—Ella y el bebé vendrán conmigo.
Me quedé mirándolo.
—¿Perdón?
Ethan no cambió de expresión.
—No vas a salir de este aeropuerto sola.
Miré a Sophie.
—No necesito que me rescaten.
—No estoy intentando rescatarte.
Se inclinó ligeramente hacia mí.
—Estoy intentando mantenerte con vida.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
Ethan miró hacia el pasillo.
Uno de sus hombres se acercó y le susurró algo al oído.
La mandíbula de Ethan se tensó.
—Porque alguien sabía que tú estarías en este vuelo.
Sentí que el cansancio desaparecía de golpe.
—¿Qué?
—Y esa persona no estaba interesada en mí.
Miró a Sophie.
—Estaba interesada en tu hija.
Apreté a mi bebé contra el pecho.
—No entiendo.
—Lo sé.
Ethan tomó asiento frente a mí.
—Y eso es exactamente lo que me preocupa.
Cuando aterrizamos en Chicago, un vehículo negro nos esperaba en una zona privada del aeropuerto.
Yo quería negarme.
Quería tomar un taxi, ir al hotel de mi hermana y fingir que aquella noche nunca había ocurrido.
Pero entonces Ethan me mostró una fotografía.
Era Sophie.
Dormida en mis brazos.
Tomada horas antes, dentro del avión.
La fecha y la hora aparecían debajo.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Quién tomó esa foto?
—Eso estoy intentando descubrir.
—¿Me estaban siguiendo?
—Desde Los Ángeles.
Miré a mi hija.
—¿Por qué?
Ethan guardó el teléfono.
—Eso es lo que vamos a averiguar.
Llegamos a una casa enorme en las afueras de Chicago.
No parecía una casa de un hombre peligroso.
Parecía un hotel privado.
Ethan me indicó una habitación.
—Puedes descansar aquí.
—No voy a quedarme.
—Rachel.
Me sorprendió que supiera mi nombre.
—¿Cómo sabes quién soy?
—Investigué antes de ofrecerte ayuda.
—¿Investigaste mi vida?
—Necesitaba saber si eras una amenaza.
Solté una risa nerviosa.
—¿Yo?
—No.
Me miró.
—Tu situación.
Antes de que pudiera responder, Sophie comenzó a llorar.
Ethan se quedó quieto.
Yo empecé a mecerla.
—Está bien, cariño.
Pero estaba demasiado agotada.
Mis brazos temblaban.
Entonces Ethan extendió las manos.
—Dámela.
Esta vez no tuve miedo.
Se la entregué.
Ethan sostuvo a Sophie con una naturalidad que me sorprendió.
Ella dejó de llorar casi inmediatamente.
Lo miré.
—¿Tienes hijos?
Su expresión cambió.
—Tenía una hija.
Me quedé callada.
—Murió hace ocho años.
No supe qué decir.
—Lo siento.
Ethan miró a Sophie.
—Tenía casi la misma edad.
Entonces comprendí algo.
El hombre que Chicago temía no estaba mirando a mi hija como una posesión.
La estaba mirando como un recuerdo.
A la mañana siguiente, mi hermana llamó.
—Rachel, ¿dónde estás?
—En Chicago.
—¿Por qué no viniste al hotel?
Miré a Ethan.
—Tuve un problema.
Hubo silencio.
—¿Estás con alguien?
Antes de responder, escuché una voz masculina al fondo.
La voz de mi cuñado.
—Pregúntale si está con Callahan.
Mi corazón se detuvo.
Mi hermana volvió a hablar.
—Rachel… ¿qué sabes de Ethan Callahan?
Miré a Ethan.
Él ya estaba observándome.
—¿Por qué?
—Porque ayer alguien preguntó por ti.
—¿Quién?
—Un hombre que dijo trabajar para el hotel.
La llamada se cortó.
Ethan tomó mi teléfono.
—No vuelvas a llamar.
—Es mi hermana.
—Lo sé.
—¿Qué está pasando?
Él respiró profundamente.
—Creo que tu hermana no es quien crees.
Dos horas después, Ethan recibió un informe.
Lo leyó en silencio.
Después me miró.
—Tu vuelo a Chicago fue comprado con una tarjeta que no está a tu nombre.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—La reserva original se hizo hace tres semanas.
—Yo compré mi boleto ayer.
—Exactamente.
Me mostró el documento.
Alguien había comprado otro boleto a mi nombre.
En el mismo vuelo.
Mismo asiento.
