PARTE 2: LA MUJER QUE VIO AL HOMBRE DETRÁS DEL MONSTRUO

Kane se quedó completamente quieto.

Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.

Su respiración seguía siendo pesada, pero algo había cambiado en sus ojos dorados.

Ya no parecían furiosos.

Parecían sorprendidos.

—¿Qué has dicho? —preguntó finalmente.

Tragué saliva.

—Te pregunté si estás cansado.

Su mandíbula se tensó.

—Todos me preguntan si estoy enfadado.

—Porque todos tienen miedo de tu enfado.

—Y tú no.

Miré el botón de pánico junto a la puerta.

—Claro que tengo miedo.

Kane frunció el ceño.

—Entonces, ¿por qué sigues aquí?

—Porque llevo cinco años viendo a personas destruirse por miedo a admitir que están cansadas.

Aquello pareció golpearlo más fuerte que cualquier amenaza.

Bajó lentamente las manos.

—No sabes nada de mí.

—No.

Di un paso hacia él.

—Pero sé reconocer a alguien que lleva demasiado tiempo cargando con algo.

Kane soltó una risa seca.

—Siete mujeres dijeron cosas parecidas.

—¿Y qué hicieron después?

—Huyeron.

—Entonces quizá ninguna te hizo la pregunta correcta.

Sus ojos volvieron a fijarse en mí.

—¿Cuál sería esa pregunta?

Lo miré directamente.

—¿Qué te pasó?

El silencio que siguió fue tan profundo que pude escuchar la lluvia contra los enormes ventanales.

Kane cerró los ojos.

Y por primera vez entendí que el monstruo del que todos hablaban no estaba intentando atacarme.

Estaba intentando no convertirse en él.


—Hace cinco años —dijo— alguien intentó matarme.

Me quedé inmóvil.

—El compuesto de plata no debía sobrevivir dentro de mi cuerpo. Pero lo hizo.

Se llevó una mano al pecho.

—Desde entonces, mi lobo no distingue bien entre amenaza y miedo.

—¿Por eso las candidatas?

Su expresión se endureció.

—No fui yo quien creó ese acuerdo.

—¿Qué?

—Mi consejo.

Lo miré confundida.

—Entonces, ¿por qué aceptaste?

Kane tardó en responder.

—Porque mi padre murió creyendo que yo era demasiado peligroso para liderar. Si abandonaba el cargo, el consejo habría dividido el territorio. Miles de personas habrían quedado bajo el control de familias que llevaban años esperando mi caída.

Sentí un escalofrío.

—Así que dejaste que enviaran mujeres aquí.

—Nunca les prometí nada.

—Pero aceptaste.

—Porque pensé que quizá una de ellas sería capaz de soportarlo.

Negué lentamente.

—No necesitabas una mujer que soportara a un monstruo.

Kane me miró.

—¿Entonces qué necesitaba?

—Alguien que entendiera que no eres un monstruo.

Por primera vez, su rostro perdió aquella dureza.


La puerta se abrió.

Gideon entró rápidamente.

—Kane.

El Alfa giró la cabeza.

—¿Qué?

Gideon me miró.

—Tenemos un problema.

—Habla.

—Los ancianos llegaron.

Kane se quedó quieto.

—¿Cuántos?

—Todos.

Luego Gideon bajó la voz.

—Y trajeron documentos de Cascade.

Mi estómago se contrajo.

—¿Qué documentos?

Gideon me entregó una carpeta.

La abrí.

Eran copias de las cuentas financieras de mi padre.

Pero había algo extraño.

—Estas cifras no coinciden.

Gideon asintió.

—Exactamente.

Pasé las páginas.

—Aquí dice que Cascade debe casi tres millones a Croft Industries.

—Sí.

—Pero esta transferencia…

Levanté la mirada.

—¿Qué significa?

Kane respondió:

—Que alguien falsificó parte de la deuda.

