PARTE 2: EL HOMBRE QUE NADIE SE ATREVÍA A DESAFIAR

Diane sintió que las piernas dejaban de responderle.

—¿El jefe de la mafia?

El guardia no respondió.

Solo abrió la puerta lateral del salón y señaló hacia afuera.

—Vete antes de que cambie de opinión.

Diane salió con los cinco mil dólares todavía apretados dentro de su mano.

El aire frío de la noche golpeó su rostro.

Había conseguido el dinero.

Pero por primera vez en dos años, tener dinero no significaba sentirse a salvo.

Apenas llegó a la esquina, sacó el teléfono y llamó a su casera.

—Señora Miller, puedo pagarle parte del alquiler mañana.

—Diane, espera…

—Por favor. Solo necesito unas horas.

Colgó.

Entonces escuchó un automóvil detenerse detrás de ella.

Se giró.

Un sedán negro.

Dos hombres descendieron.

Diane retrocedió.

—No, por favor…

Uno de ellos levantó las manos.

—Señorita Harper, no queremos hacerle daño.

—¿Quiénes son ustedes?

—Trabajamos para el señor Greedy.

El corazón de Diane se hundió.

—Díganle que lo siento. Ya entendí el mensaje. Nunca volveré a acercarme a él.

El hombre negó.

—Precisamente por eso estamos aquí.

—¿Qué?

—El señor Greedy quiere hablar con usted.

Diane sintió que el miedo se convertía en rabia.

—No voy a ninguna parte con ustedes.

El hombre sacó un teléfono y se lo entregó.

—Entonces hable con él aquí.

Diane dudó antes de contestar.

—¿Sí?

La voz de Ravi llegó al otro lado.

—Diane.

Ella cerró los ojos.

—¿Qué quieres?

—Que dejes de pensar que voy a castigarte.

—¿No dijiste que acababa de cometer un error fatal?

—Lo dije.

—Entonces…

—Me equivoqué.

Diane abrió los ojos.

No esperaba aquello.

—¿Qué?

—No debí decirlo. Estaba enfadado.

—¿Y por qué debería importarme?

Hubo unos segundos de silencio.

—Porque descubrí algo sobre ti.

Diane frunció el ceño.

—¿Qué?

—Los cinco mil dólares que recibiste no fueron gastados.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque ordené que nadie tocara tus cuentas.

Ella se quedó inmóvil.

—No tienes derecho a vigilarme.

—Tienes razón.

La respuesta fue inmediata.

—Entonces, ¿por qué lo haces?

—Porque alguien utilizó tu necesidad para convertirte en un arma contra mí.

Diane miró hacia el hotel.

—Catherine.

—Sí.

—¿Y qué vas a hacerle?

—Lo que corresponda.

—No quiero problemas.

—Tú no los causaste.

Diane respiró profundamente.

—Necesito el dinero.

—Lo sé.

—No quiero caridad.

—Tampoco te la estoy ofreciendo.

—Entonces, ¿qué?

Ravi respondió con calma.

—Un trabajo.


A la mañana siguiente, Diane recibió una dirección.

No era una mansión.

Era una pequeña oficina en el centro de la ciudad.

Cuando entró, vio a Ravi sentado detrás de un escritorio.

Esta vez no llevaba esmoquin.

Vestía una camisa blanca y un traje oscuro.

Parecía menos peligroso.

Pero Diane sabía que las apariencias no significaban nada.

—Siéntate.

Ella permaneció de pie.

—Primero quiero saber qué trabajo es.

Ravi deslizó una carpeta hacia ella.

—Administración financiera.

Diane abrió los documentos.

—¿Por qué yo?

—Porque anoche vi cómo calculabas el dinero antes de aceptar el trato.

Ella levantó la mirada.

—¿Me estabas observando?

—Sí.

—Eso es inquietante.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Ravi.

—También descubrí que estudias contabilidad.

Diane cerró la carpeta.

—No necesito que me rescates.

—No estoy intentando rescatarte.

—Entonces, ¿qué quieres?

Ravi la miró directamente.

—Quiero darle una oportunidad a alguien que fue utilizada por una persona que pensaba que podía comprarla.

Diane no respondió.

