PARTE 2: ME OLVIDÓ EN MI TREINTA CUMPLEAÑOS POR ESTAR CON OTRA MUJER, PERO CUANDO FIRMÉ EL TRASLADO AL EXTRANJERO DESCUBRIÓ QUE HABÍA PERDIDO A LA MUJER QUE LO AMÓ DURANTE DOCE AÑOS

Aquella noche terminé el último pedazo de pastel sin sentir absolutamente nada.

Yan Zhi ya estaba en el dormitorio.

Desde el pasillo escuchaba su voz riendo mientras hablaba con Lin Ruo Yao por el juego.

—Espera, espera. No avances todavía.

Una pausa.

Después volvió a reír.

Yo miré las velas apagadas.

Durante doce años había esperado que él fuera la primera persona en felicitarme.

Aquella noche fui la última persona en recordar que mi cumpleaños importaba.

Guardé el pastel en el refrigerador.

Luego limpié la mesa.

Lavé los platos.

Apagué las luces.

Y antes de acostarme, abrí el correo que había llegado aquella tarde.

“Confirmación de traslado internacional: puesto aprobado.”

El destino estaba a miles de kilómetros.

El contrato era por tres años.

El salario duplicaba el que recibía actualmente.

Y, por primera vez, no tendría que pedirle permiso a nadie para aceptar.

Miré la pantalla durante mucho tiempo.

Después respondí:

—Acepto.

A la mañana siguiente, Yan Zhi seguía durmiendo.

No lo desperté.

Durante doce años había sido yo quien preparaba su desayuno, recordaba sus reuniones y dejaba pequeños mensajes junto a su taza.

Aquella mañana preparé café solo para mí.

A las ocho, recibí un mensaje suyo.

—¿Por qué no me despertaste?

Lo miré unos segundos.

Respondí:

—Ya no era necesario.

No entendió.

Por supuesto que no.

A las nueve, fui a la empresa.

Mi jefa, la señora Xu, me esperaba.

—¿Realmente vas a aceptar el traslado?

—Sí.

—Es una gran oportunidad.

Sonreí.

—Lo sé.

—¿Y tu esposo?

Bajé la mirada hacia el anillo.

—Mi esposo todavía no lo sabe.

La señora Xu guardó silencio.

—¿Están bien?

Pensé en las dieciséis llamadas sin respuesta.

En la mujer que había usado su teléfono mientras mis mensajes permanecían ignorados.

En la manera en que pronunciaba el nombre de Ruo Yao.

—No.

Y por primera vez pude decirlo sin intentar justificarlo.

—No estamos bien desde hace mucho tiempo.

Esa tarde regresé a casa y encontré a Yan Zhi esperándome.

—¿Dónde estabas?

—Trabajando.

—¿Por qué no contestaste?

Lo miré.

—¿Ahora te preocupa que no conteste?

Frunció el ceño.

—No empieces.

—No estoy empezando nada.

Dejé mi bolso sobre la mesa.

—Estoy terminando.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué significa eso?

Saqué el documento.

—Acepté un traslado al extranjero.

Yan Zhi tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Qué traslado?

—El que me ofrecieron hace dos semanas.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

Casi me reí.

—Te lo dije.

—No recuerdo.

—Porque estabas ocupado.

Sus ojos se endurecieron.

—¿Estás haciendo esto para castigarme por lo de anoche?

—No.

—Entonces, ¿por qué?

Lo miré directamente.

—Porque ayer cumplí treinta años y me di cuenta de que llevaba doce esperando que me eligieras.

Yan Zhi permaneció callado.

—Sophie…

—Dương Mạn.

Él parpadeó.

—¿Qué?

—Mi nombre es Dương Mạn. Y durante mucho tiempo dejé que todos me llamaran como si mi única identidad fuera ser tu pareja.

Me quité el anillo.

Lo dejé sobre la mesa.

El rostro de Yan Zhi cambió por completo.

—¿Quieres divorciarte?

—Sí.

—No puedes decidir algo así de repente.

—No fue de repente.

Levanté la mirada.

—Fue después de doce años.

Esa noche Yan Zhi no fue a jugar con Ruo Yao.

Se sentó solo en la sala.

Por primera vez, parecía no saber qué hacer conmigo.

Al día siguiente, sin embargo, ocurrió algo inesperado.

Ruo Yao apareció en nuestra oficina.

Entró directamente al despacho de Yan Zhi.

Yo estaba saliendo cuando escuché:

—¿Por qué no me dijiste que querías divorciarte?

Me detuve.

Yan Zhi respondió:

—No es asunto tuyo.

Ella permaneció callada unos segundos.

—¿Me estás culpando?

—No.

—Entonces dime la verdad.

Hubo un largo silencio.

Después escuché su voz.

—No sé cuándo dejé de quererla.

Aquellas palabras me dolieron.

Pero no como antes.

Esta vez no me hicieron querer quedarme.

Me hicieron entender que ya era demasiado tarde.

Me alejé sin escuchar más.

Dos días después, Yan Zhi me encontró en el departamento empacando.

—No tienes que irte todavía.

—El vuelo es el viernes.

—Podemos arreglarlo.

