Parte 2: EL ESPOSO QUE ME ESCONDIÓ DURANTE TRES MESES TERMINÓ CONFESANDO DELANTE DE TODO EL HOSPITAL POR QUÉ NUNCA QUISO QUE NADIE SUPIERA QUE YO ERA SU ESPOSA

Di dos pasos por el pasillo.

—Emma.

Adrian salió detrás de mí.

No me detuve.

—Estudiante Morgan.

Eso sí me hizo girar.

—¿Cuál de las dos soy, profesor Reed?

Se quedó inmóvil.

Isabella apareció detrás de él.

—Adrian, la cena…

—No iré contigo.

La sonrisa de Isabella desapareció.

Adrian ni siquiera la miró.

Sus ojos seguían puestos en mí.

—Emma, tenemos que hablar.

—Esta noche. En casa.

Repetí exactamente las palabras que él había usado en el ascensor.

Y me fui.

Aquella noche llegué tarde deliberadamente.

Adrian estaba sentado en el sofá.

Había comida sobre la mesa.

Sin tocar.

—¿Comiste? —preguntó.

—Sí.

Mentira.

Él lo supo.

—Emma…

Me quité los zapatos.

—¿Por qué ocultamos nuestro matrimonio?

—Ya te lo expliqué.

—No. Me dijiste que no querías que la universidad lo supiera. Nunca me dijiste por qué.

Silencio.

—¿Te avergüenzo?

Adrian se levantó de golpe.

—No.

—Entonces explícame.

Se quitó las gafas.

—Eres estudiante de posgrado. Yo soy profesor y jefe de departamento.

—No eres mi tutor directo.

—Eso no importa para los rumores.

Lo miré fijamente.

—¿Ese es el motivo?

—Sí.

—¿Todo?

Tardó demasiado en responder.

Mi corazón se hundió.

—Buenas noches, Adrian.

Me dirigí al dormitorio de invitados.

Él me sujetó suavemente del brazo.

Esta vez me soltó inmediatamente.

—Hay otra razón.

Esperé.

—Cuando nos casamos —dijo— pensé que tú no querías este matrimonio.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Durante nuestra cita apenas me miraste. Cuando nuestras familias mencionaron la boda, parecías querer escapar.

—Porque estaba nerviosa.

Adrian cerró los ojos un segundo.

—Yo pensé que aceptaste únicamente para que tus padres dejaran de presionarte.

Casi me reí de lo absurdo.

—¿Y tú por qué aceptaste?

Me miró.

—Porque eras tú.

El aire pareció detenerse.

—¿Qué significa eso?

Adrian caminó hasta su estudio.

Regresó con un libro.

Lo reconocí inmediatamente.

Mi tesis de licenciatura.

—¿Por qué tienes eso?

—Porque te conocía antes de nuestra cita.

—Nunca nos habíamos visto.

—Tú no me habías visto a mí.

Abrió el libro.

En una página había una nota escrita a mano.

Una corrección.

Mía.

Entonces recordé.

Dos años atrás había asistido a un congreso universitario. Después de una conferencia, discutí durante diez minutos con un médico sobre un estudio que consideraba mal interpretado.

No recordaba su cara.

Pero recordaba que terminó diciéndome:

“Defiéndelo con datos y quizá tengas razón.”

Le envié posteriormente seis páginas de referencias.

Levanté lentamente la mirada.

—¿Eras tú?

Adrian asintió.

Mi esposo no había aceptado una cita arreglada con una desconocida.

Ya sabía exactamente quién era yo.

—Cuando mi madre mencionó tu nombre —continuó— pensé que era una coincidencia. Cuando vi tu fotografía, acepté inmediatamente.

—Pero durante la cita dijiste solamente “está bien”.

Pareció incómodo.

—No sabía qué más decir.

Lo miré incrédula.

—Eres neurocirujano.

—Eso no me convierte en una persona socialmente competente.

Se me escapó una risa.

Intenté contenerla.

No pude.

Adrian sonrió apenas.

Entonces recordé lo importante.

—¿Y el secreto?

Su sonrisa desapareció.

—Quería darte una salida.

—¿Una salida?

—Pensé que si hacíamos público el matrimonio y después tú querías divorciarte, todo el hospital hablaría de ti. Quería esperar hasta saber que…

Se detuvo.

—¿Que qué?

Sus orejas empezaron a ponerse rojas.

—Que querías quedarte.

Mi pecho se apretó.

—Adrian, llevas tres meses esperando que yo quiera quedarme mientras finges que no existo en público.

