—No.
La sonrisa de Ryan se congeló.
Emma dejó de masticar la mandarina.
—¿Qué dijiste? —preguntó Ryan.
—Que no voy a pagar nada.
El auditorio quedó tan silencioso que pude escuchar el zumbido del aire acondicionado.
Ryan soltó una risa incrédula.
—Isabella, deja de hacer berrinches.
—No es un berrinche.
Lo miré directamente.
—Tú destruiste los exámenes. Tú prometiste compensarlos. Así que tú pagas.
Un chico del fondo se levantó.
—¡Exacto!
Después otro.
—¡Fue Ryan quien rompió nuestras hojas!
En segundos, las voces comenzaron a multiplicarse.
Ryan palideció.
Emma me miró con resentimiento.
—Isabella, sabes que Ryan actuó así porque me estaban tratando injustamente.
—Te encontraron con respuestas escondidas en la manga.
Su rostro cambió.
—¡No eran mías!
—Entonces demuéstralo ante las autoridades.
Ryan golpeó el apoyabrazos.
—¡Basta!
Se volvió hacia mí.
—Tu familia puede resolver esto con una llamada.
Sonreí.
—Mi familia sí.
Hice una pausa.
—Tú ya no eres parte de ella.
Su teléfono vibró.
Luego otra vez.
Y otra.
Ryan miró la pantalla.
Su expresión pasó de arrogancia a confusión.
—¿Qué hiciste?
—Nada especial.
Otra notificación.
Sus tarjetas habían sido canceladas.
Su autorización para utilizar vehículos de Morgan Group, revocada.
Su acceso a las propiedades familiares, suspendido.
Entonces recibió una llamada.
—¿Qué significa que mi cuenta educativa está congelada?
Me levanté.
—Significa que mi padre pagará tus estudios únicamente hasta terminar este curso, tal como prometió cuando te acogió. Los lujos eran decisión mía.
Me acerqué un poco.
—Y yo cambié de opinión.
Por primera vez, Ryan me miró como si realmente me estuviera viendo.
La policía regresó cuarenta minutos después.
Esta vez Ryan no salió caminando.
Un investigador entró acompañado por dos funcionarios del Departamento de Educación.
—Ryan Ashford, necesitamos que venga con nosotros.
Emma se levantó.
—¡Pero ya estaba resuelto!
El investigador la miró.
—No. Alguien pagó una garantía provisional. La investigación continúa.
Entonces comprendí.
Ryan no había regresado en el tiempo.
Simplemente alguien lo había sacado.
—¿Quién pagó? —pregunté.
El investigador dudó.
—La señorita Bell.
Todas las miradas cayeron sobre Emma.
Ryan también la miró.
—¿Tú?
Emma se puso blanca.
—Yo…
—¿Con qué dinero?
Ella guardó silencio.
Yo sonreí lentamente.
Primer giro.
En mi vida anterior había asumido que Emma dependía completamente de Ryan. Pero aquella muchacha “pobre” tenía acceso a una cantidad de dinero que nadie podía explicar.
Dos días después, Victor llegó a mi casa con una carpeta.
—Encontramos algo interesante.
Me entregó documentos bancarios.
Emma recibía transferencias mensuales desde hacía cuatro años.
El remitente era una sociedad fantasma.
—¿De quién?
Victor me observó.
—Del tío de Ryan.
Sentí un escalofrío.
—Ryan siempre dijo que no tenía familia.
—Eso creíamos.
El hombre se llamaba Malcolm Ashford.
Había intentado asociarse con mi padre años atrás. Cuando mi padre rechazó su propuesta, Malcolm perdió millones.
—Entonces Ryan…
—Ryan no parece saberlo —dijo Victor—. Pero Emma sí.
Todo empezó a encajar.
La amistad de infancia.
Las casualidades.
La forma en que Emma siempre aparecía cuando Ryan y yo estábamos bien.
No era casualidad.
Emma había sido colocada cerca de Ryan para mantenerlo emocionalmente separado de mí y convertirlo en un problema permanente para los Morgan.
Pero eso no convertía a Ryan en inocente.
Emma podía empujarlo.
Ryan siempre elegía saltar.
Una semana después nos permitieron repetir el examen.
Esta vez nadie lo destruyó.
Terminé con veinte minutos de sobra.
Cuando salí, Emma estaba esperándome.
—Isabella.
Seguí caminando.
—Tú también regresaste, ¿verdad?
Me detuve.
Mi sangre se heló.
Me giré lentamente.
Emma estaba sonriendo.
Ya no parecía frágil.
—Lo sabía —susurró.
—¿Qué recuerdas?
—Todo.
Entonces entendí el segundo giro.
Emma también había muerto en la vida anterior. Y también había regresado.
—¿Por qué repetirlo? —pregunté—. Sabes cómo termina.
Su sonrisa desapareció.
—Precisamente por eso.
Se acercó.
—En mi primera vida, tú ganaste todo. La familia Morgan. Ryan. La universidad. El dinero.
—Y tú te suicidaste.
Emma soltó una risa extraña.
—¿Eso te contó Ryan?
La miré.
—Yo nunca salté.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Qué?
—Malcolm me empujó.
Mi corazón golpeó contra mis costillas.
Emma continuó:
—Cuando me descubrieron haciendo trampa, amenacé con revelar que llevaba años trabajando para él. Malcolm necesitaba silenciarme.
