Sebastian dejó lentamente el vaso sobre la mesa.
—¿Tocar mi espalda?
—Sí.
Una sonrisa fría apareció en su rostro.
—Todos los médicos que han intentado eso terminaron diciendo lo mismo.
—Yo no soy todos los médicos.
Gabriel dio un paso hacia mí.
—Clare, quizá deberías—
—Déjala.
Sebastian levantó una mano.
—Quiero ver cuánto tarda en descubrir que también está equivocada.
Me acerqué.
No estaba buscando un milagro.
Estaba buscando una respuesta.
Apoyé las manos sobre la parte baja de su espalda y cerré los ojos.
Durante unos segundos no sentí nada.
Después noté algo.
Una tensión profunda.
No en la columna.
A su alrededor.
—¿Cuándo fue tu último tratamiento intensivo de rehabilitación?
Sebastian frunció el ceño.
—Hace cuatro años.
—¿Y desde entonces?
—Nada funcionó.
—Eso no fue lo que pregunté.
Silencio.
—Desde entonces, ¿quién ha trabajado regularmente con tus músculos?
Gabriel respondió:
—Nadie.
Negué.
—Ahí está el problema.
Sebastian soltó una risa.
—¿Me estás diciendo que cuatro años de especialistas estaban equivocados?
—No.
Lo miré.
—Estoy diciendo que estaban tratando únicamente la lesión.
Señalé su espalda.
—Tu cuerpo lleva años compensando el daño. Hay tejido cicatricial, rigidez muscular y una pérdida importante de movilidad secundaria.
Sebastian permaneció inmóvil.
—¿Y eso significa?
—Que quizá no podamos hacerte caminar.
Una sombra cruzó su rostro.
—Pero sí puedo ayudarte a recuperar algo que llevas años perdiendo.
—¿Qué?
—Control.
Durante las siguientes seis semanas trabajé con él todos los días.
No hubo milagros.
Hubo dolor.
Frustración.
Días en que Sebastian no podía completar un ejercicio.
Días en que quería abandonar.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No sabes lo que se siente.
—Tienes razón.
Lo miré.
—Pero sé lo que ocurre cuando alguien deja de intentarlo.
Sebastian apretó la mandíbula.
—No me hables como si fueras mi terapeuta.
—Entonces deja de comportarte como un paciente que espera que alguien lo salve.
Por primera vez sonrió.
—Eres insoportable.
—Y tú eres terco.
Mientras tanto, Oliver comenzó a enfermar con mayor frecuencia.
Una noche recibí una llamada.
—Mamá, me cuesta respirar.
Salí corriendo.
Pero cuando llegué a casa, había un vehículo negro esperando frente a mi edificio.
Gabriel estaba allí.
—Sebastian te está esperando.
—Mi hijo está enfermo.
—Lo sé.
Me quedé helada.
—¿Cómo sabes eso?
Gabriel no respondió.
Entonces entendí.
—No.
—Clare—
—No uses a mi hijo para controlarme.
En ese momento Sebastian apareció desde el vehículo.
—Gabriel.
Su voz fue suficiente.
—Déjala.
Se acercó a mí.
—¿Oliver necesita ayuda?
—Sí.
—Entonces vamos.
Aquella noche, Sebastian utilizó sus contactos para conseguir que un especialista atendiera a Oliver inmediatamente.
No pidió nada a cambio.
Cuando el médico terminó de estabilizarlo, me senté junto a la cama de mi hijo.
Sebastian permaneció en el pasillo.
—¿Por qué hiciste eso? —pregunté.
—Porque sé lo que significa mirar a alguien que amas y sentir que no puedes protegerlo.
Por primera vez, vi al hombre detrás del apellido Lombardi.
No era solo el criminal que todos temían.
Era alguien que también había perdido demasiado.
Dos semanas después ocurrió algo inesperado.
Durante una sesión, Sebastian sintió movimiento en una pierna.
Se quedó completamente inmóvil.
—Clare.
—¿Qué?
—Lo sentí.
Me acerqué.
—¿Qué sentiste?
—Mi pie.
Le pedí que lo intentara otra vez.
Su pie se movió ligeramente.
Gabriel entró corriendo.
—¿Qué pasó?
Sebastian lo miró.
—Se movió.
Gabriel se quedó sin palabras.
Yo sonreí.
—No significa que vayas a caminar mañana.
—Lo sé.
—Pero significa que tu cuerpo todavía puede responder.
Sebastian me miró.
—Entonces no voy a desperdiciarlo.
La recuperación continuó durante meses.
Pero mientras Sebastian mejoraba físicamente, yo descubrí algo peligroso.
Alguien estaba filtrando información sobre nuestros tratamientos.
Una noche encontré un sobre debajo de la puerta.
Dentro había fotografías de Oliver saliendo de la escuela.
Mi sangre se heló.
Había una nota.
“Aléjate de Sebastian.”
Le mostré el mensaje.
Su rostro cambió inmediatamente.
—¿Quién lo envió?
—No lo sé.
Sebastian tomó las fotografías.
—Yo sí.
—¿Quién?
—Mi tío.

El hombre que había intentado controlar el imperio Lombardi durante años estaba convencido de que mi presencia estaba debilitando a Sebastian.
Pero había cometido un error.
No entendió que Sebastian ya no era el mismo hombre que había encontrado sentado en aquella silla.
Cuando intentaron atacar nuestra casa una noche, Sebastian hizo algo que nadie esperaba.
Se levantó.
No completamente.
No sin ayuda.
Pero se puso de pie.
Gabriel lo sostuvo.
—Señor…
Sebastian dio un paso.
Después otro.
Y miró hacia la puerta.
—Saca a Clare y a Oliver de aquí.
Yo negué.
—No.
—Clare.
—No voy a abandonarte.
Sebastian me miró.
—Entonces quédate detrás de mí.
La policía llegó antes de que ocurriera algo peor.
El tío de Sebastian fue detenido junto con varios cómplices.
Las amenazas terminaron.
Y finalmente pudimos respirar.
Meses después, Sebastian dio sus primeros pasos sin silla.
No fueron perfectos.
Fueron lentos.
Inseguros.
Pero fueron suyos.
Oliver estaba allí.
—¡Mamá!
Mi hijo aplaudió.
Sebastian sonrió.
—Creo que tu hijo es mi entrenador favorito.
Oliver respondió:
—Entonces tienes que practicar más.
Todos reímos.
Un año después, Sebastian ya podía caminar distancias cortas con apoyo.
Nunca volvió a ser el hombre que había sido antes del accidente.
Pero tampoco necesitaba hacerlo.
Una tarde me encontró junto al lago.
—Clare.
Me giré.
—¿Sí?
—Cuando llegaste, pensé que eras otra persona que quería venderme esperanza.
—¿Y ahora?
Sonrió.
—Ahora sé que me enseñaste algo mejor.
—¿Qué?
—Que estar roto no significa estar acabado.
Miré hacia Oliver, que jugaba cerca.
—Eso también me lo enseñaste tú.
Sebastian negó.
—No.
Señaló a mi hijo.
—Él me enseñó a seguir adelante.
Sonreí.
La verdad era sencilla.
Yo había llegado buscando dinero para mantener a mi hijo.
Sebastian había esperado encontrar a otra terapeuta que fracasara.
En cambio, encontramos algo que ninguno de los dos estaba buscando.
Una segunda oportunidad.
No para borrar el pasado.
Sino para demostrar que el pasado no tenía que decidir el futuro.
Y cuando Sebastian dio otro paso hacia nosotros, Oliver levantó los brazos.
—¡Vamos, Sebastian!
Él sonrió.
Y siguió caminando.