Parte 2: EL FAVOR QUE ETHAN JAMÁS IMAGINÓ QUE ELLA COBRARÍA

Ethan miró la pantalla sin parpadear.

—Eso es imposible.

La funcionaria mantuvo las manos sobre el teclado.

—El registro consular confirma que Elena Jiang renovó personalmente su documentación hace cuatro días.

Vivian agarró el brazo de Ethan.

—Debe ser un error.

Él se apartó.

—¿Y tu matrimonio?

Vivian palideció.

—Ethan, puedo explicarlo.

—Hazlo.

—Daniel y yo nos separamos hace años.

—No pregunté cuándo se separaron.

Su voz bajó.

—Pregunté por qué intentabas casarte conmigo mientras legalmente sigues casada con otro hombre.

Vivian abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Ethan tomó sus documentos y salió del Registro Civil.

Por primera vez en tres años, Vivian no lo siguió.

Aquella misma tarde, Ethan llegó al apartamento de Chloe.

Ella abrió la puerta y su expresión cambió al verlo.

—¿Dónde está Elena?

—Elena murió.

Ethan sacó una copia del registro.

—No vuelvas a decirme eso.

Chloe permaneció en silencio.

—Tres años —murmuró Ethan—. Me hiciste creer que estaba muerta durante tres años.

—Yo no hice que creyeras nada.

—Me entregaste una urna.

—Tú aceptaste una urna cerrada sin preguntar demasiado.

La frase lo golpeó.

—¿Dónde está?

—No voy a decírtelo.

—Chloe.

—¿Para qué quieres encontrarla? ¿Para preguntarle por qué sobrevivió sin pedirte permiso?

Ethan apretó la mandíbula.

—Necesito verla.

Chloe lo estudió durante varios segundos.

—Entonces empieza buscando algo que ignoraste mientras estabas casado con ella.

—¿Qué?

—Quién era realmente tu esposa.

Cerró la puerta.

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, Ethan hizo exactamente eso.

Y cada respuesta abría una pregunta peor.

Elena Jiang no había viajado al extranjero para desaparecer sin rumbo.

Había recuperado un apellido que dejó de utilizar al casarse.

Jiang Elena era también Elena Jiang Chen, nieta del fundador de Meridian Biotech, una compañía internacional cuya propiedad llevaba años protegida mediante fideicomisos.

Ethan se quedó mirando el informe.

Su asistente parecía nervioso.

—Hay algo más, señor Lu.

—Habla.

—La señora Jiang nunca fue pobre.

Ethan levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué?

—Su participación familiar estaba congelada hasta que cumpliera treinta años o demostrara independencia económica durante tres años consecutivos.

Tres años.

Exactamente la duración de su matrimonio.

—Entonces ¿por qué vivía como si no tuviera nada?

—Porque aparentemente quería hacerlo.

Ethan recordó todas las veces que su madre había llamado oportunista a Elena.

Todas las cenas en las que ella había permanecido callada.

Todos los regalos caros que nunca parecía necesitar.

Y aquella última frase.

“No quiero dinero.”

Cinco millones de yuanes.

Elena podía haberlos aceptado sin que significaran nada para ella.

En cambio, había pedido una sola cosa.

Un favor.

El teléfono de Ethan sonó.

Número desconocido.

Contestó.

—¿Sí?

Hubo un breve silencio.

Luego escuchó una voz que había creído enterrada durante tres años.

—Ethan.

Se quedó completamente inmóvil.

—Elena.

—Tenemos que hablar.

—¿Dónde estás?

—Eso no importa.

—Para mí sí.

—Ya no eres mi esposo.

Aquellas palabras dolieron más de lo esperado.

—Me hiciste creer que habías muerto.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba desaparecer legalmente de la vida que llevaba.

—Podías haberte ido.

—Lo intenté.

Elena guardó silencio un instante.

—Pero alguien estaba siguiéndome.

Ethan frunció el ceño.

—¿Quién?

—Tu familia.

El silencio se volvió pesado.

—No entiendo.

—Entonces pregúntale a tu madre por qué investigó Meridian Biotech dos semanas antes de nuestro divorcio.

La llamada terminó.

Ethan condujo directamente a la residencia Lu.

Su madre estaba tomando té.

—¿Quién es Elena?

La taza quedó suspendida en el aire.

—Tu exesposa.

—No.

Ethan dejó el informe sobre la mesa.

—¿Quién es?

Su madre leyó la primera página.

No pareció sorprendida.

Y esa reacción fue suficiente.

—Lo sabías.

—Ethan…

—¿Desde cuándo?

Ella dejó la taza.

—Desde antes de que te casaras.

Ethan retrocedió.

—¿La abuela también?

—Por supuesto.

Entonces todo cambió.

Su abuela no había elegido a Elena porque quisiera desesperadamente verlo casado.

La anciana había conocido al abuelo de Elena décadas atrás.

Las familias Lu y Jiang habían desarrollado juntas una patente médica que después se convirtió en una disputa empresarial.

