Parte 2: EL DÍA EN QUE MI ESPOSO DE CONTRATO DEJÓ DE SEGUIR LAS CLÁUSULAS Y ME CONFESÓ POR QUÉ REALMENTE SE HABÍA CASADO CONMIGO

—Mi amor… ¿me das el teléfono un momento? Solo haré una llamada.

Me quedé en la puerta con el teléfono de Ethan en la mano.

Los cuatro hombres que habían venido a visitarlo me miraron.

Luego lo miraron a él.

Uno soltó una carcajada.

—¿“Mi amor”?

Otro casi derramó su café.

—Hawthorne, ¿qué te hicieron durante la cirugía?

Ethan permaneció impasible.

—¿Van a seguir hablando o van a dejarme llamar?

Me acerqué lentamente.

—El médico dijo que nada de trabajo.

—Es importante.

—Eso dijiste ayer.

Sus amigos volvieron a reír.

Ethan entrecerró los ojos.

—Clara.

—No.

Hubo un silencio.

Entonces el hombre sentado junto a la ventana murmuró:

—Acabo de ver a Ethan Hawthorne perder una negociación de una palabra.

Me mordí el labio para no sonreír.

Ethan me observó unos segundos.

Finalmente suspiró.

—Está bien.

Me llevé el teléfono.

Cuando cerré la puerta escuché otra carcajada.

Pero también escuché a Ethan decir:

—No se rían.

—¿Por qué?

Hubo una pausa.

Y entonces respondió:

—Porque me gusta que se preocupe por mí.

Me quedé inmóvil en el pasillo.

El corazón empezó a golpearme demasiado rápido.

Aquella noche no mencioné lo que había escuchado.

Él tampoco volvió a llamarme “mi amor”.

Sin embargo, algo había cambiado.

Cuando regresamos a casa una semana después, Ethan no fue hacia su habitación.

Se quedó frente a la mía.

—Buenas noches, Clara.

—Buenas noches.

Dio dos pasos.

Se detuvo.

—¿Desayunamos juntos mañana?

Lo miré sorprendida.

—¿Es una aparición pública obligatoria?

Una sonrisa apareció en su rostro.

—No.

—Entonces supongo que sí.

Así empezó.

Primero desayunos.

Después cenas.

Luego mensajes.

“¿Ya comiste?”

“Voy tarde. No me esperes.”

“Hay pastel en el refrigerador. Te guardé un pedazo.”

Parecíamos un matrimonio.

Eso era precisamente lo peligroso.

Porque nuestro contrato seguía guardado en el cajón del despacho.

Y todavía le quedaban casi dos años.

Una tarde, mientras Ethan estaba trabajando, sonó el timbre.

Era una mujer.

Alta. Elegante. Hermosa.

—¿Clara?

—Sí.

Extendió la mano.

—Victoria Langley.

Conocía el apellido.

La familia Langley controlaba uno de los grupos financieros más importantes de la ciudad.

—¿Está Ethan?

—En la oficina.

Victoria sonrió.

—Mejor. Vine a hablar contigo.

Entró antes de que pudiera responder.

Sacó una carpeta del bolso y la dejó sobre la mesa.

—Imagino que sabes que Ethan y yo íbamos a casarnos.

Sentí un pequeño vacío en el estómago.

—No.

Su sonrisa se hizo más amplia.

—Entonces tampoco sabes por qué te eligió.

Abrí la carpeta.

Había fotografías de Ethan y Victoria en eventos, cenas y vacaciones.

Luego encontré una copia de nuestro contrato.

Mi sangre se enfrió.

—¿Cómo conseguiste esto?

—Eso no importa.

—A mí sí.

Victoria se inclinó hacia mí.

—Nuestros padres habían acordado una alianza. Ethan se negó. Poco después apareció casado contigo.

Cerré la carpeta.

—¿Qué quieres?

—Evitarte una humillación.

Sacó otro documento.

Era una carta firmada por el abuelo de Ethan.

La fecha era anterior a nuestro matrimonio.

Leí una frase dos veces.

Para asumir definitivamente el control del fideicomiso Hawthorne, Ethan debía mantener un matrimonio legal durante tres años.

Tres años.

Exactamente la duración de nuestro contrato.

Sentí que el aire desaparecía.

Victoria me observó.

—No necesitaba una esposa. Necesitaba un requisito legal.

Cuando Ethan volvió aquella noche, yo estaba esperando.

Puse el contrato sobre la mesa.

—¿Te casaste conmigo por el fideicomiso?

Se detuvo.

No preguntó cómo lo sabía.

Eso fue suficiente.

—Clara…

—Contesta.

