Parte 2: ESTA VEZ, LOS 800 MILLONES NO ERAN MI META

Lucas me observó durante varios segundos.

—A veces me das miedo, Clara.

Sonreí.

—Acostúmbrate.

Lo que Lucas no sabía era que yo ya había vivido los siguientes quince años.

Conocía las empresas que crecerían.

Los barrios que multiplicarían su valor.

Las tecnologías que cambiarían industrias enteras.

Pero también conocía algo más importante.

Sabía exactamente qué errores había cometido yo.

En mi primera vida había convertido a Lucas en mi proyecto.

Dejé mis estudios de posgrado para ayudarlo.

Vendí las pocas inversiones que tenía cuando su empresa necesitó liquidez.

Trabajé sin sueldo.

Organicé reuniones.

Revisé contratos.

Y cuando llegaron los millones, todos recordaban al brillante fundador.

Nadie recordaba a la mujer que había estado trabajando a su lado.

Esta vez sería diferente.

Tres días después abrí una cuenta de inversión a mi nombre.

Un mes después retomé mis estudios.

Y seis meses más tarde fundé una pequeña consultora.

Lucas se rio cuando vio el nombre.

—Montes Capital.

—¿Qué tiene de gracioso?

—Tienes tres clientes.

—Por ahora.

—¿Quieres competir conmigo?

Lo miré.

—No.

—Entonces, ¿qué quieres?

—No volver a depender de nadie.

Su sonrisa desapareció.

No entendió aquella frase.

Todavía.

Un año después apareció el inversor que yo recordaba.

Gabriel Navarro.

En mi primera vida, Lucas había pasado semanas preparando aquella reunión.

Esta vez yo sabía exactamente qué objeciones pondría Gabriel.

La noche anterior, Lucas caminaba nervioso por nuestro apartamento.

—Va a rechazarme.

—No.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque tu problema no es la empresa.

—¿Entonces?

Señalé su presentación.

—La página diecisiete.

Lucas la abrió.

—¿Qué tiene?

—Estás pidiendo demasiado dinero a cambio de demasiado poco capital.

—Necesito mantener el control.

—Entonces demuéstrale cómo recuperará su inversión.

Lucas me miró.

—¿Puedes ayudarme?

En mi primera vida habría dicho que sí inmediatamente.

Esta vez respondí:

—Claro.

—Gracias.

—Mi tarifa son cinco mil dólares.

Su boca se abrió.

—¿Me estás cobrando?

—Montes Capital tiene tres clientes, ¿recuerdas?

Terminó riéndose.

—Eres increíble.

—Cuatro clientes si firmas.

Firmó.

Gabriel invirtió.

La empresa comenzó a crecer.

Pero ocurrió algo que yo no recordaba.

Gabriel también invirtió en mi empresa.

—Tienes buen instinto —me dijo—. No deberías vivir detrás de nadie.

Aquella frase cambió mis planes.

Al principio yo solo quería llegar al divorcio preparada.

Quería mis 800 millones.

Pero a los veintitrés años ya tenía algo que nunca había tenido en mi primera vida.

Una identidad profesional propia.

A los veinticinco, Montes Capital administraba inversiones para treinta y siete clientes.

A los veintisiete, compré mi primer edificio.

Y mientras mi patrimonio crecía, también cambiaba mi relación con Lucas.

Porque Sofía Vidal seguía allí.

Una noche Lucas llegó tarde.

—Estuve trabajando con Sofía.

Levanté la vista del portátil.

—Bien.

Esperó.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—Antes te molestaba.

—Antes era diferente.

Lucas frunció el ceño.

—Últimamente dices mucho eso.

Sonreí.

—Será porque estoy cambiando.

Él se sentó frente a mí.

—Clara, ¿ya no te importa?

La pregunta me sorprendió.

En mi primera vida yo había vivido aterrorizada ante la posibilidad de perderlo.

Ahora era Lucas quien parecía preocupado.

—Confío en que sabrás comportarte —respondí—. Y si algún día decides que quieres estar con otra persona, simplemente dímelo.

