PARTE 2: EL MATRIMONIO QUE NADIE ESPERABA

A las dos y media de la madrugada, Julian y yo estábamos sentados frente a una funcionaria que parecía haber visto absolutamente todo.

Nos miró.

Luego miró nuestros documentos.

—¿Están seguros?

Julian me observó.

—¿Tú?

Respiré profundamente.

—Sí.

Él asintió.

—Entonces yo también.

La funcionaria deslizó los papeles hacia nosotros.

Firmamos.

Cuando estampé mi firma, sentí algo extraño.

No felicidad.

No todavía.

Pero tampoco dolor.

Era como si hubiera cerrado una puerta que llevaba cinco años entreabierta.

Al salir, Julian se quedó parado en la acera.

—Mara.

—¿Sí?

—Hay algo que necesitas saber.

—¿Qué?

—No tengo intención de fingir que esto es un matrimonio perfecto.

Lo miré.

—Gracias por aclararlo.

—Pero tampoco voy a tratarte como una esposa de mentira.

Aquella frase me sorprendió.

—¿Entonces qué somos?

Julian sonrió.

—Dos desconocidos que acaban de cometer una locura legal.

—Perfecto.

—Perfecto.


A las nueve de la mañana, Evan finalmente llamó.

Su nombre apareció en mi pantalla.

Julian estaba preparando café en la cocina.

—¿No vas a contestar? —preguntó.

Negué.

El teléfono volvió a sonar.

Después llegó un mensaje.

“¿Dónde estás? Anoche intenté llegar.”

Abrí la fotografía que había guardado.

Evan con Serena.

Los fuegos artificiales detrás.

El reloj que yo le había regalado.

Después miré mi nueva alianza.

No respondí.

A los cinco minutos llegó otro mensaje.

“Tenemos que hablar.”

Esta vez Julian tomó mi teléfono.

—¿Quieres que le responda?

—No.

—Bien.

Bloqueó el número.

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué hiciste eso?

—Porque dijiste que no querías hablar con él.

Sonreí.

—Gracias.

—No te acostumbres.


Esa misma tarde, Evan apareció frente a mi apartamento.

Golpeó la puerta.

—¡Mara!

No abrí.

Julian se acercó.

—¿Quieres que me encargue?

—No.

Abrí.

Evan estaba furioso.

—¿Dónde estabas anoche?

Lo miré.

—En el registro civil.

Su expresión cambió.

—¿Qué?

Le mostré mi mano.

La alianza brilló bajo la luz.

—Me casé.

Evan soltó una carcajada incrédula.

—¿Contigo? ¿Quién?

Julian apareció detrás de mí.

—Conmigo.

Evan lo reconoció.

Su rostro perdió el color.

—Julian Foster.

—El mismo.

—¿Están bromeando?

—No.

Evan me miró.

—Mara, esto es absurdo.

—¿Más absurdo que decirme que estabas atrapado en el tráfico mientras estabas con Serena?

Silencio.

—No es lo que parece.

Julian soltó una risa.

—Esa frase debería estar prohibida después de medianoche.

Evan lo ignoró.

—Mara, puedo explicarlo.

—No necesito una explicación.

—Te amo.

Lo miré durante unos segundos.

—Cinco años esperando que llegaras a tiempo me enseñaron algo.

—¿Qué?

—Que una persona que realmente quiere estar contigo no necesita inventar excusas para desaparecer.

Evan bajó la cabeza.


Pero la historia no terminó allí.

Dos semanas después, descubrí que Serena había dejado a Evan.

Y que también había rechazado a Julian porque llevaba meses saliendo con otro hombre.

Julian recibió la noticia mientras desayunábamos.

—Serena se comprometió.

Lo miré.

—¿Te duele?

Pensó unos segundos.

—No.

—¿Seguro?

Sonrió.

—Creo que hace mucho tiempo estaba enamorado de una idea.

—¿Y ahora?

Me miró.

—Ahora estoy empezando a conocer a mi esposa.

Sentí calor en las mejillas.

—Nos casamos hace dos semanas.

—Exactamente.


Nuestro matrimonio comenzó como una venganza impulsiva.

Pero las semanas siguientes fueron diferentes.

Julian empezó a dejarme café junto a la cama.

Yo aprendí que odiaba las aceitunas.

Él descubrió que yo hablaba dormida.

Discutíamos por tonterías.

Nos reíamos.

Y, poco a poco, dejamos de actuar como dos personas que habían firmado un papel por despecho.

Una noche, mientras caminábamos por un parque, Julian se detuvo.

—Mara.

—¿Qué?

—Quiero preguntarte algo.

—Adelante.

—Si aquella noche no hubieras visto a Evan con Serena, ¿crees que habrías terminado conmigo?

Me quedé pensando.

—Probablemente no.

—¿Y ahora?

Lo miré.

—Ahora no quiero terminar contigo.

Julian sonrió.

—Eso es peligrosamente parecido a una declaración.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.


Seis meses después, recibimos una invitación.

Era de Evan y Serena.

Habían decidido casarse.

Julian la leyó y me miró.

—¿Vamos?

—¿Por qué?

—Porque quiero ver si el pastel tiene mejor sabor que el nuestro.

Me reí.

—No vamos.

—Buena decisión.

Rompió la invitación.

—Entonces, ¿qué hacemos esta noche?

Lo miré.

—Nada especial.

—Perfecto.

—¿Por qué?

—Porque después de todo este tiempo descubrí algo.

—¿Qué?

Tomó mi mano.

—No necesitaba una boda perfecta.

Hizo una pausa.

—Solo necesitaba encontrar a la persona correcta.

Lo miré.

—¿Y la encontraste?

Julian sonrió.

—En un cine, durante Año Nuevo, mientras ambos estábamos siendo engañados.

Me reí.

—Qué romántico.

—Nuestra historia es terrible.

—Un poco.

—Pero funciona.


Un año después, volvimos al mismo cine.

Era Año Nuevo otra vez.

Los fuegos artificiales iluminaban el cielo.

Julian tomó mi mano.

—¿Recuerdas aquella noche?

—Cada detalle.

—Yo estaba convencido de que eras la mujer más triste de la ciudad.

—Y yo pensé que eras un idiota.

—¿Pensaste?

Le di un pequeño golpe en el hombro.

Él se rio.

Después sacó una pequeña caja.

—Mara.

—¿Qué estás haciendo?

—La primera vez nos casamos demasiado rápido.

Abrió la caja.

Dentro había un anillo.

—Esta vez quiero preguntarte correctamente.

Me quedé inmóvil.

—¿Quieres volver a casarte conmigo?

Sonreí entre lágrimas.

—Ya estoy casada contigo.

—Entonces considéralo una renovación de contrato.

—Eres imposible.

—¿Eso significa sí?

Miré los fuegos artificiales.

Después a él.

—Sí.

Julian me besó la frente.

Y mientras el cielo se llenaba de luces, comprendí la ironía de todo aquello.

El hombre que me había prometido cinco años y me dejó esperando en una sala de cine me enseñó exactamente qué no quería.

El hombre que se sentó a mi lado aquella noche, sin conocerme realmente, me enseñó lo que sí quería.

No una venganza.

No un matrimonio impulsivo.

No una vida construida para demostrarle algo a Evan.

Quería a alguien que eligiera quedarse.

Y aquella vez, cuando Julian tomó mi mano mientras los fuegos artificiales explotaban sobre nosotros, no hubo ninguna mentira.

No hubo excusas.

No hubo tráfico.

Solo una elección.

La nuestra.

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