PARTE 2: EL APELLIDO QUE RODRIGO NUNCA DEBIÓ DESPRECIAR

No entré al consultorio.

Me quedé unos segundos frente a la puerta, con una mano sobre mi vientre y la otra cerrada alrededor del teléfono.

Ya no lloraba.

Algo dentro de mí se había apagado.

Pero no era amor.

Era la última esperanza de que Rodrigo hubiera sido el hombre que yo creía conocer.

Me alejé en silencio.

Antes de volver a casa, hice una llamada.

—Papá.

Hubo silencio al otro lado.

—Mónica —respondió finalmente—. ¿Qué ocurrió?

Hacía seis años que no pronunciaba aquella palabra.

—Necesito volver.

Mi padre no preguntó por qué.

—¿Cuándo?

—Hoy.

—Te enviaré un automóvil.

—No.

Respiré profundamente.

—Esta vez quiero regresar sola.


Cuando llegué al departamento, Rodrigo todavía no había vuelto.

Perfecto.

Entré al dormitorio y abrí el pequeño armario donde guardaba mis documentos personales.

Saqué una caja que no había tocado en seis años.

Dentro estaba mi antiguo pasaporte.

Mi identificación.

Una fotografía familiar.

Y un documento que llevaba demasiado tiempo olvidado.

Mónica Alcázar.

La hija mayor de Alejandro Alcázar.

El hombre que dirigía el Consorcio Alcázar.

Durante años había sido una de las familias empresariales más poderosas del país.

Yo había renunciado a todo eso por Rodrigo.

No porque él me lo pidiera.

Porque pensé que construir una vida sencilla junto al hombre que amaba sería más valioso que cualquier fortuna.

Qué equivocada estaba.

Tomé mi teléfono y marqué al abogado de mi familia.

—Señor Ortega.

—Señorita Alcázar…

Su voz cambió inmediatamente.

—¿Ha regresado?

—Sí.

—¿Necesita ayuda?

—Necesito que prepare todo.

—¿Todo?

—Mi participación en el consorcio. Mis acciones. Mis cuentas. Y los documentos de las propiedades que siguen a mi nombre.

Hubo silencio.

—¿Está segura?

Miré mi vientre.

—Completamente.


Rodrigo llegó a las nueve.

Entró silbando.

—Mónica, ¿estás aquí?

Aparecí en la sala.

Él dejó las llaves sobre la mesa.

—¿Qué haces despierta?

—Esperándote.

Sonrió.

—¿Cómo salió la consulta?

Lo miré.

—Bien.

Sus ojos no mostraron preocupación.

—¿El médico dijo que el bebé está bien?

—No.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué?

—Dijo que necesita tratamiento urgente.

Rodrigo suspiró.

—Mónica, ya hablamos de esto. No podemos gastar miles de dólares.

Lo observé.

—¿No podemos?

—No.

—¿Y el penthouse?

Se quedó inmóvil.

—¿Qué penthouse?

—El de tres millones.

Su rostro cambió.

Entonces comprendió.

Yo había escuchado todo.

—Mónica…

—¿Quién es Renata?

Silencio.

—No es lo que piensas.

—¿Y qué debería pensar?

Se acercó.

—Puedo explicarlo.

—No necesito explicaciones.

Le mostré mi teléfono.

Había grabado la conversación del consultorio.

Rodrigo palideció.

—¿Me grabaste?

—No.

Sonreí.

—Tú mismo hablaste.


Entonces ocurrió algo que nunca olvidaré.

Rodrigo comenzó a reír.

—¿Así que finalmente descubriste quién soy?

Lo miré.

—Sí.

—¿Y qué vas a hacer?

—Irme.

Su sonrisa desapareció.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Porque eres mi esposa.

—No legalmente durante mucho tiempo.

—Mónica…

—El divorcio ya está preparado.

Saqué los documentos.

Rodrigo los miró como si fueran una amenaza.

—No voy a firmar.

—No necesitas hacerlo inmediatamente.

