Giovanni comenzó a bailar.
Yo esperaba sentir vergüenza, nervios o quizá el impulso de salir corriendo.
Pero no.
Su mano permanecía firme en mi cintura y su otra mano sostenía la mía con una tranquilidad extraña.
—No mires a Tyler —murmuró.
—¿Por qué?
—Porque está empezando a preguntarse quién soy.
—¿Y quién eres?
Giovanni sonrió apenas.
—Alguien que tu exmarido preferiría no conocer.
Antes de que pudiera responder, un hombre mayor se acercó a nosotros.
—Señor Fierro.
Giovanni se detuvo.
El hombre hizo una ligera inclinación de cabeza.
—No esperaba verlo aquí.
La música continuó, pero alrededor de nosotros las conversaciones prácticamente habían desaparecido.
Tyler observaba desde el otro lado del salón.
Vanessa también.
—¿Quién es él? —pregunté.
Giovanni no apartó los ojos del hombre.
—El padre de Tyler.
Me quedé helada.
—¿Qué?
—Y acaba de darse cuenta de quién soy.
El hombre se retiró rápidamente.
Giovanni me condujo hacia una esquina más tranquila.
—Jessica, necesito que confíes en mí durante unos minutos.
—Eso suena exactamente como algo que diría alguien en quien no debería confiar.
Por primera vez sonrió de verdad.
—Tienes razón.
Entonces Tyler apareció.
—Jessica, tenemos que hablar.
Giovanni se colocó a mi lado.
—No.
Tyler lo miró.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
—Ahora sí.
Tyler soltó una risa.
—¿Quién demonios eres?
Giovanni lo miró con absoluta calma.
—Giovanni Fierro.
El rostro de Tyler cambió.
—No.
Vanessa se acercó.
—¿Qué pasa?
Tyler no respondió.
Su padre sí.
—Ese es el hombre que compró la compañía que tu familia intentó vender el año pasado.
Giovanni permaneció en silencio.
Tyler palideció.
Yo miré a Giovanni.
—¿Tú eres ese Giovanni Fierro?
—Sí.
—¿El empresario?
—Entre otras cosas.
Entonces comprendí por qué todos lo miraban.
No era simplemente un desconocido.
Era una de las personas más poderosas de aquella sala.
Tyler intentó recuperar la compostura.
—Jessica, ¿qué estás haciendo con él?
Respondí antes que Giovanni.
—Bailando.
Tyler apretó la mandíbula.
—¿Después de todo lo que tuvimos?
Lo miré.
—Tú terminaste nuestro matrimonio.
—Era joven.
—Yo también.
Vanessa intervino.
—Tyler, vámonos.
Pero él no se movió.
—¿Y Lily? —preguntó—. ¿Alguna vez pensaste en lo que significa que crezca sin un padre?
Sentí que algo dentro de mí se tensaba.
Giovanni me miró.
Pero no habló.
Esta vez quería responder yo.
—Lily creció con alguien que nunca se fue.
Tyler bajó la mirada.
—Yo podría haber estado allí.
—Podrías haberlo hecho.
Pausa.
—Elegiste no hacerlo.
Entonces una niña pequeña apareció entre los invitados.
—Mamá.
Lily corrió hacia mí.
La abracé.
Giovanni se agachó para quedar a su altura.
—Hola.
Lily lo estudió.
—¿Tú eres el señor del baile?
Sonreí.
—Sí.
Ella miró a Giovanni.
—¿Sabes bailar?
—Estoy aprendiendo.
Lily asintió con seriedad.
—Entonces tienes que practicar.
Giovanni soltó una pequeña carcajada.
Tyler observaba la escena.
Y por primera vez no parecía enojado.
Parecía darse cuenta de algo.
Había perdido años que nadie podía devolverle.
La noche terminó sin otra confrontación.
Pero al día siguiente recibí una llamada de Giovanni.
—¿Estás libre?
—Depende.
—Quiero hablar contigo.
Nos encontramos en una cafetería.
—No necesito que me rescates —le dije.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué me ayudaste?
Giovanni permaneció unos segundos en silencio.
—Porque te vi sentada allí intentando convencerte de que no te dolía.
Bajé la mirada.
—Y porque necesitaba una esposa falsa durante cinco minutos.
Sonreí.
—Eso tampoco explica por qué sigues aquí.
Él sonrió.
—No.
Hizo una pausa.
—Eso es lo que quiero descubrir.

Pasaron los meses.
Giovanni no intentó reemplazar a nadie.
Nunca le pidió a Lily que lo llamara papá.
Nunca intentó controlar mi vida.
Cuando tenía turnos dobles, enviaba comida.
Cuando Lily se enfermaba, preguntaba si necesitábamos ayuda.
Y cuando yo decía que no, respetaba mi respuesta.
Poco a poco descubrí al hombre detrás del apellido.
Era reservado.
Exigente.
A veces desesperantemente serio.
Pero también era paciente con Lily.
Y conmigo.
Una noche, mientras preparábamos la cena, Lily preguntó:
—¿Giovanni va a volver mañana?
Lo miré.
Él levantó una ceja.
—Si tu mamá quiere.
Lily me miró.
—Yo quiero.
Me reí.
—Entonces supongo que puede volver.
Un año después, Tyler pidió ver a Lily.
Acepté.
No por él.
Por ella.
Se sentaron juntos en un parque.
Tyler llevaba un regalo.
Lily lo abrió.
Era un balón de fútbol.
Ella sonrió.
—Gracias.
Tyler tragó saliva.
—¿Quieres jugar conmigo?
Lily negó.
—No sé jugar.
—Yo puedo enseñarte.
Ella pensó unos segundos.
—Está bien.
Los observé desde lejos.
Giovanni permanecía a mi lado.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Segura?
—Sí.
Lo miré.
—Ya no necesito que alguien pierda para sentir que yo gané.
Giovanni sonrió.
—Eso es bueno.
—¿Por qué?
—Porque yo no tengo intención de competir con nadie.
Me quedé mirándolo.
—¿No?
Negó.
—Solo quiero saber si puedo caminar a tu lado.
Mi corazón se aceleró.
—Puedes.
Meses después, volvimos al mismo salón de baile.
Esta vez no estaba sentada junto a la cocina.
Estaba en la mesa principal.
Lily llevaba un pequeño vestido azul.
Giovanni permanecía a mi lado.
Cuando comenzó la música, extendió la mano.
—¿Bailamos?
Sonreí.
—¿Otra vez fingiendo?
Negó.
—Esta vez no.
Tomé su mano.
Y mientras bailábamos, miré alrededor.
Las mismas personas.
El mismo salón.
Pero yo ya no era la mujer que Tyler había abandonado.
Era una madre que había construido una vida.
Una enfermera que había cuidado de cientos de niños.
Y una mujer que finalmente había aprendido que ser elegida por alguien no determina tu valor.
Giovanni acercó su rostro.
—¿En qué piensas?
Sonreí.
—En que aquella noche acepté tu mano porque quería escapar de una humillación.
—¿Y ahora?
Miré a Lily, que reía junto a la pista.
Después volví a mirarlo.
—Ahora la tomo porque quiero quedarme.
Giovanni apretó suavemente mi mano.
Y por primera vez, no hubo ningún papel que firmar, ninguna mentira que fingir y ningún pasado que demostrar.
Solo una elección.
La mía.