Mi corazón se detuvo.

—¿Quién?

Gideon miró a Kane.

Kane miró hacia la puerta.

—Mi propio consejo.


Todo encajó de repente.

Los cinco años de problemas financieros.

Las decisiones inexplicables de mi padre.

Los contratos que desaparecían.

Las cantidades que nunca cuadraban.

Y ahora aquella deuda.

—Mi padre no perdió tres millones —susurré.

—No —dijo Kane—. Alguien hizo que pareciera que los perdió.

Sentí que las piernas me temblaban.

—¿Por qué?

Gideon respondió:

—Porque querían que Cascade desapareciera.

—¿Y Croft Industries?

Kane me miró.

—Querían que yo comprara sus territorios.

Me quedé sin palabras.

Entonces entendí el verdadero significado del acuerdo.

No habían enviado a una hija de Alfa para salvar una deuda.

La habían enviado para completar una operación.

Y yo era la pieza final.


La puerta volvió a abrirse.

Esta vez entraron seis hombres.

Al frente estaba Malcolm Vane, el anciano principal del consejo de Kane.

Sonrió al verme.

—Así que la octava candidata sigue viva.

Kane se colocó delante de mí.

—Sal.

Malcolm ni siquiera parpadeó.

—No estás en condiciones de dar órdenes.

—Puedo darte una orden perfectamente.

Sus ojos se oscurecieron.

—Vete.

Malcolm sonrió.

—Mañana al amanecer firmarás la transferencia de Cascade.

Miré a Kane.

Él no respondió.

Malcolm continuó:

—Y la señorita Hayes regresará con su padre.

—No —dije.

Todos me miraron.

—¿Qué has dicho? —preguntó Malcolm.

Levanté la carpeta.

—Que quiero ver los documentos originales.

Su sonrisa desapareció.

—No tienes autoridad.

—Soy la hija del Alfa de Cascade.

—Una hija sin territorio.

—Todavía.

Kane me miró.

Y entonces sonrió por primera vez.

No fue una sonrisa amable.

Fue peligrosa.

—Tiene razón.

Malcolm retrocedió.

—Kane…

—Quiero los originales.

—Esto no te concierne.

—Todo lo que ocurre con mi territorio me concierne.

Su voz retumbó por la habitación.

—Y desde este momento, ella también.


Aquella noche trabajamos hasta el amanecer.

Gideon consiguió los registros originales.

Yo revisé cada transferencia.

Kane permaneció a mi lado.

No como un Alfa.

No como un monstruo.

Como un hombre que finalmente había encontrado a alguien dispuesto a mirar la verdad de frente.

A las cuatro y diecisiete de la madrugada encontré la primera prueba.

—Aquí.

Gideon se acercó.

—¿Qué encontraste?

Señalé una transferencia.

—El dinero nunca salió de Cascade.

—¿Entonces?

—Fue enviado a una empresa fantasma.

Kane se inclinó sobre la mesa.

—¿De quién es?

Abrí el registro corporativo.

Y sentí que se me helaba la sangre.

El propietario era Malcolm Vane.

—Lo tenemos —susurró Gideon.

Pero yo seguí mirando.

Había otra empresa.

Y otra.

Todas conectadas.

Hasta llegar a una cuenta final.

La cuenta pertenecía al antiguo Alfa Croft.

El padre de Kane.

Kane se quedó completamente inmóvil.

—Eso es imposible.

—No —dije.

Le mostré el documento.

—Tu padre estaba involucrado.

Gideon cerró los ojos.

—Dios mío.

Kane no dijo nada.

Durante varios segundos pensé que iba a perder el control.

Pero no lo hizo.

Solo respiró profundamente.

—Mi padre comenzó esto.

Lo miré.

—Y tu consejo lo continuó.

Kane levantó los ojos.

—Entonces terminaremos lo que ellos empezaron.


Al amanecer, Malcolm volvió a entrar.