—¿Simplemente?

—Sí.

—¿No lucharías por mí?

Cerré el portátil.

—Nunca volveré a competir por alguien que ya decidió marcharse.

Lucas se quedó mirándome.

Yo subí a dormir.

Aquella noche él permaneció despierto hasta casi el amanecer.

Los años siguientes pasaron rápidamente.

Su empresa se convirtió en Vega Technologies.

La mía se convirtió en Montes Holdings.

Él aparecía en revistas.

Yo prefería trabajar lejos de las cámaras.

Cuando cumplí treinta años, mi patrimonio personal ya superaba los cien millones.

Y entonces llegó el primer gran cambio respecto a mi vida anterior.

Sofía renunció.

Lucas regresó a casa furioso.

—Se va con la competencia.

—Lo siento.

—Le ofrecieron el doble.

—Entonces hiciste bien en contratar a alguien que vale el doble.

Lucas me miró sorprendido.

—Pensé que estarías feliz.

—¿Por qué?

—Porque siempre creí que te molestaba.

Sentí un escalofrío.

Aquella conversación había ocurrido también en mi primera vida.

Pero entonces yo había respondido:

“Por supuesto que estoy feliz.”

Aquella frase había iniciado una pelea terrible.

Esta vez respiré.

—Sofía nunca fue el problema.

—¿Entonces cuál era?

Lo miré directamente.

—Que yo había construido toda mi vida alrededor de ti.

Lucas guardó silencio.

—Y esperaba que tú hicieras lo mismo conmigo.

—Clara…

—Eso no era justo para ninguno de los dos.

Por primera vez vi algo parecido a culpa en su rostro.

Pero no hablamos más.

Hasta tres años después.

Yo tenía treinta y tres cuando conocí a Elena Robles.

En mi primera vida, Elena había sido la mujer con quien Lucas terminaría casándose después de nuestro divorcio.

Su “verdadera alma gemela”.

Cuando entró en una gala empresarial y la vi caminando hacia nosotros, casi dejé caer mi copa.

Era exactamente igual.

Elegante.

Segura.

Brillante.

Lucas la saludó.

—Elena, ella es mi esposa, Clara.

Elena me estrechó la mano.

—He oído muchísimo sobre ti.

Esperé sentir celos.

No sentí nada.

Eso fue lo que realmente me asustó.

Durante meses observé cómo Lucas y Elena trabajaban juntos.

Se entendían.

Reían.

Compartían ideas.

Y poco a poco reconocí todas las señales que había ignorado en mi primera vida.

La historia estaba repitiéndose.

Solo que esta vez yo no estaba destrozándome intentando detenerla.

Entonces llegó mi cumpleaños número treinta y cinco.

La edad exacta de mi divorcio.

Me desperté antes que Lucas.

Me senté frente a la ventana.

Y esperé.

Todo el día.

Nada ocurrió.

Una semana.

Un mes.

Tres meses.

Lucas no pidió el divorcio.

Elena dejó de trabajar directamente con él.

Y una noche finalmente pregunté:

—¿Qué pasó con Elena?

Lucas dejó el tenedor.

—Nada.

—Te gustaba.

Su expresión cambió.

—¿Qué?

—No soy tonta.

—Clara…

—Está bien.

Me sorprendió lo tranquila que estaba.

—Si quieres divorciarte, podemos hacerlo.

Lucas se quedó helado.

—¿Quieres divorciarte de mí?

La pregunta me golpeó.

Porque en todos aquellos años nunca me la había hecho.

Yo había regresado pensando únicamente en lo que Lucas haría.

Nunca había pensado en lo que yo quería.

—No lo sé —admití.

Lucas se levantó.

—Yo sí.

Caminó hacia su despacho.

Regresó con una carpeta.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Era igual.

La misma carpeta oscura.

El mismo tipo de documentos.

Por un instante volví a ser aquella mujer de treinta y cinco años sentada frente al hombre que acababa de decirle que debía sentirse agradecida.

Lucas puso la carpeta delante de mí.

La abrí.

No era un acuerdo de divorcio.

Era un documento societario.

