PARTE 2: ESTA VEZ, ELEGÍ MI PROPIA VIDA

Me alejé del río sin mirar atrás.

No tenía dinero.

No tenía planes.

Y, por primera vez, tampoco tenía un esposo al que complacer.

Solo tenía dieciocho años y el recuerdo de cincuenta años de una vida que todavía no había sucedido.

Llegué a casa antes del anochecer.

Mi madre abrió la puerta y palideció al verme empapada.

—¡Claire! ¿Qué ocurrió?

—Caí al río.

—¿Y William?

La pregunta me hizo sonreír.

—Está con Olivia.

Mi madre no entendió.

Yo sí.

Esa noche saqué de mi armario todas las cartas que William me había enviado durante nuestra infancia.

Las leí una por una.

Después las quemé.

No porque quisiera olvidar.

Sino porque ya no necesitaba demostrar que alguna vez me había amado.


A la mañana siguiente fui a la oficina de admisiones de la universidad.

En mi vida anterior había abandonado mis estudios después de casarme.

Esta vez no.

—Quiero solicitar una transferencia —dije.

La secretaria levantó la mirada.

—¿Qué carrera?

Miré el formulario.

—Medicina.

Mi madre se sorprendió cuando se lo conté.

—¿Y William?

—No sé.

—Pero sus familias…

—Mamá, no voy a casarme con alguien solo porque nuestras familias lo decidieron.

Ella guardó silencio.

Entonces preguntó:

—¿Lo amas?

Pensé en el hombre que había vivido cincuenta años junto a mí mientras deseaba a otra.

—No.

Aquella fue la primera mentira que dije sobre William.

Porque todavía lo amaba.

Pero ya no pensaba convertir ese amor en una condena.


Mientras tanto, William y Olivia se volvieron inseparables.

El pueblo entero hablaba de ellos.

Decían que el destino finalmente los había unido.

Yo no participé en los comentarios.

Estudiaba.

Trabajaba por las tardes.

Y cada vez que podía, practicaba natación.

El río me había enseñado algo importante:

no podía depender de que alguien me salvara.

Dos meses después recibí una carta.

Era de William.

“Claire, necesitamos hablar.”

La rompí.

Una semana después llegó otra.

“¿Por qué estás evitando a nuestras familias?”

También la rompí.

La tercera decía:

“Sé que recuerdas.”

Me quedé inmóvil.

Entonces comprendí.

William no había salvado a Olivia por accidente.

También recordaba nuestra vida anterior.

Y, aun así, la había elegido.

Guardé la carta.

No respondí.


Un año después, me aceptaron en la universidad.

Me mudé a otra ciudad.

Por primera vez vivía sola.

No sabía que William había estado preguntando por mí.

Tampoco sabía que Olivia había comenzado a sentir miedo.

Porque el hombre que había elegido durante dos vidas estaba cambiando.

No porque me amara.

Sino porque comenzaba a comprender lo que había perdido.


Cinco años después, me gradué.

Mi madre lloró durante toda la ceremonia.

Yo también.

Pero entre los invitados había una persona que no esperaba ver.

William.

Cuando terminó la ceremonia, se acercó.

—Claire.

Lo miré.

Ya no era el muchacho que recordaba.

Pero tampoco era el anciano de aquella cena.

Era un hombre atrapado entre dos vidas.

—Felicidades —dijo.

—Gracias.

—¿Puedo hablar contigo?

—Cinco minutos.

Se sentó frente a mí.

—¿Por qué nunca regresaste?

Sonreí.

—Porque tú elegiste a Olivia.

—Pensé que eso era lo que querías.

—No.

Lo miré directamente.

—Lo que quería era que alguien me eligiera sin necesitar perder a otra persona.

William bajó la mirada.

—Yo recuerdo todo.

—Lo sé.

—En nuestra primera vida fui cruel contigo.

—Sí.

—Y después de volver, pensé que si salvaba a Olivia todo sería diferente.

—¿Lo fue?

Tardó en responder.

—No.


Entonces me contó la verdad.

Olivia también recordaba la vida anterior.

Pero había omitido una parte.

En la primera vida, ella había provocado deliberadamente la prueba del río porque quería demostrar que William la elegiría.

En esta vida, había intentado repetir la historia.

Solo que esta vez William había llegado a tiempo.

Y había comprendido quién era realmente.

—¿Sigues con ella? —pregunté.

William negó.

—Terminamos hace dos años.

No sentí alegría.

Solo indiferencia.

—Lo siento.

—Claire…

—No regreses por mí.

Él se quedó callado.

—No soy la mujer que dejaste atrás.

—Lo sé.

—Y tampoco quiero serlo.


Pasaron otros diez años.

Me convertí en médica.

Construí una clínica junto al río.

No por William.

Por mí.

Porque quería que el lugar que una vez había representado mi muerte se convirtiera en un lugar donde otras personas encontraran una segunda oportunidad.

Un día, William apareció frente a la clínica.

Ya tenía el cabello gris.

—¿Puedo entrar?

—Es tu decisión.

Sonrió.

—Siempre fuiste así.

—¿Así cómo?

—Más fuerte de lo que yo merecía.

Lo dejé entrar.

Hablamos durante una hora.

No hubo promesas.

No hubo reconciliación.

Solo dos personas que finalmente podían mirar el pasado sin permitir que los gobernara.

Antes de irse, William preguntó:

—¿Alguna vez me perdonaste?

Pensé en la cena.

En la espina.

En el libro.

En el río.

En cincuenta años desperdiciados.

—Sí.

Sus ojos se humedecieron.

—¿Entonces podemos…?

Negué.

—Perdonarte no significa volver contigo.

Él asintió.

Esta vez lo entendió.


Muchos años después, regresé al río.

Ya era anciana.

Llevaba flores.

Las dejé sobre la orilla y sonreí.

Recordé a la joven que había salido de aquellas aguas pensando que necesitaba que alguien la salvara.

Pero no.

Yo me había salvado a mí misma.

En la primera vida, William eligió a Olivia.

En la segunda, también.

Y durante mucho tiempo pensé que eso significaba que yo había perdido.

Ahora sabía la verdad.

No había perdido a William.

Había ganado mi vida.

Miré el agua tranquila.

—Gracias —susurré.

No sabía si se lo decía al destino, al río o a la mujer que había sido.

Después me di la vuelta.

Y caminé hacia casa.

Sin esperar a nadie.

Sin mirar atrás.

Porque algunas segundas oportunidades no existen para recuperar a la persona que perdimos.

Existen para convertirnos en la persona que nunca nos permitimos ser.

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