Esta vez había abogados con él.

—Es hora de firmar.

Kane permaneció sentado.

Yo estaba a su lado.

Malcolm dejó los documentos sobre la mesa.

—La transferencia de Cascade.

Kane miró los papeles.

Después me miró.

—¿Estás segura?

Asentí.

—Completamente.

Él tomó el contrato.

Y lo rompió delante de todos.

Malcolm palideció.

—¿Qué estás haciendo?

Kane levantó la mirada.

—Protegiendo mi territorio.

Gideon colocó las pruebas financieras sobre la mesa.

—Y nosotros protegemos el resto.

Los abogados comenzaron a revisar los documentos.

Malcolm intentó retroceder.

—Esto no significa nada.

Lo miré.

—Significa todo.

Sacó su teléfono.

—No pueden detenerme.

Kane se levantó.

—No necesito detenerte.

Se acercó lentamente.

—Solo necesito que la verdad llegue a las personas correctas.


Horas después, Malcolm y los demás miembros involucrados fueron detenidos para ser investigados.

Mi padre recibió una llamada.

Cuando le conté lo que había descubierto, permaneció en silencio durante casi un minuto.

—Harper…

—¿Sí?

—Te envié allí para salvarnos.

Miré a Kane, que estaba junto a la ventana.

—Lo sé.

—Y terminaste salvándonos de algo mucho peor.

Sonreí débilmente.

—Quizá necesitábamos que alguien dejara de tener miedo.

Mi padre suspiró.

—¿Vas a volver?

Miré a Kane.

Él no me pidió que me quedara.

Eso fue precisamente lo que me hizo querer hacerlo.

—Todavía no.

—¿Por qué?

Miré hacia el océano.

—Porque por primera vez quiero elegir mi propia vida.


Tres meses después, Cascade y Croft firmaron un nuevo acuerdo.

No hubo deuda.

No hubo sacrificios.

No hubo candidatas.

Solo dos territorios reconstruyendo lo que otros habían intentado destruir.

Y Kane cambió.

No de la manera que esperaba.

Su presencia seguía siendo poderosa.

Su lobo seguía siendo impredecible algunas noches.

Pero ya no se escondía detrás de la rabia.

Aprendió a pedir ayuda.

Aprendió a descansar.

Aprendió que no tenía que demostrar fuerza destruyéndose a sí mismo.

Una tarde, mientras caminábamos junto al acantilado, me preguntó:

—¿Por qué te quedaste aquella primera noche?

Sonreí.

—Porque estabas cansado.

—¿Eso fue todo?

—No.

Me detuve.

—Porque cuando todos te llamaban monstruo, yo vi a un hombre que necesitaba que alguien le preguntara cómo estaba.

Kane bajó la mirada.

—Y ahora, ¿qué ves?

Lo observé durante unos segundos.

—A un hombre que todavía está aprendiendo.

Él sonrió.

—¿Y eso te asusta?

—Muchísimo.

Se rio.

—Al menos eres honesta.

—Siempre.

Entonces tomó mi mano.

No como un Alfa tomando lo que consideraba suyo.

Sino como un hombre preguntando, sin palabras, si podía caminar conmigo.

Yo entrelacé mis dedos con los suyos.

Y seguí caminando.

Porque aquella noche había entrado en Croft Estate creyendo que debía salvar a mi familia.

Nunca imaginé que también descubriría la verdad sobre el hombre al que todos temían.

Kane Croft no necesitaba una octava mujer que sobreviviera a su monstruo.

Necesitaba a alguien que tuviera el valor de preguntarle por qué estaba sufriendo.

Y yo no había ido allí para convertirme en su salvadora.

Había ido para pagar una deuda.

Pero terminé descubriendo algo mucho más importante:

A veces, la persona que todos llaman monstruo solo está esperando que alguien tenga el valor de mirarla y preguntarle: “¿Estás cansado?”

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