—Sí.

La palabra dolió más de lo que debía.

Porque un año atrás no me habría importado.

Pero ahora sí.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque el motivo financiero no cambiaba las condiciones que aceptaste.

—Para ti, quizá.

—Para ti también al principio.

Lo miré.

—Al principio.

Entendió inmediatamente.

Su expresión cambió.

—¿Quién vino aquí?

—Victoria.

Ethan apretó la mandíbula.

—Claro.

—¿Ibas a casarte con ella?

—No.

—Pero tu familia quería que lo hicieras.

—Sí.

—Y necesitabas permanecer casado tres años.

—Sí.

—Entonces me elegiste porque era fácil.

Ethan dio un paso hacia mí.

—No.

—Trabajaba desde casa, casi no salía, no pertenecía a tu mundo. Era perfecta para desaparecer cuando terminaran los tres años.

—Clara, escúchame.

—Quiero terminar el contrato.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Quiero el divorcio.

Por primera vez vi verdadero miedo en sus ojos.

—No.

—No puedes decir que no.

—Entonces perderé el fideicomiso.

Me reí amargamente.

—Exactamente.

—No me importa el fideicomiso.

Eso me silenció.

Ethan caminó hasta el escritorio, abrió un cajón y sacó una carpeta.

La arrojó sobre la mesa.

—Léela.

Dentro había documentos preparados por sus abogados.

Renuncia voluntaria al fideicomiso.

La fecha era de tres semanas atrás.

Dos días después de salir del hospital.

Lo miré.

—¿Qué significa esto?

—Que renuncié.

—¿A cuánto?

No respondió.

—Ethan.

—Aproximadamente cuatrocientos millones.

Me quedé sin palabras.

—¿Estás loco?

—Probablemente.

—¿Por qué harías eso?

Sus ojos encontraron los míos.

—Porque no quería volver a preguntarme si seguías conmigo porque un contrato te obligaba.

Mi corazón se detuvo.

Había renunciado a aquello por lo que supuestamente se había casado conmigo antes de saber si yo sentía algo por él.

—Entonces ¿por qué no me dijiste nada?

—Porque tenía miedo.

Casi me reí.

—¿Tú?

—Sí, Clara. Yo.

Se acercó.

—Tú aceptaste casarte conmigo porque querías una vida sencilla. Sin romance. Sin complicaciones. Y yo acepté porque necesitaba cumplir aquella condición.

Su voz bajó.

—Eso era lo que pensaba.

—¿Y ahora?

Ethan guardó silencio.

Luego hizo algo inesperado.

Sacó su cartera.

Dentro había un pequeño papel doblado.

Lo reconocí.

Era una nota que yo había dejado sobre la mesa meses atrás.

“Hay sopa en el refrigerador. No trabajes hasta las tres otra vez.”

Lo miré incrédula.

—¿Guardaste eso?

—También tengo la primera lista de compras que hiciste.

—Eso es bastante extraño.

—Lo sé.

Por primera vez parecía nervioso.

—Cuando llamaste aquella noche y me preguntaste cuándo volvería a casa… mis amigos pensaron que estaban riéndose porque había perdido una apuesta.

Hizo una pausa.

—Yo solo podía pensar que alguien me estaba esperando.

Mis ojos ardieron.

—Ethan…

—Después llegaste al hospital.

Se acercó otro paso.

—Dijiste: “Porque soy tu esposa”.

Su voz se quebró apenas.

—Nadie había venido por mí así antes.

Entonces comprendí.

La llamada equivocada no había cambiado solo algo dentro de mí.

También lo había cambiado a él.

—Hay algo más que Victoria no te contó —dijo.

—¿Qué?

—Ella no fue la razón por la que busqué una esposa contractual.

—Pero acabas de decir…

—Necesitaba casarme, sí. Pero podía haber elegido a muchas mujeres.

Fruncí el ceño.

—Entonces, ¿por qué yo?

Ethan respiró profundamente.

—Nuestra cita arreglada no fue la primera vez que te vi.

Me quedé helada.

—¿Qué?

—Seis meses antes coincidimos en una cafetería. Un anciano dejó caer su billetera. Tú corriste dos cuadras para devolvérsela.

Intenté recordarlo.

Y entonces lo hice.

—¿Tú estabas allí?

—En la mesa del fondo.

Sentí un escalofrío.

—Cuando mi madre empezó a buscarme candidatas, vi tu fotografía.

—¿Y me elegiste por una billetera?

Sonrió.

—Elegí conocerte porque pensé que una mujer capaz de correr bajo la lluvia para devolver dinero que nadie sabía que había encontrado probablemente no convertiría un matrimonio contractual en una guerra.