—Ahora que lo dices así, reconozco una falla en el método.

Esta vez me reí de verdad.

Pero todavía había algo pendiente.

—¿Y Isabella?

Su expresión se volvió genuinamente confundida.

—¿Qué pasa con Isabella?

—Estudiaron juntos. Todo el hospital cree que ella es especial para ti.

—Una vez me robó un cadáver.

Me quedé en silencio.

—¿Qué?

—Durante la residencia. Necesitábamos el mismo espécimen anatómico para una práctica y ella cambió mi etiqueta.

—Adrian.

—Desde entonces no confío plenamente en ella.

Me cubrí la cara.

Había pasado horas sintiendo celos de una mujer a la que mi marido recordaba principalmente por un cadáver robado.

Entonces sonó su teléfono.

Era un mensaje.

Adrian lo leyó.

Su rostro cambió.

—¿Qué ocurre?

Me mostró la pantalla.

Una fotografía.

Él sujetándome de la muñeca en el pasillo.

Debajo, un mensaje enviado al grupo interno de residentes:

“¿Favoritismo del profesor Reed con cierta estudiante?”

Sentí que el estómago se me hundía.

A la mañana siguiente, todo el hospital parecía saberlo.

Cuando entré al departamento, las conversaciones se apagaron.

Lucas se acercó.

—Emma, ¿estás bien?

—Sí.

—Si Reed te está presionando por tu investigación…

—No lo está haciendo.

Antes de poder decir más, apareció Isabella.

—Emma, el decano quiere verte.

La reunión fue peor de lo que imaginé.

El decano estaba allí.

El profesor Martin también.

Y Adrian.

Sobre la mesa había varias capturas.

Rumores.

Mensajes.

Acusaciones de favoritismo.

El decano entrelazó las manos.

—Emma, necesitamos aclarar la naturaleza de su relación con el profesor Reed.

Abrí la boca.

Adrian habló primero.

—Es mi esposa.

Silencio absoluto.

El profesor Martin dejó caer su bolígrafo.

—¿Tu qué?

—Mi esposa.

Adrian sacó su teléfono, abrió una fotografía y la dejó sobre la mesa.

Nuestra licencia matrimonial.

Tres meses de secreto terminaron en cuatro segundos.

El decano se quitó las gafas.

—¿Desde cuándo?

—Hace tres meses.

—¿Por qué no se informó?

—Porque no superviso académicamente a Emma, no evalúo su investigación ni participo en decisiones relacionadas con sus calificaciones. Aun así, debí declarar el vínculo institucionalmente para evitar cualquier apariencia de conflicto.

Me miró.

—Fue decisión mía mantenerlo privado. No de ella.

El profesor Martin todavía parecía procesándolo.

—Entonces ayer…

Adrian carraspeó.

—Fue un asunto matrimonial.

—¿El tema de investigación?

Las orejas de Adrian se pusieron rojas.

Yo respondí:

—No había ningún problema con mi investigación.

Martin miró a Adrian.

—¿La sacaste del pasillo inventando problemas académicos?

—Sí.

—¿Por qué?

Quise desaparecer.

Adrian respondió con total seriedad:

—Un residente le compró té con leche.

Martin lo miró durante cinco segundos.

Luego comenzó a reír.

Hasta el decano tuvo que ocultar una sonrisa.

Pero la investigación administrativa siguió adelante.

Y entonces llegó el segundo giro.

La fotografía no había sido tomada por Isabella.

Había salido del teléfono de una enfermera que simplemente creyó estar presenciando una discusión académica.

Quien añadió la acusación de favoritismo fue otra persona.

Lucas.

Cuando me enteré, fui directamente a buscarlo.

—¿Tú publicaste eso?

Su rostro se tensó.

—Estaba preocupado por ti.

—Podías preguntarme.

—Lo hice. Siempre decías que Reed era solo un profesor.

—Porque mi matrimonio era privado.

Lucas me miró fijamente.

—¿De verdad estás casada con él?

—Sí.

Su mandíbula se endureció.

Entonces entendí.

—El té con leche tampoco fue casualidad, ¿verdad?

No respondió.

—Lucas.

—Me gustabas desde la universidad.

Suspiré.

—Eso no te daba derecho a insinuar que conseguía ventajas académicas.

Bajó la mirada.

—Lo sé.

—Ni a intentar perjudicar a Adrian.

—Lo sé.

Informó al decano de que él había escrito el mensaje y se disculpó formalmente conmigo.

Acepté la disculpa.

Pero nuestra amistad no volvió a ser igual.

