Song Nanxing permaneció de rodillas, sosteniéndose la muñeca mientras me miraba con incredulidad.
—¿Te atreves a golpearme?
Me crucé de brazos.
—Fuiste tú quien intentó golpearme primero.
Song Beichen se quedó paralizado.
Había corrido hasta el patio esperando encontrar a su hermana llorando y a mí arrepentida.
Encontró exactamente lo contrario.
Song Yanyan estaba sentada en el suelo.
Song Jingci seguía empapado dentro del estanque.
Song Nanxing no podía levantarse.
Y yo estaba perfectamente tranquila.
—¡Guardias! —gritó Beichen.
Varios empleados de la casa aparecieron corriendo.
Mi madre señaló hacia mí.
—¡Sáquenla de aquí!
Los empleados se detuvieron.
No sabían a quién obedecer.
Yo sonreí.
—No hace falta.
Tomé mi pequeña maleta.
—Me voy.
Mi madre se quedó sorprendida.
—¿Adónde crees que vas?
—A cualquier lugar donde no tenga que compartir techo con personas que me reciben como una enemiga.
Y entonces escuché una voz desde la entrada.
—Nadie se va.
Todos giramos.
Un hombre de cabello gris entró lentamente al patio.
Era mi abuelo biológico.
Song Guowei.
El verdadero jefe de la familia Song.
Todos los presentes bajaron inmediatamente la cabeza.
—Padre…
Mi madre parecía aterrorizada.
Mi abuelo miró primero a Song Jingci, después a Nanxing y finalmente a Yanyan.
Luego me observó.
—Ven conmigo.
Lo seguí sin preguntar.
Entramos en el estudio.
Cerró la puerta.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente dejó una carpeta sobre el escritorio.
—¿Sabes por qué te encontramos después de tantos años?
Negué.
—Porque tu madre biológica tuvo un accidente cuando regresaba del hospital después de darte a luz.
Fruncí el ceño.
—¿Y?
—Hubo un error con los registros.
Mi abuelo respiró profundamente.
—Otra familia te crió en el noreste.
—Lo sé.
—Y cuando finalmente descubrimos dónde estabas, Yanyan ya llevaba veinte años viviendo aquí.
No respondí.
—Tu madre no quiso expulsarla.
—Eso tampoco me sorprende.
Mi abuelo me miró con atención.
—Pero hay algo que todavía no sabes.
Abrió la carpeta.
Dentro había documentos financieros.
—Cuando Yanyan llegó a esta familia, alguien empezó a retirar dinero del fondo familiar.
Levanté una ceja.
—¿Cuánto?
—Durante diecisiete años, más de ciento veinte millones de yuanes.
Me quedé callada.
—¿Y sospechas de ella?
—No.
Mi abuelo señaló varios documentos.
—Sospecho de alguien mucho más cercano.
En ese momento la puerta se abrió.
Mi madre entró.
—Padre, esto tiene que terminar.
Mi abuelo ni siquiera levantó la mirada.
—Sí.
Sacó una segunda carpeta.
—Por eso quiero que mi nieta conozca toda la verdad.
Mi madre palideció.
—No.
—Lin Wu —dijo él lentamente—, ¿cuánto tiempo pensabas ocultarlo?
Ella empezó a temblar.
Yo miré a mi madre.
—¿Qué ocultaste?
No respondió.
Mi abuelo colocó una fotografía sobre la mesa.
Era de mi infancia.
Aparecía yo con una mujer mayor que reconocí inmediatamente.

Mi abuela adoptiva.
Al lado de la fotografía había un informe médico.
—Cuando te encontramos, descubrimos algo extraño.
Miré el documento.
—Tu familia adoptiva había recibido una cantidad considerable de dinero durante años.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
Mi abuelo miró a mi madre.
—Porque tu madre biológica sabía dónde estabas desde hacía mucho tiempo.
El silencio fue absoluto.
Me volví hacia Lin Wu.
—¿Sabías dónde estaba?
Las lágrimas aparecieron en sus ojos.
—Sí.
Sentí algo frío en el pecho.
—¿Desde cuándo?
—Desde que tenías nueve años.
No pude hablar durante varios segundos.
