Parte 2: LA MUJER QUE HIZO QUE DOMINIC ROSSI QUISIERA VIVIR

Sus ojos se abrieron por completo.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Dominic Rossi me observó como si acabara de cometer el error más grave de mi vida.

—¿Qué dijiste?

—No.

Su mandíbula se tensó.

—Todas las enfermeras anteriores entendieron esa palabra.

—Entonces supongo que yo soy la primera que no tiene intención de entenderla.

Intentó incorporarse.

El movimiento le arrancó un gesto de dolor.

La sábana se oscureció todavía más bajo su hombro.

Me acerqué de inmediato.

—No te muevas.

—No me des órdenes.

—Entonces deja de sangrar.

Se quedó inmóvil.

Abrí mi bolsa y saqué guantes, gasas, solución antiséptica y unas tijeras.

Dominic miró los instrumentos.

—¿Quién te dijo que podías tocarme?

—Nadie.

—Entonces sal.

—No.

Sus ojos se endurecieron.

—No sabes quién soy.

—Sé quién eres.

Me acerqué a la cama.

—Y también sé lo que te está pasando.

Él soltó una risa seca.

—¿Ah, sí?

—Tienes fiebre. La herida está infectada. El vendaje está empapado y llevas demasiado tiempo perdiendo sangre.

Me miró fijamente.

—¿Y?

—Y si continúas así, podrías morir.

—Ese es el objetivo.

Me detuve.

Aquello no sonaba como una amenaza.

Sonaba como una confesión.

—¿Quieres morir?

—Quiero que todos dejen de intentar salvarme.

Bajé lentamente las tijeras.

—No es lo mismo.

Por primera vez, algo cambió en su rostro.

No fue miedo.

Fue cansancio.

Un cansancio tan profundo que durante un instante dejó de parecer el hombre poderoso del que todos hablaban.

Parecía simplemente un hombre que ya no sabía cuánto tiempo más podía soportar.

—Haz tu trabajo —murmuró finalmente.

—Eso pensaba hacer.

Corté cuidadosamente el vendaje.

Cuando retiré la última capa, vi la herida.

La bala había entrado por debajo de la clavícula y había dejado una lesión profunda alrededor del hombro. La zona estaba inflamada y roja.

Fruncí el ceño.

—¿Cuándo fue la última vez que un médico te revisó?

—Hace cuatro días.

—¿Y desde entonces?

—Nada.

—¿Antibióticos?

Silencio.

Lo miré.

—Dominic.

—No.

—¿Analgésicos?

—No.

—¿Líquidos?

—No.

Cerré los ojos durante un segundo.

—¿Quieres morir o simplemente estás intentando hacerlo difícil?

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Quizá ambas.

—Perfecto. Entonces tenemos mucho trabajo.


Durante las siguientes dos horas, Dominic no volvió a discutir.

No porque confiara en mí.

Porque estaba demasiado débil.

Le bajé la fiebre, limpié la herida y controlé el sangrado mientras Leo conseguía medicamentos y contactaba a un médico de confianza.

Pero había algo extraño.

Cada vez que Dominic comenzaba a quedarse dormido, despertaba sobresaltado.

Como si incluso inconsciente esperara que alguien lo atacara.

A las tres de la madrugada, mientras cambiaba el vendaje, sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Mientes.

—Estoy cambiando la gasa.

—No.

Sus ojos estaban entrecerrados.

—Antes de que llegaras, alguien estuvo aquí.

Me quedé quieta.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Una enfermera?

—No.

Su respiración se volvió pesada.

—Alguien entró mientras dormía.

Sentí un escalofrío.

—¿Lo viste?

—No.

—¿Cómo sabes que alguien entró?

Dominic miró hacia la puerta.

—Porque cuando desperté, mi arma estaba debajo de la almohada.

—¿Y dónde estaba antes?

—En el cajón.

Lo miré.

—¿Estás seguro?

—Nunca olvido dónde dejo un arma.

Aquello cambió todo.