—El salario es de ocho mil dólares mensuales —continuó él—. Seguro médico incluido. Horario fijo. Y podrás seguir estudiando.

Diane casi se rio.

—Eso suena demasiado bueno.

—Entonces hazme una pregunta.

—¿Cuál es la trampa?

—Ninguna.

Ella lo estudió.

—¿Y Catherine?

El rostro de Ravi cambió.

—Ella ya no trabaja con ninguna de mis empresas.

Diane abrió los ojos.

—¿La despediste?

—No.

Pausa.

—Descubrí que llevaba meses desviando dinero de una fundación benéfica.

Diane se quedó completamente quieta.

El beso había sido solo una parte de la historia.

Catherine llevaba meses escondiendo algo mucho peor.


Tres días después, Diane comenzó a trabajar.

Durante las primeras semanas mantuvo las distancias con Ravi.

No quería volver a confundir gratitud con afecto.

Y Ravi parecía respetarlo.

Nunca volvió a tocarla sin permiso.

Nunca volvió a levantar la voz.

Nunca volvió a recordarle el beso.

Hasta que una tarde Diane encontró una irregularidad en los documentos financieros.

—Ravi.

Él levantó la mirada.

—¿Qué ocurre?

Diane dejó una carpeta sobre su escritorio.

—Hay una cuenta que no aparece en los informes oficiales.

Ravi se puso serio.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—¿Cuánto dinero?

—Más de tres millones de dólares.

El silencio llenó la habitación.

Ravi abrió la carpeta.

Después miró a Diane.

—¿Quién tiene acceso?

—Cuatro personas.

—¿Y Catherine?

Diane negó.

—No.

—Entonces tenemos un problema.


Esa misma noche descubrieron la verdad.

El dinero no había desaparecido.

Había sido transferido a una empresa registrada bajo otro nombre.

Una empresa vinculada a uno de los socios más antiguos de Ravi.

Cuando Ravi vio el nombre, se quedó inmóvil.

—No puede ser.

—¿Quién es?

—Mi tío.

Diane sintió un escalofrío.

—¿Tu propio tío?

—Fue quien me enseñó todo lo que sé.

—Entonces, ¿por qué robarte?

Ravi cerró la carpeta.

—Porque cree que algún día el imperio será suyo.

Diane lo miró.

—¿Y ahora?

Ravi se levantó.

—Ahora descubriremos cuánto más ha estado ocultando.


Durante las siguientes semanas, Diane ayudó a revisar los registros.

Y descubrió algo todavía más extraño.

Las transferencias habían comenzado exactamente seis meses antes.

El mismo mes en que los padres de Diane murieron.

Ella dejó de respirar por un instante.

—Ravi.

—¿Qué?

—Mira esta fecha.

Él se acercó.

La observó.

Después miró a Diane.

—¿Qué estás pensando?

—El accidente de mis padres ocurrió ese mismo mes.

Ravi tomó el documento.

—¿Crees que están relacionados?

—No lo sé.

—Entonces no vamos a asumir nada.

Pero investigaron.

Y dos días después apareció una conexión.

El automóvil que había causado el accidente había sido alquilado por una empresa vinculada al tío de Ravi.

Diane sintió que el mundo se inclinaba.

—No.

Ravi la sostuvo por los hombros, pero se detuvo inmediatamente.

—¿Puedo?

Diane asintió.

Solo entonces él la ayudó a sentarse.

—Diane, todavía no sabemos si fue intencional.

—Mis padres murieron.

—Lo sé.

—Y alguien relacionado contigo estaba detrás del automóvil.

—Voy a descubrir la verdad.


La verdad llegó una semana después.

El accidente no había sido planeado.

El conductor había robado el automóvil para escapar de una deuda.

Pero alguien había pagado para que la investigación desapareciera.

Y ese alguien sí era el tío de Ravi.

No había provocado el accidente.

Había utilizado el caos posterior para ocultar una operación financiera.

Diane lloró cuando escuchó la explicación.

No porque finalmente hubiera encontrado un culpable.

Sino porque comprendió que sus padres habían sido víctimas de una cadena de decisiones que nadie se había molestado en investigar correctamente.

Ravi se quedó junto a ella.

—Lo siento.

Diane negó.

—Tú no hiciste esto.

