PARTE 2: LA OCTAVA VEZ QUE ADRIAN ME PERDIÓ

Cuando las puertas del Mercedes se abrieron frente a la mansión Cole, todos esperaban ver a Adrian a mi lado.

En cambio, bajé sola.

Vanessa salió detrás de mí.

Adrian permaneció sentado durante varios segundos, mirando el sobre del juzgado como si todavía esperara que desapareciera.

No lo hizo.

La abuela de Adrian fue la primera en acercarse.

—Clara, querida, ¿qué pasó?

Sonreí.

—Nada grave.

Entonces levanté la mano.

El anillo brilló bajo las luces del jardín.

—Solo me casé.

El silencio fue inmediato.

El abuelo de Adrian dejó la copa sobre la mesa.

—¿Te casaste?

—Sí.

—¿Con Adrian?

Negué.

—Con Noah Grant.

Alguien dejó caer un tenedor.

Vanessa palideció.

Adrian finalmente bajó del coche.

—Clara, tenemos que hablar.

—Ya hablamos ocho veces.

—Esto es diferente.

—Para mí también.

Su madre se acercó.

—¿Quién es Noah?

—Mi esposo.

La mujer se quedó inmóvil.

—¿Tu esposo?

—Legalmente.

Saqué el certificado.

Su padre lo tomó.

Leyó el documento.

Después miró a Adrian.

—¿Es verdad?

Adrian no respondió.

Y aquel silencio confirmó todo.


La cena continuó, pero nadie tenía apetito.

Adrian se sentó frente a mí.

—No puedes hacer esto solo para castigarme.

Dejé los cubiertos.

—No lo hice para castigarte.

—Entonces, ¿por qué?

Lo miré directamente.

—Porque alguien finalmente me preguntó qué quería.

Su rostro cambió.

—Yo siempre te he preguntado.

Solté una pequeña risa.

—No, Adrian. Tú siempre me dijiste qué debía aceptar.

Vanessa intervino.

—Clara, no tienes que convertir esto en una escena.

Me volví hacia ella.

—Curioso.

—¿Qué?

—Cada una de mis ocho bodas terminó porque tú necesitabas algo.

Vanessa se quedó callada.

—La primera vez fue por tu divorcio.

Silencio.

—La segunda, porque Emma estaba enferma.

—No fue culpa mía —respondió Vanessa.

—Nunca dije que lo fuera.

Levanté un dedo.

—La tercera fue porque Adrian tenía que ayudarte con una empresa.

Otro dedo.

—La cuarta, porque necesitabas mudarte.

—Clara…

—La quinta, porque Emma empezó la escuela.

La sexta.

La séptima.

La octava.

—Siempre había una razón.

Miré a Adrian.

—Y yo siempre esperaba.

Él bajó la mirada.


Entonces ocurrió algo inesperado.

La abuela de Adrian golpeó suavemente la mesa.

—Basta.

Todos se callaron.

Miró a su nieto.

—¿Cuántas veces cancelaste esta boda?

Adrian no respondió.

—Ocho —contesté.

La anciana cerró los ojos.

—Adrian, tu abuelo y yo llevamos sesenta años casados.

Lo miró con severidad.

—Nunca tuvimos que preguntarnos si éramos una prioridad.

Adrian tragó saliva.

—Abuela…

—No.

Ella levantó la mano.

—Esta vez escucharás.

El salón quedó completamente quieto.

—No perdiste a Clara porque ella se casó con otro hombre.

Pausa.

—La perdiste cada vez que asumiste que nunca se iría.

Adrian permaneció inmóvil.


Entonces sonó mi teléfono.

Noah.

Contesté.

—¿Dónde estás?

—En casa.

—¿Terminaste la negociación?

—Sí.

Hubo una pequeña pausa.

—¿Todo bien?

Miré alrededor.

Toda la familia Cole estaba observándonos.

—Sí.

—¿Quieres que vaya por ti?

Sonreí.

—No. Puedo manejarlo.

—Está bien, esposa.

Adrian cerró los ojos.

