Parte 2: EL DÍA EN QUE MI EXMARIDO LLEGÓ BUSCANDO SIETE BEBÉS Y TERMINÓ CONFESANDO DELANTE DE TODOS EL PREMIO QUE ME HABÍA ROBADO

Alexander llegó cuarenta minutos después.

No solo.

Dos guardaespaldas entraron primero. Ethan apareció detrás.

Y finalmente Alexander Shaw cruzó la puerta del estudio con un traje negro que probablemente costaba más que todo nuestro presupuesto.

El set quedó en silencio.

Oliver corrió hacia él.

—¡Hermano!

Alexander lo levantó.

—¿Sabes el susto que me diste?

—Pero Emma necesitaba ayuda.

—Emma tiene treinta años.

Oliver señaló solemnemente la cama.

—Ahora tiene siete bebés. Es diferente.

Alguien soltó una carcajada.

Alexander miró hacia donde yo estaba.

Seguía usando la bata de hospital.

Los siete muñecos estaban alineados junto a mí.

Su expresión pasó de preocupación a incredulidad.

—¿Esos son los bebés?

—Tus sobrinos —dije—. Salúdalos.

El director se atragantó de risa.

Alexander cerró los ojos.

—Oliver, son muñecos.

El niño quedó inmóvil.

Tocó la cara de uno.

Luego me miró horrorizado.

—¿Se convirtieron en muñecos?

—Son actores —expliqué.

—Son bebés de plástico —corrigió Alexander.

Oliver procesó aquello.

Entonces me señaló.

—¡Pero yo te vi dar a luz!

—Estábamos grabando.

El pequeño abrió la boca.

—¿Entonces no soy tío?

—No.

Su cara se derrumbó.

—Me engañaron.

—Tú llegaste sin avisar —dije.

Alexander casi sonrió.

Casi.

Entonces vio el guion.

Lo tomó.

Leyó el título.

—¿“Papá CEO, ámame con cuidado”?

—Una obra maestra.

—Emma.

—¿Qué?

—No necesitas hacer esto.

La sonrisa desapareció de mi rostro.

—Sí necesito.

Sacó su billetera.

—Puedo…

—Termina esa frase y te golpeo con el bebé número tres.

Oliver abrazó inmediatamente el muñeco.

—¡A él no!

Todos rieron.

Todos menos Alexander.

—No hablaba de darte dinero.

—Entonces ¿qué?

Me sostuvo la mirada.

—Quiero devolverte tu carrera.

El estudio quedó en silencio.

Solté una risa seca.

—¿Devolverme lo que tú mismo destruiste?

Alexander palideció.

Y entonces escuchamos una voz detrás de nosotros.

—¿Qué significa eso?

Me giré.

Selena West acababa de entrar.


El director casi sufrió un infarto.

Selena era una estrella.

La misma actriz que tres años antes había levantado el premio Aurora que debía ser mío.

—Vine porque Alexander me llamó —dijo.

Lo miré.

—¿La llamaste?

—Sí.

Selena llevaba una carpeta.

—Emma, necesito mostrarte algo.

—No quiero nada de ustedes.

—Yo tampoco sabía la verdad.

Eso me detuvo.

Abrió la carpeta.

Había correos electrónicos, transferencias y conversaciones.

Selena respiró profundamente.

—Yo no sabía que Alexander había intervenido en la votación del Aurora.

Miré a mi exmarido.

Él no apartó los ojos.

Selena continuó:

—Me enteré hace dos semanas.

—¿Cómo?

—Porque uno de los antiguos miembros del comité está muriendo y decidió confesar.

Sacó una grabación.

La voz de un hombre llenó el estudio.

Explicaba que había recibido presión para invalidar dos votos destinados a mí.

Mi estómago se revolvió.

—¿Por qué? —pregunté mirando a Alexander—. Nunca me explicaste por qué.

Alexander permaneció callado.

—Díselo —ordenó Selena.

—No.

—Díselo o lo haré yo.

Alexander cerró los ojos.

Finalmente habló.

—Mi abuelo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué tiene que ver tu abuelo?

—Todo.

Alexander respiró profundamente.

—Cuando empezamos a salir, amenazó con destruir tu carrera si no terminaba contigo.

—¿Y decidiste ayudarlo?

—Pensé que podía controlarlo.

—Robándome un premio.

—Había algo más.

El silencio se volvió insoportable.

Alexander miró a Selena.

Ella asintió.

—Tu premio no era el objetivo. Nuestro matrimonio sí.

Sentí frío.

—Explícate.

—Mi abuelo condicionó mi herencia y el control de Shaw Group a que me casara antes de cumplir treinta años con alguien que él considerara “adecuado”.

Me reí sin humor.

—Y obviamente una actriz no calificaba.

—No.

—Entonces ¿por qué te casaste conmigo?

—Porque prefería perder la empresa.

Aquello me dejó sin palabras.

Alexander continuó:

—Pero mi abuelo descubrió que planeaba proponerte matrimonio. Me dijo que si lo hacía, usaría sus contactos para asegurarse de que nunca volvieras a trabajar.

—Así que hiciste que perdiera el Aurora.

—Pensé que si tu carrera sufría un golpe controlado, él creería que había ganado y dejaría de perseguirte.

Lo miré con incredulidad.

—¿“Controlado”? Me humillaron durante meses.

—Lo sé.

—Perdí contratos.

—Lo sé.

—Dejé de actuar.

Su voz se quebró.

—Lo sé.

—¿Y jamás pensaste en preguntarme qué quería yo?

Alexander guardó silencio.

Ahí estaba la respuesta.

Había intentado protegerme destruyendo precisamente aquello que decía proteger.

—Te amaba —dijo.

—No, Alexander. Me administrabas.