—Entonces Ryan creyó…
—Lo que Malcolm quería que creyera.
Todo adquirió un significado horrible.
Ryan me había asesinado culpándome por una muerte que yo no había causado.
—¿Y esta vez?
—Esta vez pensaba conseguir suficiente dinero para escapar antes de que Malcolm pudiera tocarme.
—Utilizando otra vez a Ryan.
—Él me elegiría aunque yo no hiciera nada.
Negué lentamente.
—Eso no es amor, Emma.
—Tú no sabes nada de nosotros.
—Sé suficiente.
Saqué mi teléfono.
—Y esta conversación acaba de quedar grabada.
Su rostro se descompuso.

Malcolm fue detenido tres días después.
La grabación de Emma, combinada con las transferencias bancarias y documentos obtenidos por Victor, permitió abrir una investigación completa.
Emma recibió protección a cambio de testificar.
Y Ryan descubrió finalmente que la mujer por quien había destruido su futuro llevaba años ocultándole la verdad.
Me buscó esa misma noche.
—Isabella.
Estaba frente a la mansión Morgan bajo la lluvia.
—Necesito hablar contigo.
—Habla.
—Emma me contó algo absurdo.
Mi cuerpo se tensó.
—Dice que vivimos otra vida.
No respondí.
—Dice que tú también la recuerdas.
Ryan me miró fijamente.
—¿Es verdad?
—Sí.
Su rostro perdió todo color.
—Entonces sabes lo que hice.
—Recuerdo cada segundo.
Retrocedió.
—Yo…
Sus labios temblaron.
—Te maté.
—Sí.
Se cubrió el rostro.
—Dios mío.
—No uses tu arrepentimiento para pedirme perdón.
—No recuerdo haber regresado —dijo—. Pero si realmente hice eso…
—Lo hiciste.
Levantó los ojos.
—¿Hay alguna manera de compensarte?
Pensé en la caída.
En el viento.
En aquellos segundos interminables mientras veía desaparecer el avión.
Y comprendí que había esperado esta pregunta desde que desperté en aquella aula.
—Sí.
Ryan dio un paso hacia mí.
—Dime cuál.
—Vive con las consecuencias de tus decisiones.
Cerré la puerta.
Ryan fue expulsado del programa de admisión por destruir deliberadamente los exámenes.
Mi padre no utilizó una sola conexión para ayudarlo.
Malcolm fue condenado años después por fraude, extorsión y conspiración.
Emma evitó una sentencia más grave gracias a su cooperación, pero perdió su oportunidad de ingresar a aquella universidad.
Nunca volvimos a vernos.
Y yo conseguí una de las mejores calificaciones de mi generación.
Cuando llegó mi carta de admisión, mi padre lloró más que yo.
—Bella —dijo mientras me abrazaba—, pensé que volverías a pedir que Ryan fuera contigo.
Sonreí.
—Esta vez voy sola.
Pero no estuve sola mucho tiempo.
En la universidad conocí a Nathan Shaw.
El hijo de Victor.
Lo gracioso era que ya lo conocía de mi vida anterior.
Entonces apenas había reparado en él.
Había estado demasiado ocupada persiguiendo a Ryan.
Nathan nunca me pidió dinero.
Nunca me pidió que solucionara sus problemas.
Y, sobre todo, nunca me hizo competir por un lugar en su vida.
Tres años después, mientras estudiábamos en la biblioteca, dejó una taza de café frente a mí.
—Sin azúcar —dijo.
Lo miré sorprendida.
—¿Cómo sabes que lo tomo así?
Frunció el ceño.
—Llevamos tres años estudiando juntos.
Me reí.
Qué pequeña parecía aquella frase.
Y, sin embargo, casi me hizo llorar.
Ryan había pasado más de diez años conmigo y jamás recordó cómo tomaba el café.
Nathan necesitó observarme una vez.
Cinco años después regresé a casa para asumir un puesto en Morgan Group.
Ryan trabajaba en una pequeña empresa de ingeniería.
No era rico.
Tampoco estaba destruido.
Había construido una vida con lo que le quedaba.
Una tarde nos cruzamos en un evento empresarial.
Se acercó.
—Isabella.
—Ryan.
Miró el anillo en mi mano.
Nathan estaba conversando a unos metros.
Ryan sonrió débilmente.
—Parece que esta vez elegiste mejor.
Negué.
—No.
Me miró confundido.
—Esta vez me elegí a mí primero.
Ryan bajó la mirada.
—Supongo que eso era lo que nunca entendí.
No había odio en mí.
Ni amor.
Solo distancia.
Y aquello fue mejor que cualquier venganza.
Porque en mi primera vida había muerto pensando que Ryan Ashford era el centro de mi historia.
En la segunda comprendí la verdad.
Él nunca había sido el protagonista.
Yo sí.
Tomé la mano de Nathan y salimos juntos.
No miré hacia atrás.
Había regresado al día en que Ryan rompió mi examen para defender a su primer amor.
Creí que el destino me había concedido otra vida para vengarme.
Estaba equivocada.
Me había dado otra oportunidad para dejar de salvar a quien siempre elegía destruirme.
Y esta vez, cuando Ryan cayó por sus propias decisiones, no extendí la mano.
Simplemente seguí caminando.
Hacia mi universidad.
Hacia mi familia.
Hacia el hombre que me amaba sin pedirme que me hiciera pequeña.
Y, finalmente, hacia la vida que siempre debió ser mía.