El rugido del motor del automóvil negro se perdió bajo la lluvia mientras Valeria abandonaba la mansión sin mirar atrás.
Alejandro permaneció inmóvil en la entrada, incapaz de reaccionar. Sabía que aquella no era una simple discusión de matrimonio. Era el principio de una guerra que podía destruir el apellido de su familia.
Su madre apareció lentamente desde el segundo piso.
—¿Ya se fue?
Alejandro levantó la vista.
—Encontró todos los documentos.
El rostro de la mujer no mostró sorpresa. Solo una fría resignación.
—Entonces tendremos que adelantarnos a ella.
Aquellas palabras terminaron de romper la poca confianza que aún quedaba entre madre e hijo.
Mientras tanto, Valeria llegó al despacho del notario que había permanecido abierto solo por petición de un misterioso cliente.
Sobre el escritorio descansaba una carpeta negra con su nombre.

—¿Quién dejó esto? —preguntó.
El notario respiró hondo.
—Un hombre vino hace seis meses. Me dijo que solo podía entregársela si usted descubría la verdad por sí misma.
Valeria abrió la carpeta con manos temblorosas.
Dentro había copias de contratos, registros bancarios y una fotografía tomada el mismo día de su boda.
Pero lo que realmente detuvo su respiración fue la firma estampada al final del acuerdo.
No pertenecía a Alejandro.
Era la firma de su propio padre.
Sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Eso es imposible…
El notario la observó con compasión.
—Su padre participó en la negociación del matrimonio. Recibió una enorme suma de dinero pocas semanas antes de la ceremonia.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
Toda su vida había creído que su padre la había protegido.
Ahora comprendía que también había formado parte del engaño.
En ese mismo instante, el teléfono del notario sonó.
Contestó durante unos segundos y su expresión cambió por completo.
—Señora Valeria… será mejor que no regrese a su casa.
—¿Por qué?
—Porque hace apenas unos minutos alguien entró allí… y está buscando exactamente la misma carpeta que usted tiene en las manos.
Valeria abrazó los documentos contra su pecho mientras comprendía que la verdad apenas empezaba a revelarse y que, desde ese momento, cualquiera que conociera aquel secreto podía convertirse en su enemigo.