—¿Qué quieres arreglar?

—Todo.

Negué con la cabeza.

—No puedes arreglar doce años en una semana.

Se acercó.

—Puedo cambiar.

—Quizá.

Tomé otra caja.

—Pero yo también cambié.

Él se quedó inmóvil.

—Ya no quiero pasar mi vida esperando que recuerdes que existo.

Por primera vez vi lágrimas en sus ojos.

—¿Y si te acompaño?

—No.

—¿Por qué?

—Porque este traslado no es una huida contigo.

Cerré la maleta.

—Es el primer lugar al que voy sola.

El divorcio comenzó formalmente la semana siguiente.

Y entonces apareció el último secreto.

Mientras revisábamos nuestros bienes, el abogado de Yan Zhi descubrió algo que ninguno de los dos esperaba.

Durante años, una parte de las acciones que él creía que eran exclusivamente suyas había sido adquirida con dinero proveniente de mi cuenta personal.

Yo había invertido mis ahorros en la empresa cuando todavía éramos estudiantes.

Nunca había reclamado crédito.

Nunca había pedido reconocimiento.

Yan Zhi lo sabía.

Pero aparentemente había olvidado aquel detalle también.

El abogado dejó los documentos sobre la mesa.

—Legalmente, esta participación pertenece a la señora Dương.

Yan Zhi levantó la cabeza.

—¿Cuánto?

El abogado respondió.

Yan Zhi se quedó sin palabras.

Era una cantidad considerable.

Mucho más de lo que yo necesitaba para comenzar una nueva vida.

Me miró.

—¿Por qué nunca me dijiste que todavía tenías esto?

—Porque nunca me importó demostrar cuánto había aportado.

—Podrías haberte quedado con una parte mucho mayor de la empresa.

—No quiero tu empresa.

—Entonces, ¿qué quieres?

Respondí sin dudar:

—Mi libertad.

Durante las negociaciones, renuncié voluntariamente a buena parte de mis derechos financieros para evitar una batalla interminable.

Solo conservé lo que legalmente me correspondía.

Y el traslado.

Y mi nombre.

Y mi futuro.

El día antes de mi vuelo, Yan Zhi apareció en mi puerta.

No llevaba flores.

No llevaba regalos.

Solo una expresión cansada.

—Ruo Yao se va de la empresa.

Lo miré.

—Eso es decisión suya.

—Me dijo que nunca quiso ser la razón por la que destruyera mi matrimonio.

Guardé silencio.

—También me dijo algo que no puedo olvidar.

—¿Qué?

Yan Zhi respiró profundamente.

—Que durante años te miró y se preguntó por qué hacías tanto por mí.

Bajó la mirada.

—Y ahora entiende que yo había confundido tu amor con obligación.

No respondí.

Porque aquella frase era exactamente lo que yo había descubierto.

—¿Todavía me amas? —preguntó.

La pregunta quedó suspendida entre nosotros.

Pensé en los dieciocho años.

En nuestro primer cumpleaños juntos.

En las promesas.

En los pasteles.

En todos los mensajes enviados a medianoche.

—Una parte de mí siempre te amará.

Sus ojos se llenaron de esperanza.

Pero levanté una mano.

—Eso no significa que quiera volver.

La esperanza desapareció.

—Entiendo.

—No creo que seas una persona horrible, Yan Zhi.

—Entonces, ¿qué soy?

—Una persona que tuvo algo bueno y dejó de cuidarlo.

Él asintió lentamente.

—Lo siento.

Esta vez le creí.

Pero el perdón no cambió mi decisión.

A la mañana siguiente fui al aeropuerto.

No hubo despedida dramática.

No hubo persecución.

Solo llevé una maleta, una computadora y una pequeña fotografía de mis padres.

Antes de subir al avión, recibí un último mensaje de Yan Zhi.

—Feliz cumpleaños atrasado.

Miré la pantalla.

Habían pasado siete días.

Sonreí.

No porque hubiera dejado de doler.

Sino porque ya no necesitaba esa felicitación para sentir que mi cumpleaños había valido la pena.

Apagué el teléfono.

Tres años después, mi vida era completamente diferente.

Había dirigido un nuevo equipo internacional, comprado un pequeño departamento cerca del río y viajado a lugares que jamás había imaginado visitar.

Una tarde recibí una carta.

Era de Yan Zhi.

No hablaba de volver.

No pedía otra oportunidad.

Solo decía:

—Ahora entiendo por qué te fuiste. Durante demasiado tiempo pensé que estarías ahí sin importar cuánto te ignorara. Me equivoqué.

Doblé la carta.

La guardé.

No necesitaba quemarla.

Tampoco necesitaba responder.

Porque había aprendido algo mucho más importante.

A veces el final de una relación no llega cuando dejas de amar a alguien.

Llega cuando finalmente comienzas a amarte lo suficiente como para dejar de aceptar migajas.

Y el día que cumplí treinta años, Yan Zhi pensó que había olvidado mi cumpleaños.

En realidad, aquella noche fui yo quien recordó algo mucho más importante:

mi vida también era mía.

Y por primera vez desde los dieciocho años, no esperé a que nadie me eligiera.

Me elegí a mí misma.

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