Me puse de pie.

—Voy a llamar a Leo.

Dominic me sujetó nuevamente.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no sé en quién confiar.

—¿Ni siquiera en Leo?

No respondió.

Y entonces comprendí algo.

Dominic Rossi no estaba encerrado en aquella habitación porque quisiera aislarse. Estaba encerrado porque tenía miedo de que alguien dentro de su propia casa intentara matarlo.


A la mañana siguiente llegó el médico.

Después de examinar la herida, su rostro se volvió grave.

—La infección ha avanzado más de lo que esperaba.

—¿Puede tratarse aquí? —pregunté.

El médico miró a Dominic.

—Necesita cirugía.

Dominic negó.

—No.

—Señor Rossi…

—He dicho que no.

—Si no opera, la infección puede extenderse.

Dominic lo miró con frialdad.

—Entonces déjala.

El médico se volvió hacia mí.

Yo entendí inmediatamente.

—Salga un momento.

El médico obedeció.

Me acerqué a Dominic.

—¿Por qué?

—Porque no quiero estar indefenso.

—Ya estás indefenso.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—No.

—Sí.

Señalé su hombro.

—Llevas días sin comer bien, tienes fiebre y apenas puedes levantarte. Eso no es control.

Me acerqué un poco más.

—Eso es miedo.

La habitación quedó en silencio.

Dominic bajó la mirada.

—La última vez que estuve en un hospital, mataron a mi hermano.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué?

—Tenía veintidós años.

Sus dedos se cerraron sobre la sábana.

—Entró por una herida de bala. Dijeron que estaba estable. Dos horas después estaba muerto.

—¿Qué pasó?

—Alguien pagó para que no saliera vivo.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Y crees que alguien aquí está haciendo lo mismo?

—No lo creo.

Me miró.

—Lo sé.


Aceptó la cirugía esa tarde.

Pero puso una condición.

—Tú te quedas.

Lo miré.

—No soy cirujana.

—Pero eres la única persona en esta casa en la que confío.

Aquellas palabras me sorprendieron más de lo que quería admitir.

—Ni siquiera me conoces.

—Por eso confío en ti.

No entendí la lógica.

Pero acepté.

La operación duró casi tres horas.

Cuando finalmente salió, Dominic estaba pálido, sedado y conectado a varios monitores.

Me senté junto a la cama.

No sé cuánto tiempo permanecí allí.

Hasta que escuché una voz detrás de mí.

—Señorita Hayes.

Era Leo.

Me giré.

—¿Sí?

Su expresión era extraña.

—Necesito que vea algo.

Lo seguí hasta el pasillo.

Entramos en una pequeña habitación de seguridad.

Leo encendió una pantalla.

—Revisé las cámaras de anoche.

La grabación mostró un hombre entrando en la suite.

Llevaba uniforme de personal.

Me acerqué a la pantalla.

—¿Quién es?

Leo no respondió.

La imagen se amplió.

Reconocí el rostro.

Era el médico que había atendido a Dominic cuatro días antes.

El mismo que había asegurado que la herida estaba evolucionando bien.

—No puede ser.

Leo cambió de cámara.

El hombre entraba en la habitación.

Miraba alrededor.

Se acercaba a la cama.

Y colocaba algo debajo de la almohada.

El arma.

Sentí que el cuerpo se me enfriaba.

—¿Por qué haría eso?

Leo apretó la mandíbula.

—Porque quería que Dominic despertara creyendo que alguien de la casa intentaba matarlo.

—¿Para qué?

Leo me miró.

—Para que Dominic desconfiara de todos.

—¿Y después?

—Para que muriera sin que nadie se preguntara demasiado.


Pero ese no fue el peor descubrimiento.

Esa misma noche, Dominic despertó.

Le conté lo que habíamos encontrado.

Esperaba que se enfureciera.

En cambio, permaneció completamente tranquilo.

—Ya lo sabía.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Sabía que ese médico estaba involucrado.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de contratarte.