Toda mi vida pensé que me habían perdido.
Pero no.
Me habían encontrado y habían decidido no traerme de vuelta.
—¿Por qué?
Mi madre comenzó a llorar.
—Yanyan estaba enferma. Era pequeña. No podía imaginar quitárselo todo de repente.
Solté una risa amarga.
—Así que decidiste que yo podía crecer lejos.
—No fue así.
—¿Entonces cómo fue?
Ella no respondió.
Mi abuelo golpeó la mesa.
—¡Dile la verdad!
Lin Wu cerró los ojos.
—Tenía miedo de que la familia dejara de querer a Yanyan.
La miré.
De repente entendí.
No había perdido a una familia.
Había sido reemplazada antes incluso de saber que existía.
Me levanté.
—Gracias.
Mi madre me miró confundida.
—¿Por qué?
—Porque ahora sé exactamente dónde estoy parada.
Salí del estudio.
En el pasillo encontré a Yanyan esperándome.
Ya no lloraba.
Tenía los brazos cruzados.
—¿Contenta?
La miré.
—¿Por qué debería estarlo?
—Todos ahora sienten lástima por ti.
—No necesito lástima.
Yanyan apretó los labios.
—Tú viniste aquí y destruiste todo.
—No.
Me acerqué un paso.
—Yo vine aquí y descubrí que todo ya estaba roto.
Ella bajó la mirada.
—Yo solo quería que siguieran queriéndome.
Por primera vez escuché algo sincero en su voz.
No era la niña mimada.
Era una mujer aterrorizada de perder el único lugar que conocía.
—Entonces deja de atacar a quien podría haber sido tu hermana.
Yanyan levantó lentamente los ojos.
—¿Me perdonarás?
—No todavía.
Ella asintió.
—Lo entiendo.
Pasaron tres meses.
La investigación financiera reveló que los desvíos no habían sido realizados por Yanyan.
El responsable era un antiguo administrador de la familia que había utilizado varias cuentas para ocultar el dinero.
Mi abuelo recuperó gran parte de los fondos.
Pero eso no cambió lo ocurrido aquella primera noche.
Song Jingci tuvo que disculparse conmigo.
Song Nanxing también.
Beichen fue el último.
—No sabía quién eras —dijo.
Lo miré.
—Ese era precisamente el problema.
Mi madre comenzó a intentar reconstruir nuestra relación.
No fue fácil.
No acepté inmediatamente sus disculpas.
Tampoco volví a comportarme como si nada hubiera ocurrido.
Pero poco a poco, las cosas cambiaron.
Yanyan también cambió.
Dejó de vestirse como una niña pequeña.
Dejó de usar aquella voz infantil.
Incluso comenzó a estudiar arte en serio.
Un día entró en mi habitación.
—Tengo algo para ti.
Me entregó una pintura.
Era un paisaje del noreste.
Campos cubiertos de nieve.
Una pequeña casa.
Y dos niñas sentadas frente a ella.
—¿Quiénes son?
Yanyan sonrió tímidamente.
—Nosotras.
La miré.
—Nunca vivimos juntas.
—Lo sé.
Hizo una pausa.
—Pero podríamos empezar ahora.
No dije nada.
Después de unos segundos, tomé la pintura.
—No está mal.
Yanyan sonrió.
—¿Eso significa que te gusta?
—Significa que puedes seguir pintando.
Se rio.
Era una risa diferente.
No aquella voz infantil que utilizaba para conseguir lo que quería.
Una risa real.
Años después, cuando alguien me preguntaba cómo había terminado viviendo en una de las familias más poderosas de Pekín, siempre respondía lo mismo:
—No llegué para convertirme en una princesa.
—Llegué para descubrir quién era.
Porque aquella primera noche todos pensaron que yo había sido la chica equivocada que regresó a casa.
Se equivocaban.
Yo no era la hija que necesitaba aprender a pertenecer a una familia rica.
Era la hija que había sobrevivido lejos de ellos y que, al regresar, obligó a todos a aprender que la sangre no convierte automáticamente a una familia en hogar.
Y esa fue la verdadera razón por la que nunca volví a sentirme fuera de lugar.