—¿Qué es esto?

—La verdad.

Leí.

Y entonces descubrí el primer gran secreto de mi segunda vida.

Yo poseía indirectamente el 18% de Vega Technologies.

Levanté la mirada.

—Esto no puede ser.

—Sí puede.

—Nunca compré estas acciones.

—Yo las puse en un fideicomiso hace doce años.

—¿Por qué?

Lucas respiró profundamente.

—Porque Vega Technologies no existiría sin ti.

Sentí que algo dentro de mí se detenía.

—En esta vida casi no trabajé en tu empresa.

—No hablo solamente de trabajo.

Se sentó.

—Cuando nadie creyó en mí, tú sí. Cuando Gabriel apareció, tú corregiste aquella presentación. Cuando empezamos a ganar dinero, tú fuiste la primera persona que me obligó a pensar como empresario y no como un chico desesperado.

Negué con la cabeza.

—No quiero que me pagues por ser tu esposa.

—No te estoy pagando.

Lucas señaló el documento.

—Estoy reconociendo algo que debería haber reconocido desde el principio.

Aquellas palabras eran exactamente las que había esperado durante quince años en mi primera vida.

Pero escucharlas ahora ya no significaba lo mismo.

—¿Y Elena?

Lucas bajó la mirada.

—Me enamoré de la idea de ella.

Mi estómago se tensó.

—Entonces sí ocurrió.

—Sí.

Agradecí que no mintiera.

—Nunca pasó nada entre nosotros —continuó—. Pero me di cuenta de que estaba empezando a buscar excusas para verla.

—¿Y qué hiciste?

—Me aparté.

—¿Por mí?

Lucas negó.

—Por mí.

Aquella respuesta me sorprendió.

—Me pregunté por qué estaba dispuesto a destruir quince años por una emoción nueva —dijo—. Y entonces comprendí algo.

Me miró.

—Yo había empezado a tratar nuestro matrimonio como si fuera otra empresa que funcionaría sola.

No respondí.

—Tú cambiaste, Clara.

—Lo sé.

—Construiste tu propia vida. Dejaste de perseguirme. Dejaste de controlarme. Y durante años pensé que eso significaba que me querías menos.

Sonrió tristemente.

—Hasta que entendí que simplemente habías aprendido a quererte también a ti.

Me levanté.

Necesitaba aire.

Mi plan original parecía ridículo ahora.

Había regresado para conseguir 800 millones.

Abrí mi teléfono y revisé el informe financiero de Montes Holdings.

Mi patrimonio personal superaba los 1.100 millones de dólares.

Sin contar las acciones de Vega Technologies.

Me eché a reír.

Lucas me miró confundido.

—¿Qué pasa?

Las lágrimas comenzaron a caerme.

—Nada.

—Clara.

—Pasé quince años preparándome para que me dieras ochocientos millones.

—¿Qué?

Lo miré.

—Y resulta que ya no los necesito.

No podía explicarle la primera vida.

Pero sí podía tomar una decisión sobre esta.

—Necesito tiempo.

Lucas asintió.

—Tómalo.

Me mudé durante tres meses.

No hubo escándalos.

No hubo amantes.

No hubo abogados peleando.

Por primera vez desde que tenía veinte años, viví completamente sola.

Y comprendí la ironía más grande.

En mi primera vida había permanecido con Lucas porque lo amaba.

En la segunda había permanecido con él por dinero.

Pero en algún momento, mientras construía una vida propia, ambas razones habían dejado de controlar mis decisiones.

Cuando regresé, Lucas estaba sentado en nuestro antiguo apartamento.

Lo había conservado todos aquellos años.

—¿Por qué estamos aquí? —pregunté.

—Porque aquí empezó todo.

Sobre la mesa había dos documentos.

Uno era el fideicomiso.

El otro era un acuerdo de divorcio.

Lucas los empujó hacia mí.

—Elige.

Lo miré.

—¿Así de sencillo?

—No.

Sonrió con tristeza.

—Pero debería ser tu elección.

Abrí el acuerdo.

No había 800 millones.

