Alejandro permaneció inmóvil frente a la pantalla apagada del teléfono.
La imagen del alcalde observando el ataque se había quedado grabada en su mente.
—No vas a hacer ninguna locura —advirtió Elena.
—¿Locura? —respondió él con una sonrisa amarga—. Mi padre está entre la vida y la muerte, y los responsables llevan uniforme.
El jefe de seguridad cerró la puerta de la habitación.
—Ese video no basta para acusar al alcalde. Dirán que está manipulado.
Alejandro sacó la memoria del dispositivo.
—Entonces encontraremos el archivo original.
Elena bajó la mirada.
Sabía exactamente dónde podía estar.
Su hermano, Samuel, trabajaba en la unidad policial que controlaba las cámaras de vigilancia de aquella zona.
También era uno de los hombres que aparecían en la grabación.
—Mi hermano puede tener una copia —confesó finalmente.
Alejandro la miró con dureza.
—¿Desde cuándo lo sabías?
—Reconocí su forma de caminar. Pero no sé por qué estaba allí.
—Estaba golpeando a mi padre.
Elena apretó los puños.
—Samuel no es un asesino.
—Esta noche lo averiguaremos.
Horas después, ambos llegaron a un pequeño apartamento situado en las afueras de la ciudad.
La puerta estaba entreabierta.
Dentro encontraron muebles volcados, documentos quemados y manchas de barro por todo el suelo.
Samuel estaba sentado contra una pared, con el rostro pálido y una memoria digital entre las manos.
—Llegáis tarde —murmuró.
Elena corrió hacia él.
—¿Quién te hizo esto?
—Los hombres del alcalde.
Alejandro se agachó frente al policía.
—Tú estabas allí.
Samuel asintió lentamente.
—Sí, pero no para atacar a tu padre.
Explicó que el anciano había reunido pruebas sobre una red de sobornos, contratos falsos y desvío de fondos públicos.
El alcalde descubrió que pensaba entregarlo todo a un juez federal.
Aquella noche ordenó detenerlo.
—Nos dijeron que era un delincuente peligroso —continuó Samuel—. Cuando comprendí quién era, intenté detener a los otros agentes.
—En el video pareces ayudarlos —dijo Alejandro.
—Porque el fragmento fue recortado.
Samuel levantó la memoria.
Dentro estaba la grabación completa.
Las imágenes mostraban al anciano entregándole discretamente un pequeño sobre antes de caer al suelo.
También mostraban a Samuel escondiendo el documento dentro de su uniforme.
—Tu padre me pidió que protegiera esto —dijo.
El sobre contenía una lista de funcionarios, empresarios y jueces comprados por el alcalde.
Pero el último nombre dejó a Alejandro sin respiración.
Era el de Federico Salvatierra.
Su propio tío.
El hombre que había administrado durante años la fortuna familiar.
—Él avisó al alcalde —comprendió Elena—. Sabía que tu padre iba a denunciarlo.
Alejandro sintió que la rabia le quemaba el pecho.
Toda su vida había confiado en Federico como si fuera un segundo padre.
En ese instante, sonó el teléfono de Samuel.
Una voz distorsionada habló desde el otro lado.
—Entregad la memoria antes de medianoche o el anciano no saldrá vivo del hospital.
Elena palideció.
—Han entrado en la habitación.
Alejandro llamó de inmediato al jefe de seguridad.
Nadie respondió.
Corrieron de regreso al centro médico.
Cuando llegaron, la planta estaba completamente vacía.
Los guardias habían desaparecido.
La cama del anciano también.
Sobre la almohada había una nota escrita con tinta roja:
La verdad tiene un precio.
Alejandro apretó el papel.
—Quieren intercambiarlo por las pruebas.
Samuel señaló una cámara del pasillo.
—Quizá no tuvieron tiempo de borrar todas las grabaciones.
Revisaron el sistema.
En el último video aparecía Federico empujando la camilla hacia un ascensor privado.
Alejandro sintió que algo se rompía dentro de él.
Su tío no solo había traicionado a su padre.
También acababa de secuestrarlo.
Minutos después, recibieron una ubicación.
Un viejo teatro abandonado en el centro de la ciudad.
Alejandro, Elena y Samuel llegaron poco antes de medianoche.
Federico los esperaba en el escenario junto al alcalde y varios hombres armados.
El anciano permanecía sentado en una silla, débil pero consciente.
—Entrega la memoria —ordenó Federico—. Después podrás llevártelo.
Alejandro levantó el dispositivo.
—Primero suéltalo.
El alcalde sonrió.
—Todavía crees que puedes negociar.
Entonces todas las pantallas del teatro se encendieron.
La lista de nombres comenzó a aparecer en directo.
Samuel había conectado la memoria a una transmisión automática antes de entrar.
Los archivos estaban siendo enviados a periodistas, fiscales y canales de televisión.
El rostro del alcalde se transformó.
—¡Apágalo!
—Ya no se puede —respondió Samuel—. La verdad está fuera de vuestro alcance.
Sirenas policiales comenzaron a escucharse en el exterior.
Federico intentó escapar por una puerta lateral, pero Alejandro le bloqueó el camino.
—Mi padre te dio todo.
—Tu padre iba a destruir a esta familia —replicó su tío.

—No. Iba a destruir vuestro negocio criminal.
Los agentes entraron y detuvieron al alcalde, a Federico y a los hombres que los acompañaban.
El anciano fue trasladado nuevamente al hospital.
Horas después, abrió los ojos y miró a su hijo.
—Sabía que encontrarías las pruebas.
Alejandro tomó su mano.
—¿Por qué no me contaste nada?
—Porque el traidor estaba más cerca de ti de lo que imaginabas.
El anciano señaló una carpeta recuperada del teatro.
Dentro había fotografías, transferencias y una copia del testamento familiar.
Alejandro comenzó a leer.
Entonces descubrió que Federico no era el único miembro de la familia que había colaborado con el alcalde.
El documento llevaba también la firma de Elena.
Alejandro levantó la mirada lentamente.
Ella permanecía junto a la puerta, completamente pálida.
—Alejandro, puedo explicarlo.
Pero él ya había visto la fecha.
Elena había firmado el acuerdo secreto tres días antes del ataque.