PARTE 2: EL ENEMIGO QUE TERMINÓ CONVIRTIÉNDOSE EN MI ESPOSO

A las nueve en punto llegué al registro civil.

Nathan ya estaba allí.

Llevaba un abrigo oscuro, dos cafés y una expresión demasiado tranquila para un hombre que estaba a punto de casarse con su enemiga de toda la vida.

—Llegas tarde.

Miré el reloj.

—Son las ocho cincuenta y siete.

—Tres minutos tarde.

—Todavía no estamos casados y ya empezaste a molestarme.

Sonrió.

—Perfecto. Significa que sigues siendo tú.

Entramos juntos.

No hubo flores.

No hubo fotógrafos.

No hubo una multitud de familiares.

Solo dos firmas, dos documentos y una decisión que ninguno de los dos pensó demasiado.

Cuando salimos, Nathan me entregó una pequeña caja.

—¿Qué es?

—Ábrela.

Dentro había un anillo sencillo.

Lo miré sorprendida.

—No hacía falta.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo compraste?

Me sostuvo la mirada.

—Porque no quería que nuestro primer matrimonio pareciera un trámite.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—Nathan…

—No te preocupes. No voy a pedirte que me ames hoy.

—¿Y mañana?

—Mañana tampoco.

Se inclinó ligeramente.

—Pero algún día quizá tengas que reconsiderarlo.


La noticia tardó menos de tres horas en llegar a las familias.

Mi madre fue la primera en llamarme.

—¡Clara! ¿Te casaste?

—Sí.

—¿Con quién?

—Nathan.

Hubo un silencio tan largo que pensé que se había cortado la llamada.

—¿Nathan Zhou?

—El mismo.

—¡Tu enemigo de toda la vida!

—Ahora es mi esposo.

Mi madre no supo qué decir.

Luego escuché a mi padre al fondo:

—¡Pregúntale si está segura!

—¡Papá está preguntando si estás segura!

—Estoy segura.

Y por primera vez, decirlo no me dio miedo.


Gabriel llamó cuarenta y siete veces.

No contesté.

Después llegaron los mensajes.

“Clara, esto no tiene sentido.”

“¿Te casaste con Nathan?”

“¿Estás intentando vengarte de mí?”

“Olivia y yo todavía tenemos cosas que resolver.”

El último llegó cerca de medianoche.

“Te dije que iba a divorciarme.”

Lo leí.

Luego bloqueé su número.

No sentí nada.

Ni tristeza.

Ni rabia.

Solo una tranquilidad que no había conocido en años.


Al día siguiente, Gabriel apareció frente a mi casa.

Nathan abrió la puerta.

Los dos hombres se miraron.

Gabriel se quedó inmóvil.

—¿Tú?

Nathan sonrió.

—Yo.

—¿Dónde está Clara?

—Dentro.

—Necesito hablar con ella.

Nathan se apoyó en el marco.

—Entonces pide una cita.

Gabriel apretó los dientes.

—Esto es un error.

—Probablemente.

—Ella y yo tenemos una historia.

—Ahora tiene una historia conmigo.

Gabriel miró el anillo de Nathan.

Después el mío.

Su expresión cambió.

—Clara nunca quiso casarse contigo.

La voz de Nathan perdió toda diversión.

—Y tú tampoco quisiste casarte con ella.

Silencio.

—La querías disponible.

Gabriel palideció.

—No sabes nada.

—Sé suficiente.


Entré en el vestíbulo.

—Gabriel.

Él se volvió inmediatamente.

—Clara, por fin.

—¿Qué quieres?

—Quiero que anules esto.

Miré a Nathan.

Después a Gabriel.

—No.

—No puedes estar hablando en serio.

—Estoy completamente seria.

Gabriel bajó la voz.

—Lo nuestro duró cuatro años.

—Y tú elegiste a otra mujer.

—Fue una situación complicada.

—No.

Negué.

—Fue una decisión sencilla. Te casaste con ella.

—Porque tenía que protegerla.

—Y yo tuve que protegerme de ti.

Gabriel se quedó callado.

—No vuelvas a buscarme.

Cerré la puerta.


Tres días después, Olivia apareció.

No vino a pelear.

