PARTE 2: ME FUI SIN DECIRLE A LU CHENZHOU ADIÓS, PERO AL LLEGAR A WANZHOU DESCUBRÍ QUE ÉL HABÍA OCULTADO LA VERDAD DURANTE CINCO AÑOS

El tren atravesaba la noche cuando desperté de repente.

No sabía cuánto tiempo había dormido.

Afuera, la lluvia golpeaba el cristal y las luces de las ciudades pasaban como pequeñas estrellas borrosas.

Por primera vez en cinco años, nadie sabía dónde estaba.

Y aquella sensación me produjo una libertad casi desconocida.

Entonces mi teléfono vibró.

Lo había apagado antes de subir al tren.

Ahora aparecía una llamada perdida.

Lu Chenzhou.

Miré la pantalla durante varios segundos.

No devolví la llamada.

Después llegó un mensaje.

—¿Dónde estás?

Lo borré.

Otro apareció inmediatamente.

—¿Por qué te fuiste sin decirme nada?

También lo borré.

El tercero me hizo detenerme.

—¿Te llevaste el colgante de tu madre?

Sentí que el corazón se me aceleraba.

¿Cómo sabía que lo tenía?

Durante cinco años, aquel colgante había permanecido guardado en una caja que nadie tocaba.

Escribí:

—Sí.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

—Entonces todavía tienes la única cosa que puede demostrar la verdad.

Me quedé mirando la pantalla.

La verdad.

¿Qué verdad?

Antes de poder preguntar, el teléfono volvió a sonar.

Era el mayordomo de la familia Lu.

Contesté.

—Señora…

Su voz temblaba.

—No debería haberla llamado, pero el joven señor regresó antes de tiempo.

—¿Cuándo?

—Hace veinte minutos.

Me quedé en silencio.

—¿Está en la mansión?

—Sí.

—¿Preguntó por mí?

El anciano respiró profundamente.

—Está buscando su habitación.

Cerré los ojos.

—Ya no estoy allí.

—Lo sé.

—Entonces no tiene sentido buscarme.

Hubo una pausa.

—Señora Lin…

—¿Sí?

—El joven señor encontró algo en su escritorio.

—¿Qué?

—Una fotografía antigua.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué fotografía?

—Una fotografía de usted y su madre.

La llamada terminó.

No dormí durante el resto del viaje.

A las nueve de la noche, el tren llegó a Wanzhou.

Bajé con mi pequeña maleta.

El aire era húmedo y cálido.

Nadie me esperaba en el andén.

Durante unos minutos pensé que finalmente estaría completamente sola.

Entonces una mujer de unos cincuenta años se acercó.

—¿Lin Wan?

Asentí.

—Sí.

Ella sonrió.

—Su madre me pidió que la cuidara si algún día decidía marcharse de Haicheng.

Me quedé paralizada.

—¿Mi madre?

La mujer asintió.

—Me llamo Zhou Mei.

Sacó una vieja fotografía.

Era mi madre.

La reconocí inmediatamente.

—¿Cómo la conoció?

—Trabajamos juntas hace muchos años.

Me llevó hasta un automóvil.

Durante el trayecto, no dejé de mirar la fotografía.

—¿Por qué nunca me habló de usted?

Zhou Mei suspiró.

—Porque tu madre sabía que la familia Lu podía descubrirlo.

—¿Descubrir qué?

No respondió.

Solo dijo:

—Primero debes descansar.

La casa donde me llevó era pequeña.

Tenía un jardín lleno de jazmines.

Cuando abrí la puerta, me quedé sin palabras.

Había libros.

Fotografías.

Una máquina de escribir.

Y sobre una mesa, una caja de madera.

Zhou Mei la colocó frente a mí.

—Esto es tuyo.

Abrí la tapa.

Dentro había cartas.

Todas escritas por mi madre.

La primera tenía una fecha de seis años atrás.

Antes de que yo llegara a Haicheng.

La leí con las manos temblorosas.

Mi madre explicaba que había trabajado durante años para una empresa vinculada a la familia Lu.

Había descubierto movimientos financieros sospechosos.

Antes de poder denunciarlos, enfermó.

Pero no había confiado el secreto a la persona que yo esperaba.

Lo había dejado preparado para mí.

Entonces llegué a una página que me hizo detener la respiración.

El matrimonio con Lu Chenzhou no había sido una casualidad.

Mi madre conocía al abuelo de Lu.

Y él había elegido personalmente a su nieto para protegerme.

No para controlarme.

Para mantenerme lejos de las personas que habían intentado silenciarla.

Pero ¿por qué nunca me lo dijeron?

La siguiente carta contenía la respuesta.

Mi madre había pedido que nadie me contara nada hasta que cumpliera treinta años.

—Si mi hija algún día decide abandonar a la familia Lu —había escrito—, significa que finalmente está preparada para conocer toda la historia.

Las lágrimas comenzaron a caer.

Yo había pasado cinco años creyendo que había desperdiciado mi vida.

Y ahora descubría que mi matrimonio había estado construido sobre secretos que ni siquiera conocía.

Pero había algo todavía más extraño.

Un documento firmado por Lu Chenzhou.

La fecha era de cinco años atrás.

El día antes de nuestra boda.

Lo leí.

Él se comprometía a proteger mis bienes, mantener intacta la herencia de mi madre y nunca obligarme a permanecer a su lado.

Si algún día quería marcharme, debía dejarme ir.

Me quedé inmóvil.

Entonces entendí.

Lu Chenzhou nunca había sido el hombre que yo creía.

O al menos no completamente.

Pero aquello no borraba cinco años de silencio.

Al día siguiente regresé a la casa de Zhou Mei.

Lu Chenzhou estaba esperándome afuera.

No había guardaespaldas.

