.

—¿Por qué todos actúan como si supieran algo que yo no?

Gabriel me miró.

—Porque probablemente hay muchas cosas que todavía no recuerdas.


Esa noche, cuando Camila se marchó, Gabriel cerró la puerta.

—Necesito preguntarte algo.

—Pregunta.

—Antes del accidente, ¿qué recuerdas?

Le conté todo.

La escuela.

Mi confesión que nunca llegó.

Adrián.

Camila.

Y después, nada.

Gabriel permaneció en silencio.

—¿Adrián?

—El chico que me gustaba.

Su expresión cambió ligeramente.

—¿Todavía lo quieres?

Fruncí el ceño.

—Ni siquiera sé qué año es para mí.

—Diez años después.

—Entonces no.

Gabriel respiró profundamente.

—Bien.

—¿Por qué?

Se acercó a la ventana.

—Porque Adrián fue la razón por la que nos conocimos de verdad.

Lo miré.

—¿Qué significa eso?

Gabriel se giró.

—Nunca estuve enamorado de Camila.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—Pero la cinta…

—Era tuya.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—La cinta que me viste recoger aquel día pertenecía a ti.

Mi memoria se quedó en blanco durante un segundo.

Gabriel continuó:

—Camila la había tomado de tu mochila.

—Entonces…

—Pensaste que era de ella.

Bajé la mirada.

Diez años.

Diez años creyendo una historia falsa.


Gabriel sacó su teléfono.

—Mira.

Me mostró una fotografía.

Era yo.

Más joven.

Estaba dormida sobre un escritorio, rodeada de libros.

—¿Quién tomó eso?

—Yo.

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque eras la única persona en aquella escuela que nunca intentó impresionarme.

Sonrió ligeramente.

—Y porque me gustabas desde mucho antes de que tú supieras que existía.

No supe qué decir.

—Entonces… ¿cómo terminamos casados?

Su expresión cambió.

—Esa es la parte que necesitas recordar.


Al día siguiente, Gabriel trajo una caja.

Dentro había fotografías, documentos y una pequeña grabadora.

—Esto pertenece a los últimos meses antes de tu accidente.

Presionó un botón.

Mi propia voz llenó la habitación.

“Si algo me ocurre, Gabriel debe saberlo todo.”

Me quedé helada.

Después escuché otra frase.

“Camila está intentando transferir las propiedades. Mi padre no sabe que descubrí los documentos.”

Miré a Gabriel.

—¿Yo sabía todo esto?

—Sí.

—¿Y por qué no recuerdo nada?

—Porque el accidente ocurrió dos días después de que me dijeras que querías contarme algo.

Sentí un escalofrío.

Entonces recordé la mirada de Camila junto al cajón.

—Ella estaba buscando algo.

Gabriel asintió.

—Tu memoria no fue lo único que intentaron borrar.


Me entregó un documento.

Era una copia de un contrato.

Mi firma aparecía al final.

—¿Qué es esto?

—El acuerdo que protege tus propiedades.

Leí la primera página.

Mi nombre.

El suyo.

Y una cláusula que me dejó sin palabras.

Si yo quedaba incapacitada, Gabriel administraría temporalmente mis bienes.

Pero había otra condición.

Si él intentaba apropiarse de ellos, perdería automáticamente todo derecho.

—¿Por qué hiciste esto?

—Porque cuando nos casamos me dijiste algo.

—¿Qué?

Gabriel me miró directamente.

—”No quiero un marido que me salve. Quiero uno que me crea.”

Mis ojos se llenaron de lágrimas.


Entonces la puerta se abrió.

Camila estaba allí.

Había escuchado suficiente.

—¿Ya recuperaste la memoria?

Su voz había perdido toda dulzura.

Gabriel se levantó.

—¿Qué hiciste, Camila?

Ella sonrió.

—Nada que ella no hubiera hecho por sí misma.

—Mientes.

Camila me miró.

—Valeria, tú descubriste que nuestro padre estaba transfiriendo propiedades.

Sentí un golpe de memoria.

Documentos.

Una discusión.

Una firma.

Una amenaza.

—Y tú querías detenerlo —continuó ella—. Por eso tuve que actuar.

Gabriel dio un paso adelante.

—¿Actuar cómo?

Camila guardó silencio.

Yo la miré.

—¿Tú provocaste mi accidente?

Su rostro no cambió.

Pero sus ojos sí.

Y eso fue suficiente.

Gabriel tomó discretamente su teléfono.

—Gracias.

Camila frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque acabas de decir exactamente lo que necesitábamos.

Ella palideció.

Gabriel levantó el teléfono.

La grabación seguía activa.

Y entonces comprendí que el hombre que yo creía incapaz de sentir nada…

había pasado diez años protegiéndome.

Pero todavía faltaba descubrir algo.

¿Qué había sucedido realmente durante esos diez años que mi memoria había olvidado?

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