No había cifras humillantes.

La división era equitativa respecto a nuestros bienes comunes.

Y las acciones del fideicomiso seguirían siendo mías independientemente de lo que decidiera.

—¿No vas a quitármelas?

—Nunca fueron un premio por quedarte.

Sentí un nudo en la garganta.

Entonces comprendí por fin qué había cambiado realmente la historia.

No había sido conocer el futuro.

No habían sido las inversiones.

Ni siquiera había sido evitar a Sofía o Elena.

Había sido dejar de sacrificarme esperando que algún día alguien reconociera mi sacrificio.

Cerré ambos documentos.

—No quiero volver al matrimonio que teníamos.

Lucas asintió lentamente.

—Yo tampoco.

—Si seguimos juntos, empezamos desde cero.

—Desde cero.

—Dos carreras.

—Sí.

—Dos vidas propias.

—Sí.

—Y ninguna deuda emocional.

Lucas extendió la mano.

—Trato hecho.

No la tomé inmediatamente.

—Y hay otra condición.

—¿Cuál?

Sonreí.

—Nunca vuelvas a decirme que debería sentirme afortunada por tu dinero.

Lucas frunció el ceño.

—Nunca te he dicho eso.

Me quedé quieta.

Claro.

En esta vida jamás había ocurrido.

Solté una pequeña carcajada.

—Entonces asegúrate de no empezar.

Tomé su mano.

Dos años después, Vega Technologies salió a bolsa.

Los periódicos calcularon la fortuna de Lucas en varios miles de millones.

Montes Holdings también continuó creciendo.

Una periodista me preguntó durante una entrevista:

—Señora Montes, ¿es cierto que gran parte de su fortuna proviene de su matrimonio con Lucas Vega?

Sonreí.

—No.

—¿Entonces cuánto le dio su esposo?

Pensé en aquellos 800 millones de otra vida.

En la carpeta.

En su desprecio.

En la mujer que había muerto creyendo que aquella enorme cifra era la compensación por quince años perdidos.

Y respondí:

—Mi esposo no me hizo rica.

La periodista insistió:

—¿Entonces quién lo hizo?

Miré directamente a la cámara.

—Yo.

Esa noche Lucas vio la entrevista.

—Eso va a herir mi ego durante semanas.

—Sobrevivirás.

—Soy muy sensible.

—Multimillonario y sensible. Qué tragedia.

Se rio.

Luego dejó una carpeta delante de mí.

Lo miré con sospecha.

—¿Otra vez?

—Ábrela.

Dentro había un informe de valoración actualizado.

Mis acciones en Vega Technologies acababan de superar los 800 millones de dólares.

Exactamente aquella cifra.

Me quedé mirando el número.

Durante quince años había pensado que mi segunda oportunidad consistía en regresar para recuperar esos 800 millones.

Pero finalmente entendí la verdad.

Nunca había regresado por el dinero.

Había regresado para descubrir quién podía haber sido si, en lugar de entregar toda mi vida a otra persona, hubiera reservado una parte para mí.

Lucas rodeó la mesa y se sentó a mi lado.

—¿Estás bien?

Cerré la carpeta.

—Sí.

—¿Segura?

Lo miré.

Tenía algunas canas.

Ya no era aquel joven de veinticinco años que soñaba frente a una libreta.

Y yo tampoco era aquella chica de veinte que pensaba que amar significaba sacrificarlo todo.

—Lucas.

—¿Sí?

—Si algún día dejamos de querernos…

Su expresión se tensó.

Terminé la frase.

—Prometamos no esperar quince años para decirlo.

Él permaneció callado.

Después tomó mi mano.

—Prometido.

Sonreí.

En mi primera vida, recibí 800 millones porque mi matrimonio había terminado.

En esta, llegué a poseerlos sin necesitarlos para empezar de nuevo.

Y esa fue la verdadera diferencia.

La primera vez esperé quince años para que Lucas Vega decidiera cuánto valían mis sacrificios.

La segunda vez decidí yo cuánto valía mi vida.

Y descubrí que nunca había tenido precio.

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