PARTE 2: ME FUI CON MIS DOS HIJOS Y DIEZ MIL MILLONES, SIN SABER QUE EL DINERO QUE ÉL ME DIO ESCONDÍA LA VERDAD QUE CAMBIARÍA TODO

El mensaje de Chu Nghiễn Bạch apareció en mi pantalla.

¿Por qué le diste “Me gusta” a esa publicación?

Lo miré unos segundos.

—Porque era verdad.

No respondió.

Cinco minutos después llegó otro mensaje.

¿Los niños están bien?

Aquella pregunta me hizo detener el dedo.

Durante tres años, nunca me había preguntado eso.

—Sí.

Esta vez su respuesta llegó inmediatamente.

¿Y tú?

Apagué el teléfono.

No quería saber por qué, después de tres años, finalmente parecía importarle.

A la mañana siguiente recibí una llamada desconocida.

—¿Señorita Khương?

—Sí.

—Soy el abogado personal de la familia Chu. Necesito entregarle unos documentos.

—Ya firmé el acuerdo.

—No se trata del divorcio.

Fruncí el ceño.

—Entonces, ¿de qué se trata?

Hubo un breve silencio.

—De sus hijos.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

El abogado llegó al hotel esa misma tarde.

Puso una carpeta sobre la mesa.

—El director general Chu quiere transferir a su nombre un fideicomiso.

—No necesito más dinero.

—No es dinero.

Abrí la carpeta.

Dentro había documentos de nacimiento, informes médicos y una copia de un antiguo acuerdo firmado tres años atrás.

Leí la primera página.

Mi rostro cambió.

—¿Qué es esto?

El abogado respondió lentamente:

—Antes de que usted conociera al director general Chu, la familia Chu recibió una amenaza relacionada con la herencia.

Seguí leyendo.

El acuerdo establecía que cualquier mujer que diera a luz a los hijos del heredero recibiría una compensación y quedaría protegida legalmente.

Pero había una cláusula que nunca me habían mostrado.

Si Chu Nghiễn Bạch se separaba de la madre de sus hijos, debía transferirle el control de un fondo familiar destinado exclusivamente a ella y a los niños.

Los diez mil millones no eran una indemnización.

Eran apenas una pequeña parte.

—¿Por qué nunca me lo dijeron?

El abogado bajó la mirada.

—Porque su abuela ordenó ocultárselo.

Entonces entendí.

No había sido simplemente una mujer contratada para darle hijos.

Había sido protegida en secreto.

Y Chu Nghiễn Bạch lo sabía.

—¿Por qué me dio los diez mil millones?

El abogado respiró profundamente.

—Porque pensó que, si le ofrecía una cantidad suficientemente grande, usted aceptaría irse sin preguntar.

Me quedé en silencio.

—¿Y ahora?

—Ahora está arrepentido.

Solté una pequeña risa.

—El arrepentimiento llega demasiado tarde.

El abogado sacó otra hoja.

—Hay algo más.

La firma de Chu Nghiễn Bạch aparecía al pie.

—Hace tres años, él renunció voluntariamente a una parte importante de sus derechos sobre la empresa para garantizar el futuro de sus hijos.

Miré la firma durante mucho tiempo.

Entonces pregunté:

—¿Por qué nunca me dijo nada?

El abogado respondió:

—Porque pensaba que usted solo se había quedado por dinero.

Aquella noche, mi teléfono volvió a sonar.

Era él.

Contesté.

—¿Qué quieres?

Su voz permaneció en silencio durante varios segundos.

—Quiero pedirte perdón.

—No basta.

—Lo sé.

—Tus hijos crecieron pensando que solo eran parte de tu apellido.

—Lo sé.

—Y yo crecí pensando que para ti nunca fui suficiente.

Su respiración tembló.

—Khương Vãn…

—¿Sí?

—Te amaba.

Cerré los ojos.

Aquellas palabras que había esperado durante tres años ya no podían cambiar nada.

—Tal vez me amabas —respondí—. Pero nunca supiste cómo tratarme como alguien que también tenía derecho a elegir.

Silencio.

—¿Puedo ver a los niños?

Miré a mi hijo jugando en la habitación contigua y a mi hija dormida.

—Sí.

—¿Cuándo?

Pensé unos segundos.

—Cuando vengas sin abogados, sin contratos y sin dinero.

Su voz salió casi como un susurro.

—De acuerdo.

Dos días después, Chu Nghiễn Bạch llegó a Sanya.

Solo.

Sin asistentes.

Sin escoltas.

Se quedó frente a la puerta del hotel con las manos vacías.

Mi hijo fue el primero en verlo.

—¿Papá?

Chu Nghiễn Bạch se quedó inmóvil.

Después se agachó lentamente.

—Sí.

El niño corrió hacia él.

Y por primera vez vi a aquel hombre poderoso romperse por completo.

Lo abrazó con fuerza mientras las lágrimas caían silenciosamente sobre su cabello.

Mi hija despertó poco después.

Chu Nghiễn Bạch la tomó en brazos con una torpeza casi tierna.

La miró durante mucho tiempo.

—Es igual a ti.

No respondí.

Él levantó los ojos.

—Quiero hacerlo bien esta vez.

—Entonces empieza por una cosa.

—¿Cuál?

—No vuelvas a decidir por nosotros.

Asintió.

Y esa fue la primera promesa que cumplió.

No regresé inmediatamente a la mansión.

Tampoco gasté los diez mil millones.

Compré una casa pequeña junto al mar y empecé una nueva vida con mis hijos.

Chu Nghiễn Bạch comenzó a visitarnos cada semana.

No para comprar nuestro perdón.

No para obligarme a regresar.

Simplemente para aprender a ser padre.

Y con el tiempo comprendí que aquella separación no había sido el final.

Había sido la primera vez que ambos tuvimos la oportunidad de elegirnos libremente.

**Él me había dado diez mil millones para que desapareciera.

Sin saber que, al dejarme ir, finalmente me había dado algo mucho más valioso: la posibilidad de volver solo si alguna vez quería hacerlo.**

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