—Pero mi familia sí.

—No eres responsable de lo que otros hacen.

Ravi guardó silencio.

Después dijo:

—Entonces déjame ayudarte a cerrar esta parte de tu vida.


Meses después, Catherine fue condenada por fraude financiero.

El tío de Ravi también perdió el control de sus empresas y enfrentó un proceso judicial.

Pero Ravi hizo algo que Diane nunca olvidó.

Vendió una de sus propiedades más lujosas.

Y creó una pequeña fundación para ayudar a jóvenes que habían quedado a cargo de sus hermanos menores después de perder a sus padres.

Diane descubrió el motivo durante la inauguración.

—¿Por qué hiciste esto?

Ravi la miró.

—Porque conocí a una chica que llevaba dos años intentando criar a su hermana sin pedirle nada a nadie.

Diane sonrió.

—¿Y esa chica te inspiró?

—Muchísimo.

Ella bajó la mirada.

—Ravi…

—No tienes que decir nada.

—No iba a decir eso.

Él esperó.

Diane levantó los ojos.

—Iba a preguntarte si todavía recuerdas el beso.

Ravi sonrió.

—Todos los días.

Ella se rio.

—Fue horrible.

—Para mí fue inesperado.

—Para mí fue una necesidad.

—Lo sé.

Diane respiró profundamente.

—Y ahora quiero que haya una diferencia.

—¿Cuál?

Ella se acercó.

—La próxima vez quiero hacerlo porque yo quiero.

Ravi se quedó inmóvil.

—Diane…

Ella sonrió.

—¿Ahora necesitas permiso?

Él respondió suavemente:

—Siempre.

Entonces Diane lo besó.

Esta vez no hubo dinero.

No hubo desafío.

No hubo público.

Solo dos personas que habían aprendido a conocerse sin máscaras.


Un año después, Sadi terminó su tratamiento dental.

Cuando se miró al espejo por primera vez con su nueva sonrisa, abrazó a Diane con todas sus fuerzas.

—¡Mira!

Diane tenía lágrimas en los ojos.

—Te ves preciosa.

Sadi negó.

—Me veo como yo.

Diane sonrió.

—Exactamente.

Desde la puerta, Ravi observaba la escena.

Sadi corrió hacia él.

—¡Ravi! ¡Mira mis dientes!

—Son increíbles.

—Diane dice que ahora tengo que dejar de sonreír tanto porque me voy a quedar sin cara.

Diane soltó una carcajada.

—Yo nunca dije eso.

Sadi salió corriendo.

Ravi se acercó.

—¿Sabes qué es lo más extraño?

—¿Qué?

—La noche que te vi acercarte, pensé que eras la persona más imprudente de la sala.

Diane sonrió.

—Y yo pensé que eras el hombre más aterrador que había conocido.

—¿Y ahora?

Ella lo miró.

—Ahora sé que ambos estábamos equivocados.

Ravi tomó su mano.

—¿Te arrepientes?

Diane pensó en los tres meses de alquiler.

En las facturas.

En Sadi llorando por sus dientes.

En los cinco mil dólares que había recibido aquella noche.

En Catherine.

En el beso que había comenzado como una transacción.

Y en todo lo que vino después.

—No.

Miró a Ravi.

—Porque aquella noche no compraste mi futuro.

Hizo una pausa.

—Me ayudaste a descubrir que mi futuro nunca estuvo en venta.

Ravi sonrió.

—Entonces supongo que debo agradecerle a Catherine.

Diane soltó una pequeña risa.

—No exageres.

—Ella puso diez mil dólares sobre la mesa.

—Y consiguió exactamente lo contrario de lo que quería.

—¿Qué consiguió?

Diane entrelazó sus dedos con los de él.

—Que la mujer que intentó utilizar aprendiera cuánto valía realmente.

Y por primera vez desde la muerte de sus padres, Diane dejó de vivir contando cuánto dinero faltaba.

Porque finalmente había construido una vida donde el amor, la familia y la seguridad no dependían de sobrevivir al día siguiente.

El beso que comenzó por diez mil dólares terminó dándole algo que ningún dinero podía comprar: una familia elegida, una vida nueva y la certeza de que jamás volvería a vender su dignidad por necesidad.

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