Mia se inclinó hacia él.
—Tú eres el dueño del restaurante.
El hombre dejó lentamente la taza sobre la mesa.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Después se quitó la gorra.
—¿Cómo lo supiste?
Mia señaló sus manos.
—No tienes manos de alguien que viene aquí a comer. Tienes las manos de alguien que firma contratos todo el día. Además, vi tu fotografía en la oficina del gerente.
El hombre sonrió.
—Entonces sabes quién soy.
—Ethan Cole.
El director ejecutivo de Cole Dining Group.

El dueño del restaurante.
Y, según los empleados, un hombre que jamás aparecía sin avisar.
—No quería que nadie supiera que estaba aquí —admitió.
Mia volvió a mirar hacia la cocina.
—¿Por qué?
Ethan bajó la voz.
—Quería saber cómo trataban a los clientes cuando yo no estaba. Y cómo trataban a los empleados cuando pensaban que nadie importante los observaba.
Mia soltó una pequeña risa.
—Entonces ya tienes tu respuesta.
Ethan miró hacia el gerente.
El mismo hombre que le había gritado delante de todos.
—Sí.
Una hora después, Ethan pidió hablar con todo el personal.
El gerente apareció nervioso.
—¿Ocurrió algo, señor?
Ethan se levantó.
—Sí.
Se quitó la chaqueta vieja.
—Esta noche aprendí más sobre mi restaurante que durante los últimos tres años.
El gerente palideció.
—No entiendo.
Ethan miró a Mia.
—Yo sí.
Entonces señaló la mesa siete.
—Esa camarera atendió seis mesas al mismo tiempo, ayudó a un anciano, limpió un derrame y todavía encontró tiempo para preparar mi café.
El gerente tragó saliva.
—Ella suele ser lenta.
Mia bajó la mirada.
Ethan respondió:
—No. Usted es quien está haciendo lento este restaurante.
El silencio fue absoluto.
Pero Ethan todavía no había terminado.
Sacó su teléfono.
—Revisé las cámaras durante mi visita.
El gerente dejó de respirar.
—También revisé los informes de inventario.
Pausa.
—Y encontré algo interesante.
El gerente retrocedió.
—¿Qué cosa?
Ethan abrió una carpeta.
—Durante ocho meses, las cifras de propinas no coinciden con los registros.
Mia levantó la cabeza.
El gerente se quedó completamente inmóvil.
—Eso es imposible.
—No.
Ethan sonrió.
—Lo imposible es que pensaras que nadie lo descubriría.
La investigación comenzó esa misma noche.
Descubrieron que el gerente había estado reteniendo parte de las propinas del personal y modificando horarios para ocultarlo.
Ethan lo despidió.
Pero luego miró a Mia.
—¿Cuánto necesitas para el tratamiento de tu madre?
Ella se quedó paralizada.
—No puedo aceptar dinero.
—No te estoy regalando nada.
Le entregó una tarjeta.
—Te estoy ofreciendo el puesto de supervisora del nuevo restaurante que abriremos el próximo mes.
Mia abrió los ojos.
—¿Yo?
—Tú viste lo que todos los demás ignoraron.
Sonrió.
—Y además haces buen café.
Por primera vez en mucho tiempo, Mia sonrió sin esconder el cansancio.
Pero cuando guardó la tarjeta, Ethan añadió algo que hizo que su expresión cambiara.
—Y hay una cosa más.
—¿Qué?
Ethan sacó una fotografía.
Era una imagen antigua de su madre.
—Creo que conozco al médico que puede ayudarla.
Mia miró la fotografía.
Y palideció.
Porque reconoció al hombre que aparecía junto a Ethan.
Era el médico que había declarado que el tratamiento de su madre ya no tenía ninguna posibilidad.