El acuerdo duró exactamente tres semanas.
El primer sábado, Julian llegó puntual.
El segundo, llegó diez minutos antes.
El tercero, llegó casi una hora antes y se quedó sentado en el automóvil mirando la puerta de la casa de Maya.
Cuando ella salió con una taza de café, lo encontró allí.
—¿Qué haces?
Julian bajó la ventanilla.
—Esperándote.
—Hoy es jueves.
—Lo sé.
Maya levantó una ceja.
—Entonces tienes un problema.
—Sí.
—¿Cuál?
Julian la miró durante unos segundos.
—Que cuatro días entre un sábado y otro son demasiado.
Maya soltó una pequeña risa.
—Ese fue el acuerdo.
—El acuerdo fue un error.
Ella dejó de sonreír.
—No puedes cambiar las reglas cada vez que te convenga.
Julian abrió la puerta del automóvil.
—Precisamente por eso vine.
Aquella conversación nunca ocurrió.
O, mejor dicho, no ocurrió porque el teléfono de Julian comenzó a sonar.
Era una emergencia en la empresa.
Una auditoría había descubierto que alguien estaba filtrando información confidencial de Cross Entertainment.
Julian se marchó inmediatamente.
Maya pensó que aquel episodio quedaría olvidado.
No fue así.
Durante las semanas siguientes, Julian empezó a buscarla constantemente.
No para hablar de trabajo.
Para preguntarle si había comido.
Si había llegado bien.
Si necesitaba algo.
Al principio Maya pensó que era simple preocupación.
Hasta que una tarde él apareció en su oficina con una caja de comida.
—¿Qué es eso? —preguntó ella.
—Almuerzo.
—Tengo uno.
—El tuyo lleva cuatro horas sobre el escritorio.
Maya miró su ensalada intacta.
—¿Me estás vigilando?
—No.
—Entonces, ¿cómo lo sabes?
Julian guardó silencio.
Maya sonrió.
—Estás rompiendo las reglas.
—Lo sé.
—La primera era no actuar como pareja.
Julian la miró.
—Nunca dije que fuera bueno siguiendo reglas.
Pero aquella misma tarde ocurrió algo que cambió todo.
Una periodista publicó fotografías de Julian entrando a la casa de Maya.
El titular decía:
“El misterioso vínculo del CEO de Cross Entertainment.”
La empresa entró en crisis.
Los accionistas exigieron explicaciones.
Los abogados recomendaron que Julian se distanciara de Maya.
Y su consejo de administración le recordó que cualquier relación personal que pudiera afectar sus decisiones debía declararse.
Julian llamó a Maya.
—Tenemos que hablar.
Ella entendió inmediatamente.
—Quieres terminar el acuerdo.
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido.
—Entonces, ¿qué?
—Quiero protegerte.
—No necesito que me protejas.
—Maya…
—No voy a convertirme en un secreto que escondes cada vez que aparece una cámara.
Julian permaneció callado.
Ella continuó:
—Si quieres terminar, dilo.
—No quiero terminar.
—Entonces decide qué quieres.
La llamada terminó sin respuesta.
Durante los días siguientes, Julian desapareció.
No hubo mensajes.
No hubo visitas.
No hubo llamadas.
Maya intentó convencerse de que era lo mejor.
Hasta que descubrió por qué.
El responsable de las filtraciones había utilizado su nombre para acceder a documentos internos.
Maya fue interrogada por los investigadores.
No estaba acusada de nada, pero comprendió que alguien estaba intentando convertirla en el centro del escándalo.
Entonces recordó algo.
Meses antes, una empleada del departamento financiero había sido despedida después de denunciar irregularidades.
La misma empleada había tenido acceso a los archivos que estaban siendo filtrados.
Maya investigó por su cuenta.
Encontró una cadena de transferencias.
Después otra.
Y finalmente un nombre.
No era el de la empleada.
Era el del director financiero de Cross Entertainment.
Maya llamó a Julian.
—Necesito que revises las cuentas de Meridian Holdings.
—¿Por qué?
—Porque creo que alguien dentro de tu empresa está utilizando compañías intermediarias para sacar dinero.
Julian guardó silencio.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque llevo años trabajando con números. Y alguien está dejando demasiadas huellas.
Dos horas después, Julian estaba frente a ella.
—Tenías razón.
Maya respiró profundamente.
—¿Cuánto?
—Millones.
El director financiero había utilizado varias compañías para desviar fondos durante casi dos años.
Pero había algo peor.
Parte del dinero había financiado campañas de desprestigio contra empleados que intentaban denunciarlo.
La supuesta filtración relacionada con Maya era solamente otra pieza del plan.

Julian la miró.
—Podrían haberte hecho responsable.
—Lo sé.
