PARTE 2: EL OBJETO BAJO EL POZO REVELÓ LA VERDAD DE VALERIA

Mateo hundió la mano en el lodo y sacó una pulsera de plata.

Valeria dejó escapar un gemido.

La joya estaba cubierta de tierra, pero todavía podía leerse un nombre grabado en su interior:

Claudia.

—¿Dónde está mi hermana? —preguntó Mateo.

Su voz ya no contenía ironía.

Solo una furia fría y peligrosa.

Claudia había desaparecido un año atrás, después de visitar la mansión durante una noche de tormenta. La policía creyó que había abandonado la ciudad voluntariamente.

Mateo jamás aceptó aquella explicación.

Valeria miró hacia la casa, comprobando que los mellizos no pudieran escucharla.

—No es lo que estás pensando.

—Entonces dime por qué su pulsera estaba enterrada junto al pozo.

Mateo comenzó a retirar las piedras debilitadas por el agua.

Valeria corrió hacia él.

—¡No sigas excavando!

Mateo la apartó y encontró una caja metálica escondida bajo una capa de cemento.

Dentro había un teléfono, varias fotografías y una camisa manchada.

Reconoció inmediatamente el teléfono de Claudia.

—Tú sabías lo que ocurrió —dijo, mirando a su esposa con horror.

Valeria rompió a llorar.

—Sí, pero intentaba proteger a nuestros hijos.

En el dispositivo había un video grabado la noche de la desaparición.

Las imágenes mostraban a Claudia discutiendo con una mujer junto al pozo.

Aquella mujer no era Valeria.

Era su madre, doña Mercedes.

—Claudia descubrió que mi madre cambiaba tus medicamentos —confesó Valeria—. Quería mantenerte enfermo para controlar tus empresas mediante poderes notariales.

Mateo sintió que le faltaba el aire.

En la grabación, Mercedes empujaba a Claudia durante la discusión. La joven caía al suelo y se golpeaba contra el borde de piedra.

Valeria aparecía segundos después.

Intentaba despertarla, pero Claudia ya no respondía.

—¿Por qué no llamaste a la policía? —preguntó Mateo.

—Mi madre amenazó con hacerles daño a los mellizos. Me obligó a ocultar las pruebas y me aseguró que se había llevado el cuerpo.

Mateo abrió la caja por completo.

No había restos humanos.

Solo documentos que demostraban el fraude de Mercedes.

Entonces escucharon un aplauso lento detrás de ellos.

Doña Mercedes estaba en la puerta de la casa.

Sostenía a uno de los mellizos del brazo.

—Siempre fuiste demasiado débil para guardar un secreto, Valeria.

Mateo avanzó hacia ella.

—Suelta a mi hijo.

Mercedes sonrió.

—Primero entrégame el teléfono.

Antes de que pudiera acercarse, varias sirenas comenzaron a escucharse en la entrada de la mansión.

El otro mellizo había llamado a emergencias desde la habitación.

Mercedes intentó huir, pero los agentes rodearon la propiedad.

Valeria entregó el video y los documentos.

—¿Dónde está Claudia? —exigió Mateo mientras esposaban a su suegra.

Mercedes soltó una carcajada.

—Nunca estuvo enterrada en este jardín.

Aquella misma noche, la policía encontró un recibo médico dentro de la caja.

Pertenecía a una clínica privada situada al otro lado del país.

Claudia había ingresado allí inconsciente un día después de su desaparición.

Seguía viva.

Pero cuando Mateo llamó a la clínica, una enfermera le dio una noticia todavía más inquietante:

—La paciente despertó esta mañana y escapó. Antes de marcharse dejó un mensaje para usted.

Mateo pidió que se lo leyera.

La enfermera respiró profundamente.

—Dijo: “No confíes en Valeria. Ella llegó al jardín antes que su madre”.

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