El bombero sostuvo la mirada del hombre durante un segundo interminable.
—No voy a abandonar a nadie —respondió con dureza—. Pero si quiere salvarla, aparte ese coche ahora mismo.
El conductor se levantó de golpe y corrió hacia el vehículo.
Sus manos temblaban tanto que dejó caer las llaves dos veces antes de conseguir abrir la puerta.
El motor rugió.
Movió el deportivo apenas unos metros y el camión de bomberos avanzó por fin hasta la hidrante.
Los equipos desplegaron las mangueras mientras dos rescatistas entraban en el edificio.
El hombre observaba la ventana con el rostro desencajado.
—¡Laura! ¡Resiste!
La silueta de su esposa desapareció entre el humo.
Un estruendo sacudió la fachada y varios vecinos retrocedieron aterrorizados.
El bombero que había discutido con él ajustó su máscara.
—¿En qué habitación estaba?
—Segundo piso, al fondo del pasillo —respondió el hombre—. Creo que había subido a buscar unos documentos.
El bombero se detuvo.
—¿Qué documentos?
El conductor bajó la mirada.
—No lo sé.
La respuesta sonó demasiado rápida.
El rescatista lo observó con desconfianza, pero no había tiempo para interrogarlo.
Entró junto a su compañero.
Dentro, el calor era insoportable y la visibilidad casi nula.
Avanzaron guiándose por los gritos débiles de Laura.
La encontraron caída junto a una puerta cerrada, protegiendo contra su pecho una carpeta metálica.
—Mi esposo… —susurró ella—. No dejéis que se acerque a esto.
El bombero la levantó.
—Primero vamos a sacarla.
Cuando alcanzaron la escalera, una parte del techo cedió detrás de ellos.
Los tres lograron cruzar el portal segundos antes de que una nube de ceniza llenara la entrada.
El hombre corrió hacia su esposa.
—Laura, gracias a Dios.
Ella retrocedió al verlo.
—No me toques.
La multitud quedó en silencio.
El conductor fingió no entender.
—Estás confundida por el humo.
Laura entregó la carpeta al bombero.
—El incendio no comenzó por accidente.
El rostro del hombre cambió.
—No sabes lo que dices.
—Encontré facturas falsas, pólizas de seguro y transferencias a nombre de una empresa fantasma —continuó ella—. Este edificio estaba asegurado por diez veces su valor real.
Los vecinos comenzaron a murmurar.
El bombero abrió la carpeta.
Había planos, correos impresos y fotografías de recipientes inflamables almacenados en el sótano.
—¿De quién es el edificio? —preguntó.
Laura señaló a su esposo.
—De él.
El conductor dio un paso atrás.
—Eso no prueba nada.
Una anciana que vivía en la planta baja se abrió paso entre la multitud.
—Anoche lo vi entrar con dos hombres y varias garrafas.
Otro vecino levantó la voz.
—También nos ofreció dinero para abandonar los apartamentos esta semana.
El hombre miró hacia su coche como si calculara la distancia hasta la salida.
Dos policías acababan de llegar y bloquearon la calle.
Laura comenzó a llorar.
—Descubrí que planeaba quemar el edificio cuando estuviera vacío. Pero alguien adelantó el incendio y varias familias seguían dentro.
El bombero miró al conductor con rabia.
—¿Por eso no quería mover el coche? ¿Estaba esperando a que el fuego destruyera las pruebas?

—¡Yo esperaba a mi esposa! —gritó él.
Laura negó lentamente.
—Sabías que yo estaba arriba. Me enviaste a buscar la carpeta.
El silencio se volvió sepulcral.
La verdadera razón por la que el hombre se había negado a mover el vehículo no era únicamente su arrogancia.
Quería retrasar a los bomberos hasta que las llamas alcanzaran el despacho donde estaban guardados los documentos.
Los agentes lo esposaron delante de todos.
Él intentó defenderse.
—No fui yo quien encendió el fuego.
—Entonces diga quién lo hizo —exigió un policía.
El hombre miró a Laura con un miedo que no había mostrado ni siquiera cuando la vio atrapada.
—Su hermano.
Ella quedó inmóvil.
—Mi hermano murió hace tres años.
El conductor soltó una risa nerviosa.
—Eso es lo que él quería que creyeras.
En ese momento, uno de los bomberos salió del edificio con un teléfono parcialmente quemado.
Había sido encontrado junto al punto donde comenzó el incendio.
La última llamada se realizó apenas cinco minutos antes de que aparecieran las primeras llamas.
Laura reconoció el número.
Pertenecía al hermano cuya muerte había llorado durante años.
Y en la pantalla figuraba un mensaje todavía legible:
Cuando el edificio arda, asegúrate de que Laura permanezca dentro.