El primer disparo salió limpio.
El eco atravesó el desierto y golpeó las montañas lejanas.
Durante varios segundos nadie habló.
El objetivo estaba a ochocientos metros.
Una pequeña placa metálica.
Cuando el polvo se asentó, Ellis levantó lentamente sus prismáticos.
Su expresión cambió.
—Impacto.
Brooks soltó una risa nerviosa.
—¿Suerte?
No respondí.
Ajusté la posición del rifle.
Segundo disparo.
Impacto.
Tercero.
Impacto.
Esta vez nadie se rió.
El almirante Victor Kane tomó los prismáticos de las manos de Ellis.
—Déjame ver.
Ellis no respondió.
Simplemente se los entregó.
Kane observó el objetivo durante varios segundos.
Luego bajó lentamente los prismáticos.
—¿Quién te entrenó?
Seguí revisando el rifle.
—No importa.
—Para mí sí.
—No, señor.
Kane dio un paso hacia mí.
—Te hice una pregunta.
Levanté la mirada.
—Y yo decidí no responderla.
Un silencio incómodo cayó sobre la línea de fuego.
Brooks miró a Kane.
Por primera vez desde que había llegado, ninguno parecía saber qué hacer conmigo.
Entonces Ellis habló.
—Almirante, creo que deberíamos detener el ejercicio.
Kane lo miró.
—¿Por qué?
Ellis señaló mi hombro.
—Porque ese tatuaje no pertenece a una aficionada.
Kane volvió a mirarme.
—¿Qué significa?
No contesté.
Ellis se acercó un poco.
—Lo vi una sola vez hace muchos años.
—¿Dónde?
El viejo maestro de campo tragó saliva.
—En una ceremonia privada en Virginia.
Kane frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
Ellis no apartó los ojos de mí.
—Sí lo tiene.
Pausa.
—Si estoy pensando en la misma persona.
Todos guardaron silencio.
Entonces Ellis pronunció dos palabras.
—Ghost Six.
El rostro de Kane perdió todo rastro de arrogancia.
Brooks palideció.
Uno de los oficiales dio un paso atrás.
Yo cerré el cerrojo del rifle.
—Ya es suficiente.
Kane me miró fijamente.
—No puede ser.
—Lo es.
—Ghost Six murió hace seis años.
Lo observé.
—Eso fue lo que les dijeron.
Durante seis años había vivido bajo otro nombre.
Claire Morgan.
Una mujer común.
Una veterana retirada.
Una persona que evitaba ceremonias, entrevistas y cualquier fotografía relacionada con mi antiguo trabajo.
Ghost Six no era un nombre.
Era un expediente.
Una identidad utilizada para misiones que oficialmente nunca habían existido.
Durante años fui enviada donde nadie más quería ir.
Nunca aparecía en las fotografías.
Nunca figuraba en las listas públicas.
Y cuando aquella última misión salió mal, el gobierno necesitó que el mundo creyera que había muerto.
Yo también necesitaba creerlo.
Porque mi vida anterior había terminado aquella noche.
O eso pensaba.
Hasta que recibí la invitación para aquel campo de entrenamiento.
Una invitación sin remitente.
Una sola frase.
“Necesitamos saber si todavía puede hacerlo.”
Yo había ido para descubrir quién la había enviado.
Ahora empezaba a entenderlo.
Kane se acercó.
—¿Quién te autorizó a venir aquí?
—La misma persona que autorizó mi última misión.
—Esa persona ya no está en servicio.
—Lo sé.
—Entonces ¿quién?
Lo miré directamente.
—Su hijo.
Kane se quedó inmóvil.
—No.
—Sí.
—¿El coronel Nathan Morgan?
Mi corazón se detuvo por un instante al escuchar aquel nombre.
Mi padre.
El hombre que llevaba seis años oficialmente muerto.
—No vuelvas a pronunciar su nombre —dije.
Kane palideció.
—Claire…
—No tienes derecho a llamarme así.
El silencio fue absoluto.
Entonces Ellis entendió algo.
—Dios mío.
Me miró con una mezcla de sorpresa y tristeza.
—Tú eres su hija.
Asentí.
—Y la última persona que trabajó con él.
Kane pidió hablar conmigo a solas.
Nos dirigimos al pequeño edificio administrativo.
Cerró la puerta.
—¿Por qué regresaste?
—Porque alguien está utilizando este campo para entrenar a personas que no deberían estar aquí.
—¿Quién?
Saqué un sobre del bolsillo.
Lo dejé sobre la mesa.
Kane lo abrió.
Dentro había fotografías.
Documentos.
Registros de armas.
Nombres.
Fechas.
Y una lista de transferencias financieras.
El almirante dejó de respirar por un segundo.
—¿De dónde sacaste esto?
—De mi padre.
—Tu padre murió.
—No.
Lo miré.
—Mi padre fingió su muerte.
Kane cerró los ojos.
—Entonces todo este tiempo…
—Estaba investigando a alguien dentro de la Armada.
—¿A quién?
Deslicé una fotografía sobre la mesa.
El rostro de un coronel apareció frente a él.
Kane lo reconoció inmediatamente.
—No puede ser.
—Lleva cuatro años moviendo información clasificada a través de empresas privadas.
—Eso es una acusación muy seria.
—Por eso traje pruebas.
Kane tomó el documento.
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Qué quieres de mí?
—Que deje de fingir que no sabe nada.
El almirante levantó la cabeza.
—No sé nada.
—Entonces explique esto.
Deslicé otra fotografía.
Era él.
Kane.
Entrando en un edificio privado dos meses antes.
Acompañado por el mismo coronel.
El silencio se volvió pesado.
—Eso no demuestra nada.
—No.
Sonreí ligeramente.
—Pero esto sí.