Me quedé mirándolo.

—Entonces ¿por qué no hiciste nada?

—Porque necesitaba saber quién estaba detrás de él.

—¿Y ahora lo sabes?

Dominic asintió.

—Mi tío.

Sentí que la habitación se hacía más pequeña.

—¿Tu propio tío?

—Quiere tomar el control de la organización.

—¿Y para eso intentó matarte?

—No directamente.

Dominic respiró lentamente.

—Primero quería hacerme parecer incapaz de dirigirla.

Entonces comprendí el verdadero plan.

El aislamiento.

La infección.

Las falsas amenazas.

Las enfermeras expulsadas.

Todo había sido diseñado para hacer que Dominic pareciera inestable y paranoico.

Y yo había llegado justo en medio de ello.

—¿Por qué me contrataron a mí?

Dominic guardó silencio.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—Dominic.

—No te contrataron.

Me quedé helada.

—¿Qué?

—Leo te encontró.

Miré hacia la puerta.

—¿Por qué?

Dominic me sostuvo la mirada.

—Porque necesitaba a alguien que no conociera mi mundo.

—Entonces todo esto…

—No estaba planeado.

—¿Estás diciendo que mi llegada fue una casualidad?

—Sí.

Solté el aire.

—Por primera vez en mucho tiempo, algo salió bien por accidente.


Tres días después, la policía arrestó al médico.

Después llegó el turno del tío de Dominic.

La evidencia financiera era suficiente para relacionarlo con los pagos.

Pero todavía quedaba algo.

La noche antes de que fuera detenido, apareció en la mansión.

Solo.

Dominic ya podía caminar.

Yo estaba en la biblioteca cuando escuché voces.

—Siempre fuiste demasiado sentimental —dijo su tío.

Dominic permaneció frente a él.

—Y tú siempre fuiste demasiado impaciente.

—Esta familia necesita un hombre fuerte.

—No.

Dominic negó.

—Esta familia necesita dejar de tener hombres como tú.

Su tío sonrió.

—¿Crees que una enfermera va a cambiarte?

Mi cuerpo se tensó.

Dominic no respondió inmediatamente.

Después dijo:

—No.

Me miró.

—Ella no me cambió.

Su voz se suavizó.

—Me recordó que todavía podía elegir.

El tío sacó un arma.

Todo ocurrió en segundos.

Leo entró por detrás.

Dos hombres de seguridad redujeron al atacante antes de que pudiera disparar.

La policía llegó minutos después.

Y por primera vez desde que había cruzado aquellas puertas, sentí que el peligro realmente había terminado.


Una semana después, Dominic estaba sentado en el jardín.

Era la primera vez que lo veía fuera de aquella habitación.

La mansión parecía diferente.

Quizá porque las ventanas estaban abiertas.

O quizá porque por primera vez había flores.

—No sabía que aquí crecían rosas —dije.

Dominic me miró.

—No crecían.

—¿Qué?

—Las mandé plantar ayer.

Sonreí.

—¿Por qué?

—Porque dijiste que la casa parecía un cementerio.

—No dije eso.

—Lo pensaste.

Me reí.

Fue la primera vez que escuché a Dominic reír también.

No era una risa fuerte.

Era pequeña.

Casi oxidada.

Como si hubiera olvidado cómo hacerlo.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó.

—Volver a trabajar en el hospital.

—Puedo conseguirte una clínica.

Negué.

—No necesito que me consigas nada.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo ofreces?

Me miró durante varios segundos.

—Porque quiero ayudarte.

—No necesitas pagarme para ayudarme.

—No estaba hablando de dinero.

Aquella respuesta me dejó sin palabras.


El lunes llegó mi último día en la mansión.

Guardé mi ropa en la misma bolsa de lona con la que había llegado.

Cuando bajé las escaleras, Leo me esperaba.

—El señor Rossi quiere verla.

Entré en la biblioteca.

Dominic estaba junto a la ventana.

Llevaba una camisa oscura y tenía el hombro todavía vendado.

