PARTE 2: EL OLOR A QUEMADO REVELÓ LA TRAMPA DE DOÑA MERCEDES

Esa misma noche, Elena despertó sobresaltada por un fuerte olor a quemado.

El humo entraba por debajo de la puerta del dormitorio.

—Mateo, despierta —susurró mientras lo sacudía con desesperación.

Ambos salieron al pasillo y descubrieron que la cocina estaba envuelta en una densa nube negra.

Las llamas subían desde la despensa hacia las vigas de madera del techo.

—¡Hay que sacar a todos de la casa! —gritó Mateo.

Los sirvientes corrieron hacia el jardín mientras él intentaba controlar el fuego con un extintor.

Elena se dirigió a la habitación de Doña Mercedes.

La puerta estaba abierta.

La cama se encontraba vacía.

Sobre la mesa había una fotografía antigua y una carta dirigida a Mateo.

Elena tomó ambas cosas antes de salir.

Los bomberos llegaron minutos después y consiguieron evitar que el incendio destruyera toda la mansión.

Doña Mercedes apareció entonces junto a la entrada principal, cubierta con una elegante bata y fingiendo estar aterrorizada.

—¡Elena incendió mi casa! —gritó frente a todos—. La vi entrar en la cocina antes de que comenzaran las llamas.

Elena quedó paralizada.

—Eso es mentira. Yo estaba durmiendo con Mateo.

—La cocinera puede confirmar que fuiste la última persona en utilizar los fogones.

Todas las miradas se dirigieron hacia una empleada anciana.

La mujer bajó la cabeza.

—La señora Elena estuvo preparando una infusión poco antes de medianoche.

Mateo miró a su esposa con confusión.

—¿Volviste a la cocina?

—Sí, pero apagué todo antes de subir.

Uno de los bomberos salió de la despensa con una botella metálica.

—El incendio no fue accidental. Alguien vertió combustible cerca de los muebles.

Doña Mercedes señaló a Elena.

—Registren su habitación. Encontrarán el resto allí.

Los agentes revisaron el dormitorio.

Dentro del armario apareció otra botella del mismo líquido.

Elena comenzó a temblar.

—Yo nunca había visto eso.

Mateo apretó los dientes.

Las pruebas parecían haber sido colocadas cuidadosamente para culparla.

Entonces Elena recordó la carta que había encontrado en la habitación de su suegra.

La abrió frente a todos.

Estaba escrita con la letra de una mujer llamada Isabel Montes.

En ella aseguraba haber tenido una hija con el difunto patriarca de los Valenzuela.

Aquella niña había sido expulsada de la familia junto a su madre para proteger la reputación del linaje.

La fotografía mostraba a Isabel sosteniendo a una bebé.

En el reverso aparecía escrito un nombre.

Elena.

—Esto es imposible —murmuró Mateo.

Doña Mercedes perdió de inmediato su expresión de víctima.

Elena comprendió por qué la matriarca la había odiado desde el primer día.

Ella no era una desconocida que se había casado con un Valenzuela.

Era la hija secreta del padre de Mateo.

—¿Somos hermanos? —preguntó Elena con la voz quebrada.

—No —respondió Doña Mercedes con frialdad—. Mateo no es hijo de mi esposo.

El silencio se volvió insoportable.

Mercedes confesó que, después de descubrir la infidelidad de su marido, había ocultado su propio embarazo y presentado como heredero al hijo de otro hombre.

Si Elena demostraba su identidad, se convertiría en la única descendiente biológica del patriarca y recibiría la mayor parte de la fortuna.

—Por eso querías culparme del incendio —dijo Elena—. Para enviarme a prisión antes de que pudiera reclamar la herencia.

Mateo miró a su madre con horror.

—¿Tú provocaste el fuego?

Mercedes sonrió con amargura.

—Era la única forma de proteger lo que construí durante tantos años.

La cocinera comenzó a llorar.

—Perdóneme, señora Elena. Doña Mercedes me pagó para mentir.

Los agentes se acercaron a la matriarca.

Antes de ser esposada, Mercedes miró fijamente a Mateo.

—Todavía no entiendes nada. El hombre que realmente provocó el incendio sigue dentro de esta familia.

En ese momento, uno de los bomberos encontró una cámara escondida sobre la puerta de la despensa.

Las imágenes mostraban a una figura vertiendo el combustible.

No era Doña Mercedes.

Era el abogado personal de Mateo.

Y antes de encender el fuego, había hablado por teléfono con alguien cuyo nombre apareció claramente en la pantalla:

Mateo Valenzuela.

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