La palabra parecía dolerle.

—Te espero.

—Nos vemos pronto.

Colgué.

El abuelo de Adrian sonrió por primera vez aquella noche.

—Parece que ese hombre sabe cómo hablarle a una esposa.

No pude evitar reír.


Después de la cena, Adrian me siguió hasta el jardín.

—¿Lo amas?

Me detuve.

—Noah me esperó seis años.

—Eso no responde.

—Sí.

Adrian palideció.

—¿Desde cuándo?

—No sé.

—¿Entonces cómo pudiste casarte con él tan rápido?

Miré el anillo.

—Porque cuando me pidió que me casara con él, no me pidió que demostrara que lo merecía.

Adrian bajó la cabeza.

—Yo te amaba.

—Tal vez.

—¿Tal vez?

—Pero amar a alguien no sirve de mucho cuando nunca estás dispuesto a elegirlo.

Él respiró profundamente.

—¿Hay alguna posibilidad?

Negué.

—No.

—¿Nunca?

—No.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Por qué eres tan fría?

Mi respuesta fue tranquila.

—Porque lloré todas esas veces cuando tú no estabas mirando.


Al día siguiente, Vanessa me llamó.

—Necesito hablar contigo.

—¿Sobre qué?

—Emma.

Suspiré.

—Adrian todavía quiere que la adopte.

—No.

Hubo silencio.

—¿Qué?

—No quiero que adoptes a Emma.

Me quedé inmóvil.

—¿Entonces qué quieres?

—Que dejes de pensar que ella fue la razón por la que tu boda no ocurrió.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué significa eso?

Vanessa comenzó a llorar.

—Adrian me pidió que hiciera algunas cosas.

—¿Qué cosas?

—Cada vez que él dudaba de la boda, me pedía que llamara.

—¿Por qué?

—Porque sabía que si yo necesitaba algo, tú te quedarías.

El descubrimiento me golpeó.

Adrian no había estado simplemente reaccionando a las circunstancias. Había utilizado deliberadamente mi sentido de responsabilidad para mantenerme esperando.

—Gracias por decírmelo.

—Lo siento.

—Yo también.

Colgué.

No por Vanessa.

Sino porque finalmente había dejado de culparme.


Tres meses después, Noah y yo celebramos una pequeña ceremonia.

No fue en un hotel.

No hubo cientos de invitados.

No hubo un vestido extravagante.

Solo nuestras familias más cercanas.

Cuando llegó mi turno de hablar, miré a Noah.

—La primera vez que nos conocimos, pensé que eras solo el amigo que llevaba seis años esperando demasiado.

Todos rieron.

—Ahora sé que tú no estabas esperando demasiado.

Sonreí.

—Yo estaba tardando demasiado en darme cuenta de que alguien podía elegirme sin condiciones.

Noah tomó mi mano.

—Y yo seguiría esperando.

Negué.

—Ya no tienes que hacerlo.

Él sonrió.


Un año después, recibí una invitación.

Era de la familia Cole.

Adrian se casaría con otra persona.

La miré durante unos segundos.

Después la guardé en un cajón.

No sentí celos.

No sentí tristeza.

Solo paz.

Noah entró en la habitación.

—¿Qué era?

—El pasado.

—¿Y qué hiciste con él?

Lo miré.

—Lo guardé.

Él sonrió.

—Buena decisión.

Tomó mi mano.

Y mientras caminábamos hacia la puerta, pensé en las ocho veces que Adrian había esperado que yo regresara.

Durante años creyó que cada boda cancelada me acercaba más a él.

Nunca entendió que cada cancelación me alejaba un poco más.

Hasta que llegó la octava.

La última.

Y aquella vez no esperé.

No me casé con Noah para vengarme de Adrian.

Me casé con él porque, por primera vez, alguien me preguntó qué quería y aceptó mi respuesta.

Y eso fue lo que Adrian nunca entendió:

No perdió a la mujer que amaba cuando ella se casó con otro.

La perdió la octava vez que creyó que podía dejarla esperando y encontrarla exactamente donde la había dejado.

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