PARTE 2: ESTA VEZ, YO ELEGÍ SOBREVIVIR

Siete días después, dejé el hospital.

No esperé a que Adrian me preguntara por qué.

No le expliqué mi diagnóstico.

No le conté que el nuevo centro médico había aceptado cubrir mi tratamiento.

Y, sobre todo, no le dije que estaba embarazada.

En mi vida anterior, había perdido al bebé pocas semanas después de enterarme.

Había estado demasiado enferma para soportar el tratamiento y demasiado preocupada por Adrian para pensar en mí.

Esta vez sería diferente.

Cuando llegué a la estación, recibí un mensaje suyo.

“¿Dónde estás?”

Lo miré durante unos segundos.

Después apagué el teléfono.


Mi nueva vida comenzó en una ciudad donde nadie conocía mi apellido.

El centro médico era pequeño comparado con el hospital donde había trabajado con Adrian, pero allí nadie me preguntaba por qué no quería hacer horas extras ni por qué necesitaba descansar.

Mi supervisora simplemente dijo:

—Tu salud importa tanto como tu carrera.

Aquella frase casi me hizo llorar.

Durante los siguientes meses seguí el tratamiento.

El embarazo avanzó.

Y por primera vez, cada decisión que tomaba era para mí.

Mientras tanto, Adrian y Clara se convirtieron en la pareja profesional que todos esperaban.

Sus investigaciones fueron publicadas.

Recibieron reconocimientos.

Su relación apareció incluso en una revista médica.

Yo vi una fotografía de ellos una tarde.

Adrian sonreía de la misma manera que había sonreído cuando hablaba de Clara en mi vida anterior.

No sentí celos.

Sentí alivio.

Por fin estaba exactamente donde quería estar: lejos de mí.


Pero seis meses después, recibí una llamada inesperada.

Era el antiguo hospital.

—Miriam, necesitamos que vengas a declarar.

—¿Sobre qué?

—El caso de Clara Evans.

Me quedé inmóvil.

La operación que en mi vida anterior había destruido la carrera de Clara estaba a punto de ocurrir.

Y yo conocía la verdad.

En la vida anterior, Adrian había modificado parte del protocolo para ayudarla a terminar una cirugía demasiado complicada.

Cuando algo salió mal, nadie asumió responsabilidad.

Clara fue señalada.

Adrian permaneció a su lado.

Y yo fui olvidada.

Esta vez no pensaba permitir que ocurriera.


Regresé al hospital una semana después.

Clara estaba en una sala de reuniones.

Adrian también.

Cuando me vio, se levantó inmediatamente.

—Miriam.

—Doctor Hale.

Mi tono fue completamente profesional.

Clara me observó.

—¿Por qué estás aquí?

—Para declarar.

Adrian frunció el ceño.

—¿Sobre qué?

Coloqué una carpeta sobre la mesa.

—Sobre el protocolo que utilizasteis.

Adrian abrió la primera página.

Su rostro cambió.

—¿De dónde sacaste esto?

—Lo revisé antes de irme.

—No sabías que había un problema.

—Ahora sí.

Clara comenzó a leer.

Después levantó lentamente la mirada.

—Esto demuestra que el procedimiento fue modificado.

Asentí.

—Y no por ti.

Adrian se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué estás diciendo?

—Que alguien introdujo una modificación después de que tú entregaras el protocolo.

Clara miró a Adrian.

—¿Fuiste tú?

Él no respondió.

El silencio fue suficiente.


La investigación comenzó inmediatamente.

Y, esta vez, Clara no perdió su carrera.

Adrian admitió haber alterado el procedimiento para intentar aumentar las posibilidades de éxito.

No lo hizo por maldad.

Pero tampoco podía seguir ocultándolo.

Clara recibió una sanción profesional, pero conservó su licencia.

Cuando salió de la reunión, se acercó a mí.

—Gracias.

—No lo hice por ti.

Ella sonrió tristemente.

—Lo sé.

Miró mi vientre.

—¿Estás embarazada?

Asentí.

Sus ojos se abrieron.

—¿Adrian lo sabe?

—No.

Clara permaneció en silencio.

—¿Lo amas?

La pregunta me sorprendió.

Pensé unos segundos.

—Amé a la persona que creí que era.

Ella bajó la mirada.

—Y ahora…

—Ahora me amo lo suficiente para no volver.


Adrian descubrió el embarazo poco después.

No por mí.

Por casualidad.

Había ido a una conferencia en mi nueva ciudad y me encontró saliendo del centro médico.

Su mirada bajó hacia mi vientre.

Se quedó completamente inmóvil.

—Miriam.

No respondí.

—¿Es mío?

Lo miré.

—Sí.

Su rostro perdió el color.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque en mi otra vida, cuando necesitaba que estuvieras conmigo, elegiste mirar a otra persona.

Él cerró los ojos.

—No sabía.

—Ese fue siempre el problema.

Se acercó un paso.

—Quiero arreglarlo.

Negué.

—No puedes arreglar quince años con una disculpa.

—Pero te amo.

Sentí un dolor extraño al escuchar aquellas palabras.

En mi vida anterior habría dado todo por escucharlas.

Ahora solo me parecieron tardías.

—Quizá.

Él me miró.

—¿Quizá?

—Quizá ahora me amas.

Respiré profundamente.

—Pero yo ya no te amo de la misma manera.

Adrian bajó la cabeza.


Mi hija nació ocho meses después.

La llamé Eva.

Era pequeña, saludable y tenía unos ojos enormes.

Cuando la sostuve por primera vez, lloré.

No de tristeza.

De alivio.

Había sobrevivido.

Ella había sobrevivido.

Y eso era suficiente.

Adrian estuvo presente en su vida.

No como esposo.

No como dueño de mi futuro.

Como padre.

Aprendió a respetar mis límites.

Nunca volvió a exigirme explicaciones.

Nunca volvió a compararme con Clara.

Y, con el tiempo, nuestra relación se volvió tranquila.

Pero nunca regresamos.


Años después, encontré una fotografía antigua.

Adrian aparecía en un quirófano.

Dos dedos descansaban sobre el bolsillo izquierdo de su bata.

El lugar donde alguna vez había guardado la fotografía de Clara.

La observé durante unos segundos.

Después la guardé.

Ya no me dolía.

Porque finalmente comprendí algo que en mi primera vida había tardado quince años en aprender:

No todas las historias de amor merecen una segunda oportunidad. Algunas segundas oportunidades existen para que tú tengas la posibilidad de elegirte a ti misma.

Adrian había elegido a Clara.

Yo había elegido sobrevivir.

Y esta vez, cuando el destino me puso frente a la misma puerta, no esperé a que alguien me escogiera.

La escogida fui yo.

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