PARTE 2: EL HOMBRE QUE NO QUERÍA DEJARME IR

—¿Quién es tu prometido?

La pregunta de Nathaniel cayó sobre la mesa como una piedra.

Nadie se atrevió a responder.

Yo respiré profundamente.

—No es asunto tuyo, señor Foster.

Daniel abrió los ojos.

Marcus intentó ocultar una sonrisa.

Nathaniel, en cambio, permaneció completamente serio.

—Lo es si vas a abandonar la empresa por él.

—Mi vida no pertenece a la empresa.

—Nunca dije eso.

—Entonces deja de preguntarme.

Nathaniel apretó la mandíbula.

—Quiero saber quién es.

—¿Por qué?

Silencio.

Finalmente respondió:

—Porque durante seis años pensé que conocía todos los aspectos importantes de tu vida.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Conocías mi agenda.

Él bajó la mirada.

—También conocía tus hábitos.

—Eso no es conocerme.

Nathaniel se quedó callado.


Daniel, que hasta entonces había permanecido en silencio, miró a Marcus.

—Creo que deberíamos salir.

Marcus asintió.

Uno por uno, todos abandonaron la sala.

En menos de un minuto, Nathaniel y yo quedamos solos.

Él se acercó.

—¿Es real?

—¿Qué?

—El prometido.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—Sí.

Era mentira.

Pero no podía retractarme.

—¿Lo amas?

No respondí.

Nathaniel soltó una risa amarga.

—Entiendo.

—¿Qué entiendes?

—Que llevabas mucho tiempo esperando una razón para irte.

Lo miré.

—Sí.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste?

—Porque no tenía derecho a decirte que te amaba.

Sus ojos cambiaron.

—¿Qué acabas de decir?

Me di cuenta demasiado tarde.

Había hablado.

Después de seis años de silencio, finalmente había pronunciado la verdad.

Nathaniel dio un paso hacia mí.

—Evelyn.

Negué con la cabeza.

—No.

—Espera.

—No quiero hablar de esto.

Tomé mi bolso.

—Mañana entregaré todos los archivos de transición.

—No quiero tu renuncia.

Me detuve.

—No puedes rechazarla.

—Puedo.

—No.

Lo miré directamente.

—Porque esta vez no estoy pidiendo permiso.


A la mañana siguiente, mi oficina estaba llena de cajas.

Chloe entró corriendo.

—¿De verdad te vas?

—Sí.

—Pero el señor Foster rechazó tu renuncia.

Sonreí.

—No puede rechazar una decisión personal.

—¿Y qué vas a hacer?

—Voy a empezar de nuevo.

Entonces apareció Nathaniel en la puerta.

—Necesito hablar contigo.

Chloe salió inmediatamente.

Él cerró la puerta.

—Ayer dijiste que me amabas.

No respondí.

—¿Desde cuándo?

—Hace años.

Nathaniel se quedó inmóvil.

—¿Por qué nunca dijiste nada?

—Porque eras mi jefe.

—Eso no explica seis años.

—Sí explica seis años.

Respiré profundamente.

—Tú eras mi jefe. Yo era tu empleada. Había una línea que no quería cruzar.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy cruzando la puerta de salida.

Nathaniel me miró.

—No quiero que te vayas.

—Lo sé.

—No, Evelyn. No lo sabes.

Su voz se quebró ligeramente.

—No quiero que te vayas porque no puedo imaginar esta empresa sin ti.

Sonreí con tristeza.

—Aprenderás.

—No estoy hablando de la empresa.

El silencio nos envolvió.


Aquella tarde recibí una llamada de Marcus.

—Evelyn, tengo una propuesta.

—¿Trabajo?

—Sí. Directoría de operaciones.

Me reí.

—¿No era asistente administrativa?

—Eras demasiado buena para ese puesto hace años.

Acepté reunirme con él.

Antes de salir, Nathaniel apareció.

—¿Vas a trabajar para Marcus?

—Probablemente.

—¿Es él tu prometido?