Vino llorando.

—Clara, necesito hablar contigo.

La dejé entrar.

Se sentó frente a mí.

—Gabriel dijo que tú sabías que nuestro matrimonio sería temporal.

—No.

Ella bajó la mirada.

—Él dijo que tú lo apoyabas.

—Eso tampoco es cierto.

Olivia comenzó a llorar.

—Entonces me mintió.

No respondí.

Porque sí.

Le había mentido a ella también.

Pero eso ya no era asunto mío.

—Quiero que sepas algo —dije—. No voy a interferir en tu matrimonio.

Ella levantó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque ya no quiero nada de Gabriel.


Una semana después, Nathan me llevó a una cena familiar.

Todos me conocían.

Y todos sabían que durante años habíamos discutido por absolutamente todo.

Su padre levantó una copa.

—Nunca pensé que estos dos terminarían casados.

Nathan me miró.

—Yo tampoco.

—¿Te arrepientes?

Él respondió sin apartar los ojos de mí.

—Todavía no.

Todos rieron.

Yo le di una patada debajo de la mesa.

Él sonrió.

Por primera vez, nuestra vieja rivalidad ya no dolía.

Era simplemente parte de nuestra historia.


Un mes después, Gabriel solicitó oficialmente el divorcio de Olivia.

No me llamó.

No me buscó.

Y yo no pregunté qué había ocurrido.

Por primera vez, su vida ya no ocupaba espacio en mi cabeza.

Mi vida estaba demasiado llena.

Nathan trabajaba demasiado.

Yo también.

Discutíamos por quién debía pagar las facturas.

Nos peleábamos por la temperatura del aire acondicionado.

Competíamos por quién llegaba primero a casa.

Y, poco a poco, descubrí algo inesperado.

El hombre que había conocido toda mi vida era también el único que parecía conocerme de verdad.

Sabía cuándo estaba fingiendo estar bien.

Sabía cuándo necesitaba silencio.

Sabía que odiaba las flores demasiado perfumadas.

Recordaba el té que tomaba.

Y nunca me pidió que fuera “generosa” con alguien que me estaba utilizando.


Una noche, meses después, Nathan estaba preparando té en la cocina.

Lo observé desde la puerta.

—Nathan.

—¿Sí?

—¿Por qué aceptaste casarte conmigo tan rápido?

Se quedó quieto.

Luego dejó la taza sobre la mesa.

—Porque llevaba muchos años esperando que me dieras una oportunidad.

Me quedé inmóvil.

—¿Desde cuándo?

—Desde que teníamos diecinueve.

—Eso es imposible.

—No.

Sonrió.

—Tú eras demasiado distraída.

—¿Y nunca dijiste nada?

—¿Para qué?

—Podrías haberlo dicho.

—Y tú habrías pensado que era otra de nuestras bromas.

Tenía razón.

Bajé la mirada.

—Nathan…

Él se acercó.

—No tienes que responder.

—Pero quiero hacerlo.

Levanté los ojos.

—Creo que me estoy enamorando de ti.

Nathan se quedó completamente inmóvil.

—¿Crees?

Sonreí.

—No abuses.

Él soltó una risa.

—Demasiado tarde.


Un año después, renovamos nuestros votos.

Esta vez sí hubo una ceremonia.

Mi madre lloró.

Mi padre dio un discurso interminable.

Los amigos de Nathan hicieron apuestas sobre cuánto tardaríamos en discutir.

Y yo caminé hacia él sabiendo exactamente por qué estaba allí.

No porque alguien necesitara una novia falsa.

No porque una familia quisiera salvar las apariencias.

No porque un hombre prometiera divorciarse de otra mujer algún día.

Sino porque yo había elegido.

Cuando Nathan tomó mi mano, susurró:

—¿Sigues pensando que soy tu peor enemigo?

Sonreí.

—No.

—¿Entonces qué soy?

Lo miré.

—El hombre que llegó cuando dejé de esperar al equivocado.

Nathan sonrió.

Y mientras todos aplaudían, comprendí que aquella boda no había sido una venganza.

Había sido una segunda oportunidad.

Solo que esta vez, yo había elegido al hombre con quien quería compartirla.

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