—Entonces no te irás.

Lo miré fijamente.

—Observa.


A la mañana siguiente, el nombre de Mónica Alcázar apareció en todos los periódicos financieros.

Las acciones del Consorcio Alcázar subieron.

Pero no fue eso lo que provocó el pánico.

Fue el comunicado de mi padre.

“Nuestra hija Mónica Alcázar ha regresado oficialmente a la dirección del grupo familiar.”

Rodrigo me llamó treinta y siete veces.

No contesté.

Después llamó su madre.

Tampoco.

Finalmente llegó Renata.

Apareció en la sede del Consorcio Alcázar con un vestido blanco y una expresión furiosa.

—¿Dónde está Mónica?

Mi asistente levantó la mirada.

—¿Tiene cita?

—Soy Renata Castillo.

—Entonces debería saber que no tiene autorización para entrar.

Su rostro se endureció.

—Soy la futura esposa de Rodrigo.

Mi asistente sonrió.

—Eso no parece relevante aquí.


Esa tarde recibí una llamada del hospital.

El tratamiento podía comenzar inmediatamente.

El dinero ya estaba depositado.

Me trasladaron a una habitación privada.

El doctor Navarro entró con una sonrisa.

—Su bebé tiene una oportunidad.

Cerré los ojos.

Por primera vez en días, respiré tranquila.

—Gracias.

—No me agradezca a mí.

Me mostró un documento.

—Su padre lo pagó antes de que llegara.

Sentí lágrimas en los ojos.

—Siempre fue así.

El hombre que nunca me había pedido que demostrara mi valor.

El hombre que había esperado seis años para abrazarme nuevamente.


Tres días después, Rodrigo apareció en el hospital.

Los guardias intentaron detenerlo.

—Déjenlo entrar.

Quería escuchar qué tenía que decir.

Entró lentamente.

Ya no llevaba la seguridad arrogante de antes.

—Mónica.

—¿Qué quieres?

—Me equivoqué.

—Sí.

—No sabía quién eras.

—Ese era el problema.

Bajó la cabeza.

—Te amé.

—Quizá.

—Y también amo a nuestro hijo.

Lo miré.

—Un padre que dice que su hijo puede morir porque le resulta inconveniente no puede pedirme que confíe en él.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Dame una oportunidad.

Negué.

—La tuviste durante seis años.

Silencio.

—Y la desperdiciaste.


El divorcio terminó meses después.

La investigación financiera también descubrió que Rodrigo había ocultado parte de su patrimonio mientras fingía ser un empleado de bajos ingresos.

El supuesto sueldo mínimo era una mentira.

Sus propiedades, inversiones y empresas estaban valoradas en cientos de millones.

Pero lo peor para él no fue perder dinero.

Fue perder la oportunidad de formar una familia con la mujer que había elegido amarlo cuando no necesitaba su riqueza.

Nuestro hijo nació sano después de semanas de tratamiento y vigilancia médica.

Cuando lo sostuve por primera vez, lloré.

No por Rodrigo.

Por mí.

Por la mujer que había sacrificado todo creyendo que el amor significaba compartir la pobreza mientras el hombre que amaba escondía una fortuna.

Mi padre entró en la habitación.

—¿Cómo se llama?

Miré a mi bebé.

Sonreí.

—Álvaro.

Mi padre tomó mi mano.

—Bienvenida a casa, hija.

Y aquella vez no sentí que estaba regresando al pasado.

Estaba comenzando de nuevo.

Porque Rodrigo había pensado que mi mayor debilidad era haber renunciado a mi apellido.

Nunca entendió la verdad.

Yo no había perdido el poder de los Alcázar.

Solo había decidido no usarlo.

Hasta que él puso en peligro a mi hijo.

Entonces recuperé mi nombre.

Y cuando lo hice, Rodrigo descubrió que la mujer que había tratado como una esposa pobre durante seis años era, en realidad, la única persona capaz de decidir si su imperio continuaba existiendo.

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