PARTE 2: ENCONTRÉ LA FOTO QUE CREÍ QUE DESTRUIRÍA MI MATRIMONIO, PERO EL SECRETO DE GU SHEN CAMBIÓ TODO LO QUE SABÍA DE ÉL

Siete días antes de que terminara mi contrato, dejé de intentar descubrir quién era la mujer de la fotografía.

No porque hubiera dejado de pensar en ella.

La veía cada vez que cerraba los ojos.

Gu Shen arrodillado frente a ella.

El anillo.

La expresión de su rostro.

Durante cuatro años había creído que yo era una excepción en su vida.

Ahora pensaba que simplemente había sido una sustituta.

Por eso, cuando la familia Gu me llamó a cenar dos días después, ya sabía lo que iba a ocurrir.

La señora Gu sonrió mientras colocaba una taza de té frente a mí.

—Queremos hablar de tu futuro.

Bajé la mirada.

—Mi contrato termina en cinco días.

—Precisamente.

El padre de Gu Shen deslizó una carpeta sobre la mesa.

—Queremos renovarlo.

No toqué la carpeta.

—No.

El silencio cayó sobre la habitación.

La señora Gu parpadeó.

—¿No?

—No voy a renovar.

—¿Por qué?

Levanté la cabeza.

—Porque cuatro años son suficientes.

Ella intercambió una mirada con su esposo.

—¿Gu Shen te dijo algo?

—No.

—Entonces, ¿por qué de repente quieres marcharte?

Sonreí.

—Porque finalmente entendí cuál era mi lugar.

El padre de Gu Shen frunció el ceño.

—Tú nunca fuiste una empleada.

—Pero fui contratada.

Nadie respondió.

Me levanté.

—Agradezco todo lo que hicieron por mí y por mi hermana. Cumpliré hasta el último día del contrato.

—¿Y después?

—Después volveré a mi vida.

Cuando salí de la mansión, respiré profundamente.

Pensé que sentiría alivio.

No lo sentí.

Sentí miedo.

Porque durante cuatro años mi vida había girado alrededor de una persona.

Y ahora tenía que aprender a imaginarla sin él.


La noche siguiente, Gu Shen llegó mucho antes de lo habitual.

Yo estaba guardando mis cosas.

—¿Te vas?

Su voz hizo que me detuviera.

—Cuando termine el contrato.

—¿Por qué?

—Ya lo sabes.

Se acercó.

—No.

—La fotografía.

Su expresión cambió.

—Te dije que no era lo que pensabas.

—Nunca me dijiste qué era.

—Porque quería explicártelo cuando estuviera seguro.

Solté una pequeña risa.

—Han pasado cuatro años.

—Lo sé.

—Entonces ya no necesitas estar seguro.

Me miró durante unos segundos.

—La mujer de la fotografía murió.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—¿Qué?

Gu Shen bajó la mirada.

—Se llamaba Lin Yue.

Guardé silencio.

—Era mi prometida.

La palabra me dolió más de lo que esperaba.

—¿Tu prometida?

—Sí.

Se sentó frente a mí.

—Tenía dieciocho años cuando la conocí. Nuestras familias habían acordado el matrimonio, pero terminamos queriéndonos de verdad.

Miré mis manos.

—Entonces sí podías amar.

—Sí.

—¿Y qué pasó?

Gu Shen tardó unos segundos en responder.

—Murió en un accidente antes de que pudiéramos casarnos.

No supe qué decir.

—Lo siento.

—Después de aquello, mi familia dejó de hablar de matrimonio. Yo tampoco quería hacerlo.

—Hasta que aparecí yo.

—Hasta que apareciste tú.

Me levanté.

—Eso no cambia nada.

—Para mí sí.

—Gu Shen…

—Déjame terminar.

Su voz era tranquila, pero firme.

—Cuando la familia me propuso el contrato contigo, acepté porque pensé que sería sencillo. Un año. Sin sentimientos.

Me miró directamente.

—Pero el primer año terminó y no quise que te fueras.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—Entonces renovaste.

—Sí.

—Y después otra vez.

—Sí.

—¿Por qué?

Gu Shen respiró profundamente.

