PARTE 2: EL PRECIO DE DIEZ EUROS

Los dos vigilantes llegaron menos de tres minutos después.

Rodrigo intentó recuperar la calma.

—No hace falta montar un espectáculo.

El jefe de seguridad lo miró.

—Señor Martín, la propietaria ha solicitado verificar el acceso. El inmueble está registrado exclusivamente a nombre de la señora Valeria.

Elena palideció.

—Pero él me dijo que podía vivir aquí.

—Y ahora tendrá que explicar por qué —respondí.

Pedí que nadie tocara nada.

Después llamé a mi abogado.

—Quiero iniciar el procedimiento para recuperar el control total del inmueble y revisar cualquier modificación realizada durante mi ausencia.

Rodrigo se acercó.

—Valeria, podemos arreglarlo.

—Ya lo estamos arreglando.

—Nos casamos en dos meses.

—No.

Lo miré directamente.

—Ya no nos casamos.


Elena comenzó a llorar.

—Señora, yo no sabía…

—No voy a discutir contigo.

Miré a Rodrigo.

—Él te dijo que tenía derecho a darte esa vivienda. Que se haga responsable de lo que prometió.

Elena bajó la cabeza.

Los vigilantes le dieron tiempo para recoger sus pertenencias.

Mientras ella preparaba una maleta, encontré algo sobre el escritorio.

Un documento.

Lo tomé.

Era una autorización que Rodrigo había firmado para que Elena utilizara mi dirección como domicilio durante sus trámites militares.

La fecha era de seis semanas atrás.

No había sido una estancia temporal.

Había planeado instalarla allí.


—¿También falsificaste mi autorización? —pregunté.

Rodrigo se quedó quieto.

—No es lo que parece.

—Entonces explícamelo.

No pudo.

Mi abogado llegó poco después.

Revisó el documento y tomó fotografías.

—Guárdalo. Puede ser importante.

Rodrigo perdió el color.

—Valeria, por favor.

—Durante cuatro meses yo estaba trabajando para terminar una obra.

Pausa.

—Mientras tú convertías mi casa en tu hogar con otra mujer.

—No te engañé.

Lo miré.

—¿Entonces cómo llamas a esto?

Silencio.


Esa misma tarde cambié todas las claves del ático.

También retiré a Rodrigo como administrador del sistema.

La administración del edificio recibió instrucciones de no permitirle nuevos accesos sin mi autorización.

Después recogí mis pertenencias personales.

No sentía ganas de llorar.

Solo una extraña tranquilidad.

Durante meses había pensado que estaba construyendo una boda.

En realidad, estaba financiando la vida de un hombre que ya había construido otra.


Dos semanas después recibí una notificación de la comandancia.

Rodrigo había presentado una queja alegando que yo estaba intentando perjudicar su carrera.

Mi abogado respondió con los documentos.

El contrato del inmueble.

Los registros de acceso.

Las fotografías.

El alquiler simbólico.

La autorización firmada.

Y los mensajes donde Rodrigo afirmaba que el ático era suyo para disponer de él.

No tuve que exagerar nada.

Los documentos hablaban solos.


Un mes después, me llegó otro mensaje.

Rodrigo quería verme.

Acepté en una cafetería.

Llegó solo.

Parecía haber envejecido.

—Elena se marchó.

Asentí.

—Lo siento.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

Bajó la mirada.

—Pensé que volverías y lo perdonarías.

Sonreí.

—Ese fue tu último error.

—Te amo.

Negué lentamente.

—Quizá amaste la comodidad que yo te daba.

Se quedó callado.

—Pero una persona que te quiere no cambia la cerradura de tu casa para que otra mujer pueda entrar.


Dos meses después firmamos la ruptura definitiva del compromiso.

El ático siguió siendo mío.

La boda nunca ocurrió.

Y Rodrigo tuvo que responder ante quienes correspondía por haber utilizado un inmueble ajeno y por los documentos que había firmado.

Yo regresé al norte para terminar otro proyecto.

La primera noche en Santander abrí las ventanas del apartamento.

El aire frío entró de golpe.

Respiré profundamente.

Durante cuatro meses había pensado que volver a casa significaba regresar junto a Rodrigo.

Ahora sabía que volver a casa significaba regresar a mí misma.

Guardé la antigua llave electrónica en un cajón.

Ya no la necesitaba.

Había cambiado todas las cerraduras.

Y también había cambiado la puerta de mi vida.

Rodrigo pensó que diez euros le daban derecho a mi casa.

Tardó demasiado en entender que mi patrimonio no estaba en alquiler.

Y mi confianza tampoco.

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