Sobre la mesa había un sobre.

—¿Qué es eso?

—Tu salario.

Lo tomé.

Pesaba demasiado.

Abrí el sobre.

Me quedé paralizada.

—Dominic.

—Es lo que acordamos.

—Esto es diez veces más.

—Te quedaste cuando otros se fueron.

—Eso no vale tanto.

—Para mí sí.

Cerré el sobre.

—No puedo aceptarlo.

Él se acercó.

—Entonces acepta otra cosa.

—¿Qué?

—Una oferta de trabajo.

Levanté una ceja.

—¿Como enfermera?

—Como administradora de una clínica.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué clínica?

—Voy a abrir una.

—¿Para qué?

Dominic respiró lentamente.

—Porque pasé demasiado tiempo construyendo cosas que hacían que la gente me temiera.

Señaló los planos sobre la mesa.

—Quiero construir algo que haga lo contrario.

Sentí que los ojos se me humedecían.

—¿Y quieres que yo la dirija?

—Quiero que tú decidas si aceptas.

Sonreí.

—Esa es una respuesta nueva para ti.

Él sonrió.

—Estoy aprendiendo.


Seis meses después, la clínica abrió sus puertas.

Dominic cumplió su palabra.

No apareció en las fotografías.

No puso su apellido en la entrada.

Solo financió el proyecto.

Yo dirigí el área de atención.

Y cada vez que alguien preguntaba quién había hecho posible aquel lugar, respondía lo mismo:

—Una persona que aprendió demasiado tarde que salvar una vida no siempre significa mantenerla respirando.

A veces significa darle una razón para querer seguir.


Una tarde encontré a Dominic sentado afuera de la clínica.

Ya no parecía el hombre que había conocido aquella primera noche.

Seguía siendo serio.

Seguía siendo peligroso para quienes intentaban hacerle daño.

Pero había algo diferente en sus ojos.

—¿Sabes qué pensé cuando entraste en mi habitación? —preguntó.

—Que era una mujer demasiado imprudente.

—Eso también.

Sonreí.

—Entonces ¿qué pensaste?

Se quedó mirándome.

—Que eras la primera persona en mucho tiempo que me decía que no sin tener miedo.

—Tenía miedo.

—Nunca lo demostraste.

—Eso no significa que no lo sintiera.

Dominic asintió.

—Yo también tenía miedo.

—¿De qué?

—De sobrevivir.

No respondí.

Él tomó mi mano.

No hubo promesas exageradas.

No hubo juramentos.

Solo aquel gesto sencillo.

Y por primera vez entendí que el hombre al que todos llamaban jefe de la mafia no necesitaba que alguien lo obedeciera.

Necesitaba que alguien pudiera mirarlo a los ojos y decirle la verdad.

Incluso cuando doliera.

Incluso cuando estuviera furioso.

Incluso cuando dijera que no.


Un año después, la clínica atendía cientos de pacientes cada mes.

Mi viejo sedán oxidado había desaparecido.

Pero conservé las llaves.

Las tenía sobre mi escritorio.

Una pequeña reliquia de la época en que pensé que mi vida se estaba derrumbando.

Una noche, Dominic entró en mi oficina.

—¿Lista para irte?

—En un minuto.

Miró las llaves.

—¿Todavía las guardas?

—Sí.

—¿Por qué?

Sonreí.

—Porque me recuerdan algo.

—¿Qué?

Levanté la mirada.

—Que aquella noche pensé que había llegado a tu casa porque necesitaba dinero.

Dominic esperó.

—Pero en realidad llegué porque ambos necesitábamos que alguien nos recordara cómo vivir.

Él sonrió.

Y entonces comprendí la verdad que ninguno de los dos había visto aquella primera noche.

Yo había entrado en la habitación de Dominic Rossi para salvar su vida.

Pero, sin saberlo, él había estado esperando a alguien que también salvara la mía.

Y ninguno de los dos volvió a sentirse solo después de aquella noche.

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