—Eso no es romántico.

—Nunca dije que lo fuera.

Me reí entre lágrimas.

Ethan me miró como si aquella risa fuera suficiente para devolverle el aire.

—Pero después te conocí —continuó—. Y cada día encontré otra razón.

—¿Para qué?

—Para no querer que llegara el tercer año.

El silencio se llenó de todo lo que nunca habíamos dicho.

Miré el contrato.

Luego los documentos de renuncia.

—¿Y ahora qué hacemos?

Ethan tomó nuestro contrato.

Lo sostuvo entre los dos.

—Podemos romperlo.

—¿Así de fácil?

—Legalmente no.

Sonreí.

—Claro.

—Pero esto sí.

Rasgó el contrato por la mitad.

Abrí los ojos.

—¡Ethan!

Volvió a romperlo.

—Tenemos copias.

—Arruinaste el momento.

—Soy empresario. Siempre hay copias.

Solté una carcajada.

Él también.

Después su expresión se volvió seria.

—Clara, quiero preguntarte algo sin contratos.

—Está bien.

—¿Quieres seguir casada conmigo?

Lo miré.

—¿Cuáles son las condiciones?

—Una.

—¿Cuál?

—Cuando quieras que vuelva a casa, llámame.

Sentí que se me cerraba la garganta.

—¿Aunque esté cenando con tus amigos?

—Especialmente entonces.

—¿Y si pierdes otra apuesta?

—Pagaré la cuenta.

Sonreí.

—Entonces sí.

Ethan se quedó quieto.

—¿Sí?

—Sí. Quiero seguir casada contigo.

Me abrazó.

No como un hombre seguro de sí mismo.

Como alguien que acababa de recibir algo que temía perder.

Un año después hicimos lo que no habíamos hecho la primera vez.

Una boda.

Pequeña.

Sin contratos.

Lucas fue testigo.

Los mismos amigos de aquella cena asistieron.

Durante la recepción, uno levantó su copa.

—Propongo repetir la apuesta. El primero cuya esposa llame paga.

Ethan sacó el teléfono.

Me llamó.

Mi bolso comenzó a sonar.

Todos protestaron.

—¡Eso es trampa!

Ethan levantó su copa.

—Nunca dijeron quién tenía que llamar primero.

Contesté.

—¿Hola?

Del otro lado de la mesa, Ethan me miró.

—¿Qué pasa, mi amor?

Me reí.

—¿Cuándo vas a volver a casa?

Sus ojos se suavizaron.

—Contigo.

Colgó.

Aquella noche regresamos juntos a la misma casa donde durante un año habíamos dormido detrás de puertas diferentes.

Pasamos frente a mi antigua habitación.

Luego frente a la suya.

Me detuve.

—¿Cuál usamos?

Ethan fingió pensarlo.

—Podríamos negociar.

—Ni se te ocurra sacar otro contrato.

—Entonces tendrás que confiar en mí.

Tomé su mano.

—Creo que puedo hacerlo.

Tres años después de nuestra primera firma, recibimos una carta de los abogados confirmando que el antiguo fideicomiso había pasado definitivamente a otros beneficiarios.

Ethan la leyó durante diez segundos.

Después la dejó sobre la mesa.

—¿Eso es todo? —pregunté.

—Eso es todo.

—Cuatrocientos millones.

—Sí.

—¿No te arrepientes?

Ethan me miró.

Luego miró alrededor.

Nuestra casa.

Nuestras fotografías.

La vida que ya no necesitábamos fingir.

—Ni por un segundo.

Aquella noche comprendí algo que nuestro primer contrato jamás habría podido prever.

Nos habíamos casado por conveniencia.

Habíamos vivido como desconocidos por elección.

Y una llamada hecha al número equivocado había sido la primera vez que alguno de los dos se permitió comportarse como si aquel matrimonio fuera real.

Después vinieron un hospital.

Un teléfono confiscado.

Un “mi amor” accidental.

Una verdad dolorosa.

Y una decisión que ningún abogado había escrito por nosotros.

Nuestro primer matrimonio había empezado con firmas.

El segundo empezó cuando Ethan rompió aquel papel.

Pero si alguien me pregunta cuándo nos enamoramos, yo siempre recuerdo otra cosa.

Una noche cualquiera.

Mi teléfono en la mano.

Mi esposo cenando lejos de casa.

Y yo marcando el número equivocado.

—¿Cuándo vas a volver?

Entonces todavía no lo sabía.

Pero su respuesta terminaría siendo la promesa que cumpliría durante el resto de nuestra vida:

—Vuelvo ahora mismo.

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