Mismo nombre.
Pero con una diferencia.
El pasajero nunca había abordado.
Sentí que el estómago se me revolvía.
—¿Entonces alguien quería que yo estuviera en ese avión?
—Sí.
—¿Por qué?
Ethan negó lentamente.
—Todavía no lo sé.
Entonces recibió otro mensaje.
Su rostro cambió.

—Ahora sí.
Me mostró una fotografía.
Mi hermana aparecía entrando en un restaurante.
Junto a ella estaba un hombre que reconocí.
Mi antiguo jefe.
El dueño del restaurante donde había trabajado durante seis años.
—No puede ser.
Ethan asintió.
—Él fue quien pidió información sobre ti.
—¿Por qué?
—Porque alguien está buscando a tu hija.
Me quedé inmóvil.
—Pero ¿por qué Sophie?
Ethan tardó unos segundos en responder.
—Porque su padre dejó algo antes de morir.
Sentí que el corazón se me detenía.
—Mi esposo murió cuando Sophie tenía tres meses.
—Lo sé.
—No tenía dinero.
—No estoy hablando de dinero.
Ethan sacó una carpeta.
Dentro había una copia de un documento.
El nombre de mi esposo aparecía en la primera página.
Debajo había una firma.
—Tu marido trabajaba para una empresa que pertenecía a mi familia.
Lo miré confundida.
—Eso es imposible.
—No.
Ethan señaló una línea.
—Era contador.
Mi respiración se volvió pesada.
—Nunca me lo dijo.
—Porque descubrió algo.
Pasó la página.
—Una red de cuentas ocultas.
—¿Y qué tiene que ver Sophie?
Ethan señaló otra frase.
“La información completa está protegida mediante una clave genética.”
Miré a mi hija.
—No…
—Sí.
—¿Mi bebé?
Ethan asintió.
—Tu marido dejó la clave dentro de algo que solamente Sophie puede activar cuando sea mayor.
Me llevé una mano a la boca.
—¿Qué dejó?
Ethan cerró la carpeta.
—Eso no lo sabemos.
—Entonces ¿cómo lo encontramos?
—Alguien cree que tú lo sabes.
Esa tarde llegó la policía.
Pero Ethan no se sorprendió.
Un detective entró acompañado por dos agentes.
—Callahan.
—Detective Harris.
Se miraron como viejos enemigos.
El detective me observó.
—Señora Morales, necesitamos hablar con usted.
Ethan dio un paso.
—Aquí.
El detective negó.
—A solas.
—No.
—No eres su abogado.
Ethan sonrió ligeramente.
—No.
Luego miró a los agentes.
—Pero tampoco soy alguien que puedan ignorar.
El detective respiró profundamente.
—Tu hermana está desaparecida.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Qué?
—Encontramos su coche abandonado.
Ethan me miró.
Y por primera vez vi miedo real en sus ojos.
No por él.
Por mí.
—Rachel —dijo—, prepara tus cosas.
—¿A dónde vamos?
—A encontrar a tu hermana antes que ellos.
Subimos al vehículo.
Sophie dormía en mis brazos.
Yo miraba por la ventana sin entender cómo mi viaje familiar se había convertido en una pesadilla.
—Ethan.
—¿Sí?
—¿Quiénes son “ellos”?
No respondió inmediatamente.
Finalmente dijo:
—Personas que llevan años intentando destruir a mi familia.
—¿Y ahora quieren a mi hija?
—No.
Me miró.
—Ahora quieren lo que tu marido escondió.
—¿Y tú qué quieres?
Ethan sostuvo mi mirada.
—Quiero asegurarme de que nadie vuelva a quitarte a alguien que amas.
No dije nada.
Porque por primera vez desde que había abordado aquel avión, sentí que no estaba sola.
Llegamos a un antiguo almacén.
El detective Harris ya estaba allí.
Encontramos el coche de mi hermana.
Vacío.
En el asiento trasero había una bolsa.
Dentro estaba su teléfono.
Y una fotografía.
Era una fotografía antigua de mi esposo sosteniendo a Sophie recién nacida.
En la parte posterior había una frase escrita a mano:
“Rachel, si alguna vez llegas a ver esto, no confíes en nadie. Ni siquiera en Ethan.”
Levanté lentamente la mirada.
Ethan estaba detrás de mí.
Por primera vez, no supe si podía confiar en él.
Él leyó la nota.
No se defendió.
Solo dijo:
—Ahora entiendo por qué te encontraron.
—¿Qué