Antes de morir, la abuela de Ethan había intentado reparar aquella ruptura.

—¿Me utilizaste para unir dos familias?

—Tu abuela creyó que ustedes podían ser felices.

Ethan soltó una risa amarga.

—¿Y por qué Elena aceptó?

Su madre no respondió.

—Mamá.

—Porque estaba enamorada de ti.

Ethan dejó de respirar.

—No.

—Te conoció años antes de que tú la recordaras.

Su madre abrió un cajón.

Sacó una fotografía.

Ethan tenía veintidós años.

Estaba ayudando a una joven después de un pequeño accidente universitario.

La joven era Elena.

—Ella nunca me contó esto.

—Porque descubrió que seguías esperando a Vivian.

Ethan recordó una conversación durante su primer año de matrimonio.

Elena había preguntado:

“Si Vivian regresara mañana, ¿te arrepentirías de haberte casado conmigo?”

Él había respondido:

“No hagas preguntas infantiles.”

Ahora entendía por qué ella había dejado de preguntar.

—¿Y la investigación?

La expresión de su madre cambió.

—Cuando Vivian regresó, descubrimos que alguien estaba intentando comprar acciones de Meridian mediante intermediarios.

—¿Vivian?

—No exactamente.

Sacó otra carpeta.

Daniel Li, el esposo británico de Vivian, tenía deudas empresariales enormes.

Y varias de ellas habían sido adquiridas por una sociedad vinculada a un competidor de Meridian.

Vivian había regresado buscando a Ethan mientras todavía estaba casada porque necesitaba acceso al círculo financiero de los Lu.

Ethan sintió frío.

—¿Elena lo sabía?

—Descubrió una parte.

—Por eso le dio el certificado matrimonial a Vivian.

Su madre asintió.

—Pero nunca te lo entregó a ti.

—¿Por qué?

—Quizá quería saber si alguna vez descubrirías la verdad sin que ella tuviera que salvarte.

Ethan cerró los ojos.

Había fallado.

Una semana después recibió una dirección.

Ginebra.

No provenía de Elena.

Chloe le había enviado únicamente una frase:

“Una conversación. Nada más.”

Ethan viajó esa misma noche.

Elena lo esperaba en una pequeña oficina con vistas al lago.

Durante tres años había imaginado cómo sería verla otra vez.

Nada lo preparó.

No porque estuviera diferente.

Sino porque parecía completamente libre.

—Hola, Ethan.

Él tardó varios segundos en responder.

—De verdad estás viva.

—Sí.

—¿Había cenizas en aquella urna?

Elena casi sonrió.

—De mi árbol favorito.

—Eso no tiene gracia.

—Nunca pretendió tenerla.

Ethan se sentó frente a ella.

—¿Por qué fingiste morir?

Elena entrelazó las manos.

—Porque alguien había intentado acceder a mis cuentas familiares usando mi identidad de casada.

—¿Quién?

—Daniel Li.

Ethan frunció el ceño.

—¿El esposo de Vivian?

—Él era solo un intermediario.

Elena deslizó varios documentos hacia él.

El nombre que aparecía al final hizo que Ethan levantara la mirada.

—Mi tío.

Elena asintió.

El verdadero objetivo nunca había sido el matrimonio de Ethan.

Su tío, Raymond Lu, pretendía utilizar la relación entre Ethan y Vivian para obtener información sobre Meridian y desplazar a Ethan del grupo familiar.

Vivian había ocultado su matrimonio.

Daniel necesitaba dinero.

Raymond necesitaba acceso.

Y Elena, sin saberlo al principio, estaba en medio.

—Cuando descubrí esto —explicó ella—, necesitaba que todos creyeran que había desaparecido definitivamente.

—Podías confiar en mí.

Elena lo miró.

—¿Podía?

Ethan no respondió.

—Vivian regresó y pediste el divorcio casi inmediatamente.

—Elena…

—No te estoy reprochando nada.

Eso fue peor.

—Solo estoy explicando por qué no podía poner mi vida en tus manos.

Ethan bajó la mirada.

—Entonces la muerte falsa era para hacer salir a Raymond.

—Sí.

—¿Funcionó?

Elena colocó otro documento frente a él.

—Hace cuatro días intentó mover las acciones que creía abandonadas después de mi muerte.

La misma semana en que Elena había reaparecido oficialmente en el sistema consular.

Todo había sido deliberado.

La actualización que había detenido la boda era también la señal de que la operación había terminado.

—Las autoridades financieras ya tienen las pruebas —dijo Elena—. Raymond no podrá tocar Meridian ni el Grupo Lu.

Ethan la miró durante largo rato.

—Me protegiste incluso después del divorcio.

—Protegí algo que también pertenecía a mi familia.

—¿Y yo?

Elena permaneció callada.

Ethan entendió la respuesta.

Se levantó.

—Entonces supongo que terminamos.

—Todavía no.

Él se giró.

Elena abrió un cajón.