La revisión institucional confirmó después que Adrian nunca había intervenido en mis evaluaciones ni en mi investigación.

Para evitar cualquier conflicto futuro, se documentó nuestro matrimonio y quedó formalmente apartado de cualquier decisión académica relacionada conmigo.

El rumor murió.

Pero nació otro.

El hospital entero descubrió que el doctor Reed estaba casado.

Y aparentemente aquello era mucho más interesante.

Una semana después entré en la cafetería.

Dos enfermeras dejaron de hablar al verme.

Adrian estaba sentado junto a la ventana.

Había un vaso frente a la silla vacía.

Me acerqué.

Té con leche.

Mi sabor favorito.

—¿Qué es esto?

—Investigación nutricional.

Lo miré.

—Tiene demasiada azúcar.

—Pedí media azúcar.

—Ayer me dolía el estómago.

—Por eso está tibio.

Sonreí.

—Doctor Reed, parece bastante informado sobre mis preferencias.

—Estoy casado contigo. Es razonable.

Me senté.

Entonces noté algo.

Adrian llevaba su alianza.

Visible.

Sin esconderla.

—¿Qué haces?

Miró su mano.

—Usando mi anillo.

—En el hospital.

—Sí.

—Pensé que odiabas los rumores.

—Los odio.

—Entonces…

Me interrumpió.

—Pero odio más que alguien crea que puede comprarte té con leche porque piensa que estás soltera.

Casi me atraganté.

—Eso son celos.

—Es prevención.

—Celos.

—Medicina preventiva.

Me reí.

Él tomó mi mano sobre la mesa.

Esta vez no había puerta cerrada.

No había ascensor vacío.

No había excusas.

Varias personas nos estaban mirando.

Adrian también lo sabía.

No soltó mi mano.

—Emma.

—¿Sí?

—Tengo que corregir algo.

—¿Mi investigación otra vez?

—Nuestro matrimonio.

Mi sonrisa desapareció.

—¿Qué quieres decir?

Me miró directamente.

—Cuando nos casamos, pensé que bastaba con hacerte la vida cómoda y esperar que algún día quisieras quedarte.

Apretó suavemente mis dedos.

—Ahora entiendo que debería habértelo dicho.

—¿Decirme qué?

Las famosas orejas rojas regresaron.

—Que no fue un matrimonio de conveniencia para mí.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—Adrian…

—Me enamoré de ti antes de saber cómo hablar contigo. Y después de casarnos solo empeoró.

Me reí con lágrimas en los ojos.

—Esa es una declaración romántica terrible.

—Soy neurocirujano. No poeta.

—Eso ya lo había notado.

Se inclinó ligeramente hacia mí.

—Entonces intentaré una versión más sencilla.

Pausa.

—Te amo.

Lo miré durante unos segundos.

Después levanté nuestro vaso de té.

—Yo también te amo.

Adrian sonrió.

Y fue entonces cuando escuchamos una voz detrás.

El profesor Martin.

—Excelente. Ahora que terminaron su drama matrimonial, Emma tiene una tesis que entregar.

Me tapé la cara.

Adrian respondió tranquilamente:

—Tiene razón.

—¿De qué lado estás?

—Del lado de la fecha límite.

Le di una patada suave debajo de la mesa.

Él atrapó mi mano antes de que pudiera retirarla.

Y no la soltó.

Tres meses antes, habíamos entrado al registro civil creyendo, cada uno por razones diferentes, que el otro no quería realmente aquel matrimonio.

Yo pensaba que Adrian era indiferente.

Él pensaba que me estaba dando libertad.

Los dos éramos brillantes para investigar problemas complejos.

Y completamente inútiles para hacernos una pregunta sencilla.

“¿Me quieres?”

Al final, hizo falta un residente, un té con leche y un hospital entero lleno de chismes para obligarnos a responderla.

Desde aquel día, Adrian siguió llamándome “estudiante Morgan” cuando la situación académica lo exigía.

Pero todos podían ver la alianza en su mano.

Y cuando terminaba el turno, siempre me esperaba.

A veces con comida.

A veces con leche de avena.

Y, cuando quería fingir que no estaba consintiéndome demasiado, con alguna compra absurda que supuestamente había hecho “por investigación”.

Nunca volvió a esconder que era mi esposo.

Y yo nunca volví a confundir su silencio con indiferencia.

Porque aprendí algo sobre Adrian Reed:

podía esconder un matrimonio durante tres meses.

Lo que jamás había sabido esconder era cuánto me amaba.

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