Lo miré.

—No.

Nathaniel soltó el aire.

—Entonces dime quién es.

—No existe.

Su expresión quedó completamente inmóvil.

—¿Qué?

—Nunca hubo prometido.

—Entonces mentiste.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba una razón para marcharme sin admitir que llevaba seis años enamorada de un hombre que probablemente nunca me vería de esa manera.

Nathaniel se acercó lentamente.

—Evelyn.

—No quiero compasión.

—No te tengo lástima.

—Entonces, ¿qué sientes?

Me miró durante varios segundos.

—Pánico.


Dos días después, Nathaniel canceló públicamente cualquier rumor sobre su supuesto compromiso con Charlotte.

Daniel apareció en mi apartamento aquella misma noche.

—Tengo una pregunta.

—¿Cuál?

—¿Sabías que Nathaniel nunca estuvo comprometido con Charlotte?

—No.

—Entonces alguien inició ese rumor deliberadamente.

Mi expresión cambió.

—¿Quién?

Daniel negó.

—Todavía no lo sé.

Al día siguiente apareció la respuesta.

Charlotte Sinclair había sido quien había difundido el rumor.

No porque Nathaniel quisiera casarse con ella.

Sino porque ella llevaba meses intentando conseguir una posición dentro del consejo de administración de Foster Holdings.

Utilizó el supuesto compromiso para acercarse a la familia.

Cuando Nathaniel descubrió la verdad, rompió cualquier relación profesional con ella.


Un mes después, mi último día en Foster Holdings llegó.

Recogí la última caja.

Antes de marcharme, pasé por el despacho de Nathaniel.

Él estaba junto a la ventana.

—¿Es realmente tu último día?

—Sí.

—¿Y vas a trabajar con Marcus?

—Sí.

Asintió.

—Entonces tengo algo para ti.

Me entregó una carpeta.

Dentro había una carta.

No era un contrato.

Era una renuncia.

La suya.

—¿Qué haces?

—Voy a dejar el cargo de director ejecutivo durante seis meses.

—¿Por qué?

—Porque necesito descubrir quién soy cuando no estoy trabajando.

Lo miré sorprendida.

—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

—Todo.

Respiró profundamente.

—Durante seis años te traté como alguien indispensable para mi trabajo.

—Nathaniel…

—Ahora quiero conocerte como mujer.

No supe qué responder.

Él continuó:

—No quiero que seas mi secretaria.

—Entonces, ¿qué quieres?

—Quiero invitarte a cenar.

Sonreí.

—¿Como jefe?

—No.

Hizo una pausa.

—Como hombre.


Acepté.

No porque hubiera esperado ese momento durante seis años.

Sino porque, por primera vez, no había una relación de poder entre nosotros.

No había un escritorio.

No había una agenda.

No había llamadas a medianoche.

Solo dos personas sentadas frente a frente intentando descubrir si aquello que había permanecido oculto durante tanto tiempo podía convertirse en algo real.

Meses después, caminábamos juntos por el mismo club donde Daniel había anunciado aquel supuesto compromiso.

Nathaniel tomó mi mano.

—¿Te arrepientes de haber renunciado?

Miré alrededor.

—Ni un poco.

—¿Y de haber mentido sobre tu prometido?

Sonreí.

—Un poco.

—¿Por qué?

—Porque ahora sé que podría haberte dicho la verdad.

Nathaniel apretó suavemente mi mano.

—Quizá necesitábamos perdernos para encontrarnos.

Lo miré.

—Eso suena demasiado romántico para ti.

Se rio.

—Estoy aprendiendo.

Y aquella vez, cuando me preguntó:

—Evelyn, ¿puedo verte mañana?

No había ninguna orden detrás de la pregunta.

Solo una elección.

La mía.

Y la suya.

Por primera vez en seis años, no tenía que ser su secretaria.

No tenía que organizar su vida.

No tenía que esconder mis sentimientos.

Podía simplemente ser Evelyn.

Y decidir si quería caminar a su lado.

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