PARTE 2: LA HIJA QUE LORENA QUISO BORRAR

Mauricio permaneció frente al expediente sin tocarlo.

Volvió a leer aquella frase.

“Evitar cualquier contacto entre el padre biológico y la menor.”

Debajo estaba la firma de Lorena.

Su propia hermana.

—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo que ella es mi hija? —preguntó.

Paola bajó la mirada.

—Desde hace unos meses. Al principio solo sospechaba. Después encontré documentos que coincidían con los que usted me entregó.

Mauricio miró hacia la habitación donde dormía Camila.

—¿Y Valeria?

Paola negó.

—No sabía nada.

Aquella respuesta le dolió más de lo esperado.

Valeria había muerto creyendo que el segundo embrión había sido donado.

Pero alguien había convertido su último deseo en una mentira.


A la mañana siguiente, Mauricio llevó el expediente a un abogado especializado en derecho familiar.

También solicitó una prueba genética.

El resultado llegó dos días después.

Mauricio Aranda era el padre biológico de Camila.

Sostuvo el documento durante varios segundos.

Después se arrodilló frente a la niña.

Camila estaba coloreando una casa con tres personas.

—¿Quiénes son? —preguntó Mauricio.

—Mamá, yo y papá.

Él sintió un nudo en la garganta.

—¿Quieres que yo sea tu papá?

Camila levantó los ojos.

—Pero ya eres.

Mauricio la abrazó.

Por primera vez en tres años, dejó de preguntarse qué habría sido de su hija.

La tenía delante.

Y no pensaba volver a perderla.


Pero Lorena llegó esa misma tarde.

Entró a la casa como si todavía fuera suya.

—Mauricio, tenemos que hablar.

Él dejó el expediente sobre la mesa.

—Sí.

Lorena vio los documentos.

Su expresión cambió.

—¿De dónde sacaste eso?

—De la mujer que cuidó a mi hija durante tres años.

Lorena se quedó inmóvil.

—Ella no es tu hija.

Mauricio levantó la prueba genética.

—Lo es.

—Eso no significa que puedas llevártela.

—No quiero llevármela.

Hizo una pausa.

—Quiero saber por qué me la ocultaste.

Lorena guardó silencio.

—Contéstame.

—Lo hice por ti.

Mauricio soltó una risa amarga.

—¿Por mí?

—Estabas destruido después de la muerte de Valeria.

—Y tú decidiste que era mejor robarme a mi hija.

—No la robé.

—Firmaste una orden para impedir que supiera que había nacido.

Lorena empezó a llorar.

—No sabía qué hacer.

—Sí sabías.

Mauricio señaló los documentos.

—Sabías exactamente qué estabas haciendo durante tres años.


Entonces Lorena confesó algo todavía peor.

El segundo embrión nunca había sido destinado a una pareja desconocida.

Ella había utilizado una empresa intermediaria para conservar el control sobre el procedimiento.

—¿Por qué? —preguntó Mauricio.

Lorena respiró profundamente.

—Porque Valeria había cambiado su testamento.

Mauricio quedó inmóvil.

—¿Qué tiene que ver eso con Camila?

—Todo.

Lorena sacó otro documento.

Valeria había dejado una condición clara: si el segundo embrión llegaba a convertirse en un niño, una parte importante de su patrimonio sería destinada a ese hijo.

Mauricio miró el papel.

—Entonces…

—Pensé que si tú creías que el embrión había sido donado, nadie reclamaría ese dinero.

El silencio fue absoluto.

—No lo hiciste por protegerme.

—No.

Lorena bajó la cabeza.

—Lo hice porque quería controlar la herencia.


La investigación posterior descubrió transferencias, contratos falsificados y comunicaciones entre Lorena y la clínica.

Durante tres años había intentado mantener a Camila lejos de Mauricio.

Pero había cometido un error.

Había dejado documentos.

Había dejado firmas.

Y había subestimado a Paola.

Mauricio no utilizó su poder para vengarse.

Presentó todo ante las autoridades.

Lorena tuvo que responder legalmente por sus actos.

La clínica también fue investigada.

Paola, por su parte, no perdió a Camila.

Mauricio dejó claro que no quería arrancarla de la única madre que había conocido.

—Ella la crió —dijo ante el abogado—. No voy a convertir a mi hija en una pieza de una disputa familiar.

Paola lloró al escucharlo.

—Gracias.

Mauricio negó.

—Gracias a ti por cuidarla.


Meses después, Mauricio reformó la casa.

No para convertirla en una mansión llena de juguetes.

Sino en un hogar.

Camila tenía una habitación junto a la suya.

Paola conservó su trabajo, pero dejó de ser solamente la empleada doméstica.

Se convirtió en una persona de confianza para la familia.

Y Mauricio comenzó a aprender algo que ninguna junta directiva podía enseñarle.

Cómo ser padre.

La primera vez que llevó a Camila al parque, ella tomó su mano.

—Papá.

Mauricio se quedó quieto.

—¿Sí?

—¿Vas a volver mañana?

Él sonrió.

—Todos los días.

Camila lo abrazó.


Un año después, Mauricio visitó la tumba de Valeria.

Llevó una fotografía.

En ella aparecían Camila, Paola y él.

La dejó junto a las flores.

—La encontré —susurró.

El viento movió suavemente las hojas.

—Y voy a cuidarla.

No podía recuperar los tres años perdidos.

No podía cambiar las decisiones de Lorena.

Pero podía hacer algo diferente con el futuro.


Aquella noche, Camila estaba dibujando en la sala.

Mauricio se sentó junto a ella.

—¿Qué dibujas?

—Nuestra familia.

Él miró la hoja.

Había cuatro figuras.

—¿Quién es ella?

—Mamá Paola.

Mauricio sonrió.

—¿Y ella?

—La mamá que está en el cielo.

Sintió un nudo en la garganta.

—¿Y yo?

Camila lo señaló.

—Papá.

Después agregó una figura pequeña.

—¿Y quién es ese?

Camila sonrió.

—El bebé.

Mauricio la miró sorprendido.

—¿Qué bebé?

—El que quiero que tengas conmigo.

Él soltó una carcajada.

—Eso tendremos que hablarlo con mamá.

Camila asintió muy seria.

—Sí. Ella manda.

Mauricio miró a Paola desde el otro lado de la habitación.

Ella sonrió.

Y por primera vez, aquella enorme casa dejó de sentirse vacía.

Porque Lorena había pasado tres años intentando borrar una verdad.

Pero no pudo borrar la sangre.

No pudo borrar los documentos.

No pudo borrar el amor que una niña había construido hacia el hombre al que llamaba papá.

Mauricio había perdido tres años con su hija.

Pero finalmente había recuperado algo mucho más importante:

la oportunidad de estar presente durante todos los años que todavía les quedaban.

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