—Porque contigo no sentía que estaba reemplazando a nadie.

No respondí.

—Tú nunca intentaste convertirte en Lin Yue —continuó—. Nunca preguntaste por ella. Nunca intentaste competir con un recuerdo. Simplemente eras tú.

—Pero nunca me dijiste que me querías.

Su expresión se suavizó.

—Porque tenía miedo.

—¿De qué?

—De confundir el amor con la culpa.

Me quedé inmóvil.

—¿Culpa?

—Durante años pensé que, si volvía a amar, estaría traicionando a alguien que había perdido.

Bajó la mirada.

—Entonces apareciste tú y descubrí que el corazón no funciona así.

Sentí lágrimas en los ojos.

Pero todavía había algo que no comprendía.

—¿Por qué conservabas la fotografía?

Gu Shen se levantó.

—Ven conmigo.


Entramos en su despacho.

Se acercó al cuadro y retiró el marco.

Detrás había un compartimento pequeño.

Sacó un sobre antiguo.

—Nunca había abierto esto contigo.

Me lo entregó.

Dentro había una carta.

La letra era delicada.

La firma decía: Lin Yue.

Leí lentamente.

La carta no hablaba de Gu Shen.

Hablaba de una niña.

Una niña que Lin Yue había conocido en un hospital.

Una niña huérfana que necesitaba una operación urgente.

Al final de la carta había un nombre.

El mío.

Levanté la mirada.

—¿Qué significa esto?

Gu Shen cerró los ojos.

—Lin Yue conoció a tu hermana.

Me quedé completamente inmóvil.

—¿A mi hermana?

—Sí.

—¿Cómo?

—La operación que necesitaba tu hermana cuando era pequeña fue pagada por una fundación.

Recordé aquellas facturas.

Durante años habíamos creído que el dinero había procedido de un programa de ayuda anónimo.

—La fundación era de Lin Yue.

Gu Shen asintió.

—Ella murió antes de poder conocerte.

Me senté lentamente.

—Entonces…

—Cuando tu familia necesitó dinero años después, mi abuela reconoció tu nombre.

Lo miré.

—¿La familia Gu me eligió por eso?

—En parte.

—¿No porque fuera huérfana?

Gu Shen negó.

—Eso fue lo que te dijeron.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Entonces quién tomó la decisión?

—Mi abuela.

—¿Por qué?

Gu Shen sacó otro documento.

—Porque Lin Yue dejó una instrucción.

Lo leí.

La carta decía que, si algún día la familia de aquella niña necesitaba ayuda, la familia Gu debía ayudarla.

No por deuda.

No por obligación.

Simplemente porque Lin Yue había creído que una vida salvada podía convertirse en otra oportunidad.

Me cubrí la boca.

Durante cuatro años había pensado que mi existencia en aquella mansión era producto de un contrato frío.

Pero había una historia mucho más antigua detrás.

—¿Por qué nunca me contaste esto?

—Porque al principio no lo sabía.

—¿Cuándo lo descubriste?

—Hace un año.

Me quedé mirándolo.

—¿Hace un año?

—Sí.

—¿Y guardaste silencio?

—Porque para entonces ya no quería que permanecieras conmigo por gratitud.

Mi voz se quebró.

—¿Y qué querías?

Gu Shen se acercó.

—Que te quedaras porque quisieras.


Al día siguiente hice algo que nunca había hecho.

Fui a visitar a mi hermana.

Ella ya conocía parte de la historia.

Cuando le conté lo de Lin Yue, permaneció en silencio durante mucho tiempo.

—¿Recuerdas aquella operación? —pregunté.

Ella sonrió.

—Recuerdo a una mujer que venía a verme.

—¿Lin Yue?

—Sí.

Sentí un escalofrío.

—¿La conociste?

—Era muy amable.

Mi hermana miró por la ventana.

—Una vez me dijo que algún día tendrías una vida mejor que la nuestra.

Las lágrimas comenzaron a caerme.

—Nunca me lo dijiste.

—Porque era demasiado joven para entenderlo.

Entonces mi hermana tomó mi mano.