No había automóvil de lujo.

Solo él.

Con una camisa blanca arrugada y ojeras que nunca le había visto.

Me quedé en la entrada.

—¿Cómo me encontraste?

—Tu madre dejó una ruta de emergencia.

—¿Sabías de esto?

—Sabía una parte.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de nuestra boda.

Sentí que la rabia me subía al pecho.

—Entonces me mentiste durante cinco años.

—Sí.

Su respuesta fue tan directa que me dejó sin palabras.

—¿Por qué?

—Porque tu madre me pidió que esperara.

—¿Y nunca pensaste que yo tenía derecho a saber?

—Todos los días.

Lo miré.

—Entonces, ¿por qué aceptaste el divorcio tan fácilmente?

Lu bajó la mirada.

—Porque pensé que me odiabas.

—¿Y no me odiabas tú?

—Nunca.

Aquella palabra quedó entre nosotros.

Pero yo no estaba preparada para perdonarlo.

—No puedes aparecer aquí y decirme que todo fue por mi bien.

—No vine a pedirte que vuelvas.

Sacó un sobre.

—Vine a darte esto.

Dentro había una copia del informe que mi madre había investigado años atrás.

Y había algo más.

Una firma.

La firma de mi suegro.

—¿Qué es esto?

—El hombre que intentó destruir a tu madre no era alguien externo.

Levanté la mirada.

Lu continuó:

—Era mi propio tío.

Sentí un frío repentino.

—¿Qué?

—Tu madre descubrió que él estaba desviando fondos de varias empresas familiares. Cuando intentó denunciarlo, él utilizó sus contactos para destruir su reputación.

—¿Y mi familia?

—Tu madre sabía que no podría protegerte sola.

Por eso recurrió a mi abuelo.

Comprendí entonces por qué aquel matrimonio había ocurrido.

No había sido una simple alianza.

Había sido una protección.

Pero Lu había llevado aquella promesa demasiado lejos.

—¿Por qué me trataste como una extraña?

Su rostro cambió.

—Porque si te contaba la verdad, sabía que intentarías investigarlo.

—¿Y eso era malo?

—Era peligroso.

Me reí amargamente.

—Soy investigadora. ¿De verdad pensaste que podía vivir cinco años sin hacer preguntas?

Por primera vez sonrió.

—No.

—Entonces no me conocías.

—Eso es lo que más lamento.

Hubo un largo silencio.

Finalmente dije:

—Nuestro divorcio sigue siendo válido.

Lu asintió.

—Lo sé.

—No voy a regresar a Haicheng.

—Lo sé.

—Y no quiero que me sigas.

—No lo haré.

Me sorprendió.

—¿Eso es todo?

Lu me miró.

—No.

Sacó otra carpeta.

—Hay algo que todavía debes decidir.

Dentro estaba la documentación para transferirme oficialmente las acciones y propiedades que mi madre había dejado bajo protección de la familia Lu.

Nunca habían pertenecido realmente a ellos.

Habían estado esperando por mí.

Aquello incluía una pequeña propiedad en Wanzhou.

La casa donde había crecido mi madre.

La misma que ahora tenía delante.

Miré a Zhou Mei.

Ella sonrió.

—Tu madre siempre dijo que algún día volverías.

Me senté en los escalones.

Durante cinco años había vivido en una casa enorme.

Pero nunca había sentido que perteneciera allí.

Ahora estaba sentada frente a una casa pequeña, rodeada de jazmines, y por primera vez sentí que había llegado a algún sitio.

Lu dio un paso atrás.

—Me iré.

Lo miré.

—Chenzhou.

Se detuvo.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme.

—Sí.

Respiré profundamente.

—Gracias por dejarme elegir.

Él sonrió con tristeza.

—Siempre debiste haber podido hacerlo.

Se marchó.

No lo detuve.

Pasaron tres meses.

Abrí una pequeña librería junto al río.

Después comencé a trabajar con una organización que ayudaba a personas que habían perdido sus bienes por fraudes familiares.

Mi vida dejó de girar alrededor de la familia Lu.

Empecé a cocinar.

A caminar.

A viajar.

A comprar flores simplemente porque me gustaban.

Y cada primavera plantaba jazmines junto a la ventana.

Una tarde recibí una carta.

Era de Lu Chenzhou.

Solo decía:

—No espero una respuesta. Solo quería que supieras que finalmente entendí algo.

Abrí la segunda página.

—Proteger a alguien sin permitirle conocer la verdad también puede convertirse en una forma de encerrarlo.

Me quedé mirando aquellas palabras durante mucho tiempo.

Luego sonreí.

No porque quisiera regresar.

Sino porque finalmente ambos habíamos aprendido algo.

Mi divorcio no había sido el final de mi vida.

Había sido el momento en que recuperé mi propia vida.

Y un año después, cuando cerré la librería al anochecer, encontré un pequeño sobre bajo la puerta.

Dentro había una fotografía.

Yo y mi madre.

En el reverso había una frase escrita con la letra de Lu:

“Esta vez, no voy a decidir por ti. Si alguna vez quieres verme, sabrás dónde encontrarme.”

Guardé la fotografía.

No fui a buscarlo esa noche.

Tampoco al día siguiente.

Pero una semana después, tomé una flor de jazmín del jardín.

Subí al tren.

No porque alguien me hubiera pedido regresar.

No porque una familia rica necesitara que cumpliera un papel.

Y mucho menos porque todavía estuviera obligada a ser la esposa de alguien.

Fui porque, después de cinco años viviendo según las decisiones de otros, finalmente podía elegir por mí misma.

Cuando el tren comenzó a moverse, miré por la ventana y sonreí.

Por primera vez, mi destino no estaba escrito en ningún contrato.

Lo estaba escribiendo yo.

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