Sacó el antiguo acuerdo de divorcio.

—Me debes algo.

Ethan recordó inmediatamente.

Un favor.

Sin condiciones.

—Pídelo.

Elena se acercó.

—Quiero que declares contra Raymond y entregues todos los archivos internos que demuestran cómo utilizó empresas del Grupo Lu.

—Hecho.

—Todavía no terminé.

Ethan esperó.

—Después quiero que dejes de buscarme.

Él palideció.

—Elena…

—Ese es mi favor.

Durante unos segundos, Ethan pareció incapaz de hablar.

Pero había dado su palabra.

—¿Para siempre?

—Hasta que yo decida buscarte.

Ethan tragó saliva.

—De acuerdo.

Y cumplió.

Declaró.

Entregó documentos.

Raymond perdió sus cargos y quedó sometido al proceso correspondiente por las operaciones descubiertas.

Vivian regresó a Inglaterra para resolver legalmente su matrimonio con Daniel.

Ethan nunca volvió a llamarla.

Tampoco buscó a Elena.

Pasaron ocho meses.

Una tarde, Ethan salió de la oficina y encontró una pequeña caja sobre su automóvil.

Dentro estaba el viejo certificado de divorcio.

El mismo que Elena había dejado tres años antes.

Pero ahora había una nota.

“Favor cumplido.”

Debajo aparecía una dirección.

Ethan llegó cuarenta minutos después.

Era una cafetería.

La misma donde Elena se había despedido de Vivian años atrás.

Elena estaba junto a la ventana.

Ethan se detuvo.

—Dijiste que no te buscara.

—No lo hiciste.

—Me costó.

—Lo sé.

Se sentó frente a ella.

—¿Por qué me llamaste?

Elena empujó una taza hacia él.

Su café favorito.

—Porque durante tres años pensé que necesitaba desaparecer para descubrir quién era sin ti.

—¿Y lo descubriste?

—Sí.

—¿Quién eres?

Ella sonrió.

—Alguien que ya no necesita ser la señora Lu.

Ethan asintió.

—Entiendo.

—Pero también descubrí otra cosa.

—¿Qué?

—Que perdonarte y volver contigo no son la misma decisión.

Ethan bajó la mirada.

—No espero que vuelvas.

—Bien.

Elena bebió un sorbo.

—Porque si alguna vez empezamos otra vez, no será retomando nuestro matrimonio.

Ethan levantó los ojos.

—¿Entonces?

—Dos desconocidos.

—Ya estuvimos casados.

—Precisamente por eso será difícil.

Él sonrió por primera vez.

—Hola. Soy Ethan.

Elena extendió la mano.

—Elena.

Él la estrechó.

No hubo promesas.

Ni anillos.

Ni contratos familiares.

Durante los meses siguientes tomaron café algunas veces.

Después cenaron.

Ethan conoció a la mujer que había vivido tres años bajo su mismo techo y que, increíblemente, jamás se había molestado en conocer de verdad.

Elena también descubrió algo.

Ethan había cambiado.

No porque ella se lo hubiera exigido.

Porque perderla lo había obligado a enfrentarse a sí mismo.

Un año después, volvieron al mismo Registro Civil.

La funcionaria que los atendió miró la pantalla.

Luego a Elena.

Luego a Ethan.

Ethan se puso nervioso.

—¿Hay otro problema?

La mujer sonrió.

—Ninguno.

Elena soltó una carcajada.

Esta vez no había Vivian.

No había una abuela moribunda.

No había alianzas empresariales.

No había cinco millones de yuanes.

Solo había dos personas que habían tenido que perder un matrimonio para aprender a elegirlo.

Antes de firmar, Ethan miró a Elena.

—¿Estás segura?

Ella tomó el bolígrafo.

—Esta vez sí.

Firmó.

Ethan hizo lo mismo.

Al salir, él recordó algo.

—Elena.

—¿Qué?

—Nunca me dijiste qué ocurrió con los cinco millones.

Ella sonrió.

—Nunca los acepté.

—Ya lo sé.

—Entonces ¿por qué preguntas?

—Porque acabo de comprender que te divorciaste de mí, fingiste tu muerte, desenmascaraste a mi tío y regresaste tres años después…

Ethan hizo una pausa.

—…y todo lo que me cobraste fue un favor.

Elena entrecerró los ojos.

—Te equivocas.

—¿En qué?

Ella tomó su mano.

—El favor fue gratis.

—¿Y qué fue lo caro?

Elena miró el nuevo certificado matrimonial.

—Conseguir que volviera a confiar en ti.

Ethan sonrió.

Esta vez comprendió perfectamente.

Tres años atrás, había pensado que cinco millones podían poner precio al final de un matrimonio.

Ahora sabía que algunas cosas no podían comprarse.

Ni el perdón.

Ni la confianza.

Ni una segunda oportunidad.

Y mucho menos el amor de una mujer que había tenido que desaparecer del mundo para descubrir que, cuando regresara, sería ella quien elegiría dónde quería quedarse.

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