Thomas dio un paso.
María dio dos.
La diferencia fue suficiente.
La oficial llegó primero a la escalera y se colocó entre Emily y su padre.
—Hola, cariño.
Su voz era tranquila.
—¿Puedo subir contigo?
Emily no respondió.
Solo asintió muy despacio.
Thomas dejó escapar una risa nerviosa.
—Oficial, está asustada. Ha tenido muchas pesadillas desde que murió su madre.
Daniel no apartó los ojos de él.
—¿Cuándo falleció su esposa?
Thomas dudó apenas un instante.
—Hace… tres años.
Daniel tomó nota mentalmente.
El expediente que Claire acababa de enviar al ordenador del patrullero decía otra cosa.
Cinco años.
No corrigió la mentira.
Todavía no.
María subió lentamente los escalones.
Cuando estuvo a la altura de Emily, se agachó para quedar a su misma altura.
—¿Puedo cargar a tu conejito un momento?
La niña negó rápidamente con la cabeza.
Lo abrazó todavía más fuerte.
—Está bien.
María sonrió con suavidad.
—No tienes que soltarlo.
Emily levantó lentamente la mirada.
Tenía un pequeño hematoma amarillento cerca del cuello.
Y otro más antiguo junto a la muñeca.
María sintió un nudo en el estómago.
—¿Te hiciste daño jugando?
Emily miró inmediatamente hacia abajo, donde su padre seguía observándolas.
Después repitió una frase que parecía aprendida de memoria.
—Soy muy torpe.
María había escuchado esa respuesta demasiadas veces.
Nunca salía de un niño.
Siempre salía de un adulto.
Mientras tanto, Daniel continuaba hablando con Thomas.
—¿Hay alguien más en la casa?
—No.
—¿Podemos echar un vistazo?
Thomas volvió a bloquear ligeramente el pasillo.
—¿De verdad es necesario?
En ese momento sonó la radio.
Claire hablaba desde la central.
—Unidad 12… seguimos recibiendo audio de la llamada.
Daniel levantó discretamente el volumen.
Durante unos segundos solo se escuchó ruido.
Después…
Una voz masculina.
Perfectamente clara.
—Si vuelves a contárselo a alguien, la serpiente te va a morder otra vez.
Toda la casa quedó en silencio.
Thomas perdió el color del rostro.
Daniel levantó lentamente la vista.
—¿Quiere explicar eso?
—Está sacado de contexto.
—¿Cuál contexto?
No respondió.
María ya estaba observando el pasillo del segundo piso.
La puerta del dormitorio infantil seguía abierta.
Había dibujos pegados en las paredes.
Muñecas.
Libros.
Todo parecía normal.
Hasta que vio una hoja de papel parcialmente escondida debajo de la cama.
Se acercó.
Era un dibujo hecho con crayones.
Una niña.
Un hombre grande.
Y una enorme serpiente negra rodeando al hombre.
La serpiente salía directamente de la entrepierna del dibujo masculino.
María sintió un escalofrío.
Emily apareció detrás de ella.
Miró el dibujo.

—Es la serpiente de papá…
Lo dijo con absoluta naturalidad.
Como si creyera que todos los padres tenían una.
María dejó el papel exactamente donde estaba.
No quería alterar ninguna prueba.
Respiró hondo.
—Emily…
La niña levantó los ojos.
—¿Quién te enseñó ese nombre?
Emily respondió sin pensar.
—Papá.
Abajo, Daniel seguía reteniendo a Thomas en la sala.
—Necesito que permanezca aquí.
—No tienen ninguna orden judicial.
—En este momento estoy investigando una posible situación de peligro para una menor.
Thomas dio un paso hacia la escalera.
—Quiero hablar con mi hija.
Daniel se interpuso.
—Ahora no.
Por primera vez desapareció la sonrisa educada de Thomas.
Su mandíbula se tensó.
Los nudillos se le pusieron blancos.
Y dijo con una voz completamente distinta.
—Es mi hija.
María bajó lentamente con Emily tomada de la mano.
La niña se escondió detrás del uniforme de la oficial.
Sin dejar de mirar a su padre.
—¿Cariño?
Dijo Thomas recuperando instantáneamente la voz dulce.
—Ven con papá.
Emily comenzó a temblar.
Después escondió completamente la cara contra María.
Y susurró apenas unas palabras.
Tan bajitas que solo la oficial pudo oírlas.
—Si voy…
—…la serpiente se enfada.
María sintió que el corazón se le rompía.
Miró directamente a Daniel.
No hizo falta decir nada.
Los dos entendieron exactamente lo mismo.
Daniel tomó las esposas de su cinturón.
—Thomas Miller…
Pero antes de que pudiera terminar la frase, un fuerte golpe resonó desde el sótano de la casa.
Todos giraron la cabeza.
Otro golpe.
Después otro.
Como si alguien estuviera intentando salir desesperadamente desde abajo.
Thomas cerró los ojos un segundo.
Y ese único gesto fue suficiente para que Daniel comprendiera algo todavía más aterrador.
Porque Emily no era la única víctima que seguía atrapada dentro de aquella casa.