—Podrías haber perdido tu empleo.
—También lo sé.
—¿Por qué me ayudaste?
Maya lo miró con tranquilidad.
—Porque aunque nuestro acuerdo sea complicado, nunca quise verte destruir aquello que construiste.
Julian bajó la mirada.
—Eso es exactamente lo que me asusta.
—¿Qué?
—Que ya no sé dónde termina el acuerdo y dónde empieza lo que siento por ti.
Maya no respondió.
Esta vez fue Julian quien tuvo que enfrentarse a la verdad.
—Te dije que no habría futuro.
—Sí.
—Y ahora no puedo imaginar el mío sin ti.
Maya respiró profundamente.
—Entonces cambia las reglas correctamente.
Julian levantó la mirada.
—¿Cómo?
—Terminando el acuerdo.
Su expresión se tensó.
—¿Quieres terminarlo?
—Quiero que dejes de llamarlo un acuerdo.
Pasaron varios segundos.
Entonces Julian sonrió.
—Eso puedo hacerlo.
Pero la historia todavía tenía una última sorpresa.
Al día siguiente, Julian convocó a la junta directiva.
Expuso el fraude.
Presentó las pruebas.
El director financiero fue apartado y las autoridades iniciaron una investigación.
Después Julian anunció públicamente que Maya no tenía ninguna responsabilidad en las filtraciones y que la empresa había iniciado medidas legales para protegerla.
Los periodistas preguntaron si ella era su pareja.
Julian respondió:
—Es una persona importante para mí.
No añadió nada más.
Cuando regresó a su oficina, Maya lo esperaba.
—¿Eso fue todo?
—No quería convertir nuestra vida privada en un espectáculo.
Ella sonrió.
—Por fin aprendiste algo.
—He aprendido muchas cosas.
—¿Como cuáles?
Julian se acercó al escritorio.
—Que no necesito esperar hasta el sábado para verte.
Maya soltó una carcajada.
—Eso ya lo habías descubierto.
—También descubrí que no quiero que seas la mujer de los sábados.
Ella lo miró.
—¿Entonces qué quieres?
Julian respiró profundamente.
Por primera vez no parecía el poderoso ejecutivo que controlaba una compañía enorme.
Parecía simplemente un hombre intentando decir algo que le costaba admitir.
—Quiero que seas parte de mi vida. Sin horarios. Sin reglas absurdas. Sin esconderte.
Maya permaneció en silencio.
—Y quiero hacerlo correctamente —añadió—. Sin que exista ninguna obligación para ti.
Ella sonrió.
—Eso suena mucho mejor que nuestro primer acuerdo.
—Fue un contrato terrible.
—Lo fue.
—¿Y podemos escribir uno nuevo?
Maya negó con la cabeza.
—No.
Julian pareció sorprendido.
—¿No?
—Esta vez no quiero un contrato.
La sonrisa de Julian apareció lentamente.
—De acuerdo.
Meses después, Cross Entertainment había recuperado la estabilidad.
La investigación financiera continuaba, pero la empresa había implementado nuevas medidas de supervisión.
Maya regresó a su trabajo y rechazó cualquier puesto especial que Julian intentara crear para ella.
—No quiero que nadie diga que estoy aquí por ti —le explicó.
Julian asintió.
—Entonces tendrás que demostrarles lo contrario.
—Eso pienso hacer.
Una mañana, Maya llegó a la oficina y encontró una taza de café sobre su escritorio.
Había una pequeña nota.
“No es sábado. Pero quería verte.”
Maya sonrió.
Guardó la nota en un cajón.
Luego tomó el teléfono.
—Señor Cross.
—¿Sí?
—Creo que acaba de romper otra regla.
—¿Cuál?
—La de no molestarme durante el horario laboral.
—¿Y qué vas a hacer al respecto?
Maya miró hacia la puerta de su oficina.
Julian estaba allí.
—Despedirte.
Él sonrió.
—Eso sería complicado. Soy el dueño de la empresa.
—Entonces tendré que encontrar otra solución.
—¿Cuál?
Maya salió de su oficina.
—Invitarte a tomar café.
Julian la miró sorprendido.
—¿Hoy?
—Hoy.
—¿No el sábado?
—No.
Y así terminó aquel extraño acuerdo que había comenzado con una regla sencilla.
Solo los sábados.
Porque al final, Julian descubrió algo que nunca había aprendido en las salas de juntas:
las personas no pueden convertirse en contratos, los sentimientos no respetan calendarios y el hogar que uno busca a veces comienza cuando finalmente deja de intentar controlar cada regla.
Maya nunca fue la mujer de los sábados.
Fue la persona que consiguió que Julian entendiera que, por primera vez en su vida, había algo que no quería controlar.
Solo quería cuidar.
Y quedarse.