Saqué una memoria digital.
La puse sobre la mesa.
—Grabaciones de audio.
Kane no tocó el dispositivo.
—¿Me estabas siguiendo?
—No.
Pausa.
—Te estaba esperando.
La puerta se abrió de golpe.
Brooks entró.
—Almirante, tenemos un problema.
Kane se giró.
—¿Qué ocurre?
—Han desaparecido tres cajas del almacén.
—¿Qué cajas?
Brooks miró hacia mí.
—Las que llegaron anoche.
Mi expresión cambió.
—¿Qué contenían?
—Munición especializada y equipo óptico.
Me levanté.
—¿Quién tenía acceso?
Brooks dudó.
—Cinco personas.
—Nombres.
Me los dio.
Reconocí uno.
El coronel de la fotografía.
—¿Dónde está ahora?
—En la zona norte del campo.
Cogí mi rifle.
Kane intentó detenerme.
—Claire, espera.
—No.
—No sabemos qué está ocurriendo.
Lo miré.
—Yo sí.
Abrí la puerta.
—Esto no era una prueba de tiro.
—¿Entonces qué era?
Me detuve.
—Una trampa.
Llegamos al sector norte minutos después.
El lugar parecía abandonado.
Demasiado tranquilo.
Ellis permaneció junto al vehículo.
Brooks levantó su arma.
—No veo a nadie.
—Porque no quieren que los veas.
Me agaché junto al suelo.
Había huellas.
Tres personas.
No.
Cuatro.

Una de ellas llevaba botas militares nuevas.
Las otras tres estaban intentando borrar sus rastros.
—Están cerca.
Kane me miró.
—¿Cómo lo sabes?
Señalé una roca.
—Polvo desplazado.
Después señalé una estructura de entrenamiento.
—Y ese cable no estaba ahí esta mañana.
Brooks se acercó.
—¿Una trampa?
Asentí.
Entonces escuchamos un ruido metálico.
Todos levantaron sus armas.
Una voz salió de detrás del edificio.
—Ghost Six.
Mi cuerpo se congeló.
Conocía esa voz.
La había escuchado seis años atrás.
Durante la misión que supuestamente había terminado con mi vida.
—Pensé que nunca volverías —dijo el hombre.
Salió de las sombras.
Era el coronel Nathan Morgan.
Mi padre.
Kane retrocedió.
Brooks abrió los ojos.
Ellis se llevó una mano al pecho.
Yo no me moví.
—Estás muerto.
Mi padre sonrió.
—Eso fue lo que necesitábamos que todos creyeran.
—Me dejaste seis años creyendo que habías muerto.
Su expresión cambió.
—Porque si sabías la verdad, te habrían matado.
—¿Quiénes?
Mi padre miró a Kane.
Luego a Brooks.
Después volvió hacia mí.
—Los mismos hombres que ahora están dentro de este campo.
Kane dio un paso adelante.
—Nathan, ¿qué demonios está pasando?
Mi padre no respondió.
En cambio, me miró.
—Claire, necesito que confíes en mí.
Sentí una mezcla de rabia y alivio que casi me hizo perder el control.
—Eso terminó hace seis años.
Él bajó la mirada.
—Lo sé.
Entonces escuchamos un disparo a lo lejos.
Todos nos giramos.
Mi padre sacó un pequeño dispositivo.
—Ya nos encontraron.
Kane palideció.
—¿Quién?
Mi padre miró hacia las montañas.
—El hombre que lleva seis años intentando encontrar a mi hija.
Me miró directamente.
—Y ahora sabe que estás viva.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Las alarmas comenzaron a sonar.
Los oficiales corrieron hacia los vehículos.
El campo de entrenamiento se convirtió en un caos.
Pero yo solo podía pensar en una cosa.
Mi padre había sobrevivido.
Y alguien llevaba seis años buscándome.
Kane se acercó.
—Claire.
Lo miré.
—¿Qué?
Su voz bajó.
—Hay algo que debes saber.
—Habla.
—El tatuaje que llevas…
Se detuvo.
—No es solamente una identificación de Ghost Six.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Kane miró a mi padre.
Mi padre cerró los ojos.
—Díselo.
Kane respiró profundamente.
—Ese símbolo pertenece a una unidad que oficialmente nunca existió.
—Lo sé.
—No.
Me miró fijamente.
—No sabes toda la verdad.
Pausa.
—Ghost Six no era el nombre de una francotiradora.
Sentí un escalofrío.
—¿Entonces qué era?
Kane respondió:
—Era el nombre de un programa.
Mi padre dio un paso hacia mí.
—Y tú no eras su única integrante.
Miré a ambos.
—¿Cuántos había?
Mi padre tardó unos segundos en responder.
—Seis.
—¿Y los otros?
Su expresión se endureció.
—Cinco murieron.
—¿Y el sexto?
Nadie respondió.
Entonces mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
Solo contenía una fotografía.
Era una imagen tomada aquella misma tarde.
Yo estaba junto al cobertizo, limpiando el M110.
Debajo de la fotografía había una frase:
“Bienvenida de nuevo, Ghost Six.”
Mi sangre se heló.
Pero había algo peor.
La fotografía había sido tomada desde dentro del campo.
Y debajo aparecía otro mensaje.
“Ahora pregúntale a tu padre quién ordenó realmente tu muerte.”
Levanté lentamente la mirada.
Mi padre ya no parecía sorprendido.
Parecía culpable.
—Papá…
Él cerró los ojos.
—Claire, hay algo que nunca te conté.
El almirante Kane retrocedió.
Ellis dejó de respirar.
Y yo entendí que aquella tarde en el campo de tiro no había sido el comienzo de mi regreso.
Había sido el momento exacto en que alguien decidió terminar lo que había empezado seis años atrás.