—Quizá esa mujer no desapareció de tu vida. Quizá simplemente dejó algo detrás.

Aquella noche regresé a la mansión.

Gu Shen estaba esperándome.

—¿Vas a firmar la renovación?

Me quedé frente a él.

—No.

Su expresión se apagó.

Pero antes de que pudiera hablar, continué:

—No quiero renovar nuestro contrato.

Guardó silencio.

—Quiero terminarlo.

Asintió lentamente.

—De acuerdo.

—Y después quiero preguntarte algo.

Me miró.

—¿Qué?

—Si no existiera ningún contrato, ¿me pedirías que me quedara?

Por primera vez desde que lo conocía, Gu Shen parecía nervioso.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque te amo.

Las palabras fueron sencillas.

Sin discursos.

Sin promesas exageradas.

Solo verdad.

Me quedé mirándolo.

—¿Desde cuándo?

Sonrió débilmente.

—No lo sé.

—Eso no es una respuesta.

—Quizá desde la primera vez que te vi discutir con mi abuela porque había insultado a una empleada.

Me reí.

—Eso fue durante nuestra segunda semana.

—Lo recuerdo.

—Pensé que me odiabas.

—Me impresionaste.

—No parece muy romántico.

—Nunca he sido bueno con eso.

Nos quedamos en silencio.

Después extendió la mano.

—Entonces, ¿qué hacemos ahora?

Miré su mano.

Durante cuatro años había sido una mujer contratada.

Una cifra.

Un nombre en un documento.

Pero aquella noche podía elegir.

Tomé su mano.

—Empezamos desde cero.


Tres meses después, mi antiguo contrato quedó oficialmente terminado.

No hubo renovación.

No hubo un millón de yuanes.

No hubo condiciones.

Gu Shen y yo comenzamos a salir como dos personas normales, algo que resultó mucho más difícil de lo que imaginábamos.

Él no sabía elegir restaurantes.

Yo no sabía cómo aceptar regalos sin preguntar cuánto costaban.

Él intentaba planear citas.

Yo me burlaba de sus planes.

Y, por primera vez, ninguno de los dos tenía que fingir.

Un año después, regresamos al mismo despacho.

Gu Shen tomó la fotografía de Lin Yue y la colocó sobre el escritorio.

—Creo que ya no necesito esconderla.

Sonreí.

—Nunca necesitaste hacerlo.

—¿Estás segura?

—Sí.

Miré la fotografía.

La mujer que había temido durante meses ya no parecía una rival.

Parecía alguien que había dejado una pequeña luz encendida mucho antes de que yo llegara.

Gu Shen sacó una pequeña caja.

Mi corazón se aceleró.

—¿Qué es eso?

—Esta vez no hay contrato.

Abrió la caja.

Dentro había un anillo.

No era enorme.

No tenía un diamante exagerado.

Era sencillo.

Elegante.

—Quiero preguntarte algo —dijo.

—¿Qué?

—Si mañana desapareciera todo el dinero de mi familia, ¿seguirías conmigo?

Sonreí.

—Probablemente.

—¿Probablemente?

—Depende.

—¿De qué?

—De si todavía sabes preparar el desayuno.

Se rio.

—Entonces tendré que aprender.

Miré el anillo.

Después lo miré a él.

—Sí.

No porque necesitara un millón de yuanes.

No porque la familia Gu me hubiera elegido.

No porque una mujer del pasado hubiera dejado una promesa que conectara nuestras vidas.

Lo elegí porque, después de cuatro años viviendo dentro de un contrato, finalmente podía decir que me quedaba sin que nadie me lo exigiera.

Gu Shen deslizó el anillo en mi dedo.

Y mientras cerraba la caja con la fotografía de Lin Yue, comprendí por fin la verdad que había estado escondida durante tanto tiempo.

Yo nunca había sido la sustituta de la mujer de aquella fotografía.

Había sido la persona a la que ella había ayudado mucho antes de que Gu Shen y yo nos conociéramos.

Y el millón de yuanes con el que comenzó nuestra historia terminó siendo lo menos importante de todo.

Porque algunas personas entran en tu vida por un contrato.

Y otras se quedan cuando el contrato deja de existir.

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