Entonces Selena soltó la segunda bomba.

—Hay otra cosa.

Dejó sobre la mesa una carta firmada.

—Renuncié oficialmente al Aurora.

Todos la miramos.

—¿Qué?

—El premio fue obtenido mediante una votación manipulada. No puedo conservarlo.

Me quedé inmóvil.

—Selena, yo no quiero tu estatuilla.

—No te estoy dando mi estatuilla.

Sonrió ligeramente.

—El comité reabrió el caso esta mañana.

Alexander añadió:

—Habrá una investigación pública.

—¿Y tú?

—Voy a declarar.

Lo miré.

—Eso destruirá tu reputación.

—Probablemente.

—Tus accionistas pueden expulsarte.

—También.

—¿Y aun así lo harás?

—Sí.

—¿Por qué?

Alexander me miró durante varios segundos.

—Porque durante tres años dejé que el mundo pensara que fracasaste cuando el que te falló fui yo.


La investigación tardó cuatro meses.

Alexander declaró públicamente.

No ocultó nada.

Su abuelo perdió su puesto honorario en Shaw Group.

Dos miembros del antiguo comité fueron expulsados.

Y el Aurora de aquel año fue oficialmente anulado.

No me entregaron el premio.

Y me alegré.

Porque yo ya no quería una estatuilla corregida tres años tarde.

Quería otra oportunidad.

Y llegó desde el lugar más absurdo posible.

Nuestro drama de los siete bebés se volvió viral.

Un fragmento donde mi personaje perseguía al CEO por un hospital mientras cargaba tres bebés y arrastraba una incubadora falsa acumuló millones de reproducciones.

Pero después ocurrió algo inesperado.

La gente empezó a hablar de mi actuación.

No de Alexander.

No del escándalo.

De mí.

Henry me llamó gritando.

—¡Emma! ¡Te quieren para una película!

—¿Quién?

Cuando dijo el nombre del director, tuve que sentarme.

Seis meses después estaba protagonizando mi primera película importante desde el divorcio.

Alexander nunca llamó para atribuirse nada.

Nunca apareció en el set.

Nunca intentó comprarme un papel.

Por primera vez, me dejó avanzar sola.


Oliver, en cambio, era imposible de eliminar.

Venía a verme cada sábado.

Una tarde apareció cargando una enorme caja.

—Te traje algo.

Dentro estaban los siete muñecos del drama.

—¿Cómo conseguiste esto?

—Mi hermano compró la productora.

Me levanté de golpe.

—¿Qué?

Oliver comenzó a reír.

—¡Mentira!

Me quedé mirándolo.

—Oliver Shaw.

—Emma Monroe.

El pequeño había aprendido demasiado de mí.

Alexander apareció detrás de él.

—Yo tampoco tuve nada que ver con eso.

—Más te vale.

Ya no éramos marido y mujer.

Pero habíamos aprendido a hablar.

Primero por Oliver.

Después porque algunas heridas, cuando dejan de sangrar, permiten conversaciones que antes eran imposibles.

Un año después, mi nueva película recibió seis nominaciones al Aurora.

Yo estaba nominada como mejor actriz.

La noche de la ceremonia, Oliver estaba sentado entre Alexander y yo.

Cuando abrieron el sobre, cerré los ojos.

—Y el Aurora es para… Emma Monroe.

No me moví.

Oliver empezó a gritar.

—¡GANASTE!

Alexander se puso de pie.

Pero no me abrazó.

No hizo que aquel momento fuera suyo.

Simplemente aplaudió.

Y cuando nuestros ojos se encontraron, vi lágrimas en los suyos.

Subí al escenario.

Esta vez nadie había comprado nada.

Nadie había manipulado votos.

Nadie había decidido por mí.

Sostuve la estatuilla y dije:

—Hace unos años pensé que perder significaba que alguien había decidido que yo no era suficiente. Después descubrí que algunas derrotas no dicen nada sobre nuestro valor.

Miré hacia Oliver.

—Y algunas segundas oportunidades llegan disfrazadas de siete bebés de plástico.

Todo el teatro rio.


Alexander me encontró después de la ceremonia.

—Felicidades.

—Gracias.

—Te lo mereces.

—Esta vez sí puedo creértelo.

Sonrió.

Comenzó a alejarse.

—Alexander.

Se detuvo.

—¿Quieres tomar un café mañana?

No se movió durante varios segundos.

—¿Eso es una cita?

—Es café.

—Entendido.

—Y no compres la cafetería.

Por primera vez en años, lo escuché reír de verdad.

No volvimos a casarnos inmediatamente.

Tardamos.

Mucho.

Él tuvo que aprender que amar no era controlar.

Yo tuve que aprender que perdonar no significaba olvidar.

Dos años después, Alexander volvió a pedirme matrimonio.

Esta vez no decidió nada por mí.

Solo hizo una pregunta.

Y yo elegí responder que sí.

Oliver fue quien llevó los anillos.

También insistió en colocar siete muñecos en la primera fila.

—Son familia —explicó.

Nadie discutió con él.

Y cuando Alexander me besó, Oliver gritó:

—¡Ahora sí pueden tener los siete de verdad!

Todo el salón estalló en carcajadas.

Yo miré a Alexander.

—Ni se te ocurra.

—Estaba pensando en uno.

—Empieza con un perro.

—Trato hecho.

Después del divorcio pensé que mi vida había terminado porque había perdido un matrimonio y una carrera.

En realidad, apenas estaba recuperando algo mucho más importante:

el derecho a decidir por mí misma.

Y quizá esa fue la razón por la que, cuando finalmente elegí volver a amar a Alexander, nuestra segunda historia funcionó.

Porque esta vez él no me rescató.

Esta vez, caminó a mi lado.

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